La mudanza del departamento de al lado

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El edificio respiraba distinto desde que se mudó el tipo del 4B. Antes era silencio de viejo solitario, zapatillas desgastadas sobre el piso de madera, el timbre del microondas a las nueve en punto. Ahora, en cambio, había ruido de cajas, risas de mujer, el crujido de un colchón que no era el suyo. A Marco le picaba la nuca cada vez que pasaba por el rellano. No por mala onda, ni por curioso barato, sino porque algo en el aire —como una carga eléctrica— le decía que algo iba a pasar.

Y pasó.

Fue un viernes. Había llovido todo el día, el cielo gris se le pegaba a la ropa a uno como una segunda piel. Marco volvía del supermercado con las bolsas en la mano, las llaves ya en el bolsillo, cuando la vio. Ella estaba parada en el vano de la puerta del 4B, con una camiseta blanca mojada —no por la lluvia, sino por el esfuerzo—, el pelo oscuro recogido en un rodete desprolijo, una gota deslizándose por la nuca hasta perderse bajo la tela. Tenía los brazos cruzados, como si quisiera taparse sin taparse, y al verlo, le sonrió. No una sonrisa de cortesía, no esa que se pone cuando uno quiere parecer amable. Fue una sonrisa lenta, de dientes blancos y ojos que se achinan, como si ya supiera algo que él todavía no.

—Che, ¿me das una mano con esta caja? —dijo, y su voz era más grave de lo que esperaba, como si el aire entre ellos ya estuviera cargado.

Marco no dijo nada. Asintió, dejó las bolsas en el suelo del pasillo y entró. La caja era pesada, llena de libros, y cuando la levantó, ella se acercó para sostener el otro lado. Sus brazos se rozaron. Él sintió el calor de su piel, el roce de un vello fino en el antebrazo, y algo más: el olor de su sudor, limpio, con un dejo dulce, como hierba mojada.

—Dejala ahí, en el rincón —dijo ella, señalando el living todavía vacío.

Él obedeció. Cuando se dio vuelta, ella estaba más cerca de lo que pensaba. Tan cerca que podía verle los poros de la frente, los labios un poco secos, la humedad que le bajaba por el escote. No se movió. Tampoco ella. Solo el ventilador del techo, girando lento, moviendo el aire caliente.

—Me llamo Valeria —dijo, sin despegar los ojos.

—Marco.

—Ya lo sé. Te escucho desde hace rato. Tus pasos. Tus discos de rock viejo. Tus noches de insomnio.

Él sonrió. No supo por qué. Fue un reflejo, como si su cuerpo ya supiera que algo se venía.

—Y vos, ¿qué escuchás vos cuando no dormís? —preguntó él.

Ella se acercó un paso más. Tan cerca que ahora su aliento le tocaba el cuello.

—A veces, nada. Otras… pienso en quién vive al otro lado de la pared.

Hubo un silencio. No incómodo. Espeso. Como si el aire se hubiera vuelto más denso.

—¿Querés un vino? —dijo ella, de pronto, como si despertara.

—Sí —dijo él, aunque no tenía sed.

Ella fue a la cocina, que era solo una hornalla y una heladera nueva. Abrió una botella con destreza, sirvió dos copas. No dijo qué vino era. No importaba. Cuando le alcanzó la copa, sus dedos se rozaron. Esta vez, a propósito.

Se sentaron en el piso, con la espalda contra la pared. El piso frío bajo el trasero, el vino tibio en la garganta. Hablaron de nada: del edificio, del calor, de que el ascensor estaba roto otra vez. Pero todo lo que decían sonaba a otra cosa. A lo que no se decía.

—¿Vos también te mudaste hace poco? —preguntó ella.

—Hace tres años. Pero me siento como si siempre hubiera estado ahí.

—Yo llevo dos semanas y ya me siento como si hubiera vivido siempre acá.

Él la miró. Ella también lo miró. Y entonces, sin hablar, sin tocarlo, Marco supo que iba a coger con ella. No esa noche, tal vez. Pero sí. Iba a pasar.

Pasaron los días. Se cruzaban en el ascensor, en el pasillo, en el portero eléctrico. Siempre con una palabra, una sonrisa, un roce. Nada más. Pero todo cargado. Como si cada encuentro fuera una cuerda que se tensaba más.

Hasta que llovió otra vez. Torrencial. Y el portero eléctrico falló. Ella llamó desde el portero analógico, la voz distorsionada.

—¿Marco? Soy Valeria. Se me cortó la luz, no tengo luz ni para el portero. ¿Me abrís?

Él bajó. Le abrió. Ella entró con el pelo chorreando, la campera pegada al cuerpo. Olía a lluvia, a cuero mojado, a concha.

—Pasá —dijo él.

Ella subió. No dijo gracias. No dijo nada. Entró a su departamento como si ya conociera el camino.

—¿Querés algo seco? —preguntó él.

—Sí. Pero no ropa —dijo ella.

Se sacó la campera. Debajo, solo la camiseta blanca. Mojada. Pegada a los pechos. Se la sacó. No tenía corpi. Los pezones oscuros, parados.

Marco no se movió. La miró. Ella dio un paso. Otro. Hasta que estuvo frente a él.

—¿Tenés miedo? —preguntó.

—No —dijo él. Y era verdad.

Ella le puso una mano en el pecho. Lenta. Descendió. Por el abdomen. Por el cinto. Por la bragueta. Lo desabrochó sin apuro. Le bajó el cierre. Metió la mano. Le agarró la pija. Dura ya. Caliente.

—Está buena —dijo, como si evaluara una fruta.

Él no habló. La tomó de la cintura. La llevó contra la pared. Le subió la pollera que llevaba. No tenía ropa interior.

—Qué concha más linda —dijo, y le metió dos dedos.

Ella gimió. Bajo. Como un animal que no quiere que lo escuchen.

—Dale, Marco. Cogéme.

Él la levantó. Ella le rodeó la cintura con las piernas. Él se metió de una. Hasta el fondo. Ella gritó. No de dolor. De placer. De alivio.

—Sí, así —jadeó—. Como si me odiaras.

Y él empezó a garcharla. Fuerte. Con furia. Con hambre. La cabeza de ella golpeaba la pared. Él no se detuvo. Le mordió un pecho. Ella gritó. Le clavó las uñas en la espalda.

—No pares, no pares —dijo ella—. Quiero que me rompas.

Él no sabía cuánto tiempo pasó. Minutos. Una eternidad. Hasta que ella se corrió. Con un espasmo largo, profundo, como si se le fuera el alma. Él siguió. Hasta que también se vino. Dentro. Sin sacarla. Todavía adentro, jadeando, con la frente pegada a la de ella.

Se quedaron así. Abrazados. Sudados. Con el olor de la concha, del sudor, del sexo en el aire.

—Mañana —dijo ella—, me mudé.

Él no entendió.

—¿Te mudás?

—Sí. Mañana. Me voy del 4B.

Él se separó. La miró.

—¿Y esto…?

—Fue esto —dijo ella—. Esto fue todo.

No lloró. No se enojó. Solo asintió.

Ella se puso la ropa. Mojada otra vez. Se fue sin decir adiós.

Al día siguiente, Marco pasó por el 4B. La puerta abierta. Dos mudanceros sacando cajas. Uno le dio una nota.

—La dejó para vos.

Era de Valeria. Decía:

*Gracias por la mudanza. Me hiciste sentir en casa. Valeria.*

Él arrugó el papel. Lo tiró al cesto. Volvió a su departamento. Se sentó en el sillón. Escuchó sus discos de rock viejo. Pero ya no eran los mismos.

Porque ahora, cada vez que escuchaba un ruido en el pasillo, pensaba en ella. En su concha. En su risa. En cómo le dijo “cogéme” como si fuera una orden del destino.

Y supo que, aunque se mudara a Marte, nunca iba a poder sacarse de encima el olor de esa noche. El olor de una mujer que llegó, cogió, y se fue como si nunca hubiera estado.

Pero estuvo.

Y con eso, con solo eso, le bastó.

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