La mudanza del departamento de al lado
A las siete y media de la tarde, con el sol todavía colándose entre las persianas de madera, Sofía dejó la puerta entreabierta mientras desarmaba cajas en su nuevo departamento. Había mudado esa misma mañana, y el piso todavía olía a cartón y a algo dulzón que no lograba identificar. Vos sabés cómo es, cuando uno se muda: el pelo despeinado, la remera sudada, los pies descalzos sobre el piso frío. Sofía tenía el culo apretado en esos shorts cortos de jean que le marcaban cada curva, y cada vez que se agachaba para sacar un libro o una olla, se le subía un poco más la tela, dejando ver el borde de la concha por debajo de la bombacha.
No se daba cuenta de que, al otro lado del pasillo, desde el departamento 3B, alguien la miraba.
Julián, el vecino de al lado, había estado adentro todo el día. Trabaja en diseño gráfico, teletrabaja, y por eso andaba en bermudas y remera corta, con los pies sobre el escritorio y una pija floja que apenas se notaba bajo el algodón suelto. Hasta que vio a Sofía. Entonces, la pija empezó a moverse.
No fue a propósito al principio. Solo fue un vistazo casual, cuando salió al pasillo a buscar el correo. Pero ahí estaba ella, inclinada, con las nalgas redondas apuntando al techo, y una bombacha celeste que dejaba entrever el surco húmedo de la concha. Julián se quedó quieto. Mirá, no hizo nada. No gritó, no se acercó. Solo se quedó ahí, con la boca entreabierta, el corazón acelerado, y la pija que ya no estaba floja.
Volvió adentro, despacio, sin hacer ruido. Cerró la puerta con cuidado, pero no del todo. Dejó un hueco chiquito, apenas una rendija. Y desde ahí, entre las sombras del pasillo, empezó a mirar.
Sofía seguía moviéndose. Sacaba cosas, las ponía en su lugar, se agachaba, se estiraba. Cada tanto, se pasaba una mano por el cuello, como si el calor la agobiara. Y el calor, sí, era mucho. El aire acondicionado no andaba bien, y ella terminó sacándose la remera con un gesto rápido, quedándose en corpiño. Julián tragó fuerte. Tenía los pechos turgentes, con los pezones parados, y cada vez que se movía, se le movía todo. La concha, debajo del short, se marcaba más con cada paso.
Él no podía dejar de mirar. La pija le latía bajo el bóxer, dura como una barra. No se tocaba, no todavía. Solo miraba. Y cada mirada era como una caricia invisible.
Pasó una hora. Sofía se duchó. No cerró bien la puerta del baño, o quizás no le importó. Desde el hueco de la puerta de su departamento, Julián veía el vapor, la silueta difuminada a través del vidrio esmerilado. La vio enjabonarse las piernas, levantar una pierna, pasar la esponja por el muslo, bajar hasta la ingle. Luego, subir. Muy despacio. Por el borde de la concha. Una y otra vez. Como si no supiera que alguien la miraba. O como si lo supiera, y le gustara.
Julián ya no aguantaba. Se bajó el bóxer y se sacó la pija. Grande, gruesa, con una gota de líquido en la punta. Se la empezó a acariciar despacio, con los ojos clavados en el cuerpo de Sofía, iluminado por la luz amarilla del baño. Cada caricia suya coincidía con el movimiento de ella. Cuando ella gemía bajito al pasar la esponja por el clítoris, él apretaba más la mano. Cuando ella se daba vuelta y mostraba el culo redondo, mojado, él se acercaba un poco más a la puerta.
Y entonces, como si el universo conspirara, Sofía salió del baño. Con una toalla enrollada en el cuerpo, pero no del todo. Se la había puesto rápido, y se le veía un pecho, y por abajo, el borde oscuro del vello de la concha. Caminó hasta la cocina, abrió la heladera, se agachó a buscar algo. La toalla se le aflojó.
Julián no respiraba.
Y fue ahí, justo en ese momento, que ella levantó la vista. Directo al pasillo. Directo al hueco de la puerta de al lado.
Se miraron. Un segundo. Dos. Tres.
Ella no gritó. No cerró la toalla. No se tapó. Solo sonrió. Una sonrisa chiquita, de lado, como si dijera: *sí, ya sé que estás ahí. Y sí, te dejo mirar.*
Y entonces, con calma, se quitó la toalla. Totalmente desnuda. Frente al pasillo. Frente a él.
Julián se corrió la pija con más fuerza. Ya no podía parar. El aire olía a sexo, a deseo, a algo prohibido y tan dulce que dolía.
Sofía no se acercó. No habló. Solo se dio vuelta, caminó despacio hacia el sillón, se sentó con las piernas abiertas, y se pasó una mano por la concha. Lenta. Mojada. Una vez. Dos veces. Tres.
Julián gimió. Bajo. Como un animal atrapado. Se corrió con fuerza, sin dejar de mirar, sin apartar los ojos ni un segundo. El semen le manchó el piso, el pie, la bermuda. No le importó.
Cuando abrió los ojos, Sofía ya no estaba. La puerta de su departamento estaba cerrada.
Pero al día siguiente, a la misma hora, la puerta volvió a quedar entreabierta.
Y esta vez, ella estaba sentada en el sillón, con un vestido corto, sin nada debajo. Lo miró, se tocó el muslo, y dijo, bajito: *¿Querés más?*
Julián no contestó con palabras. Solo se acercó. Lentamente. Con la pija otra vez dura, con el alma temblando.
Y cuando entró, ella ya estaba parada. Frente a él. Con la mano en su pija, diciéndole: *Vení. Aprendamos juntos lo que pasa cuando mirás y te miran.*
No cogieron ese día. Pero lo iban a hacer. Pronto. Porque entre ellos ya no había secretos. Solo deseo. Solo piel. Solo ganas de garchar como locos, con las luces encendidas, con las ventanas abiertas, con el mundo mirando. Porque ahora, mirar y ser visto era parte del juego.
Y el juego apenas empezaba.
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