La mudanza del departamento 5B
El edificio había visto mejores días, pero conservaba un aire discreto, con sus paredes de ladrillo visto y los portones de madera tallada que crujían al abrirse. El ascensor, antiguo y lento, subía con un zumbido metálico que se colaba por los rellanos. Fue allí, entre el cuarto y quinto piso, donde él la vio por primera vez. Ella cargaba una caja de libros, con el cabello oscuro ligeramente despeinado por el esfuerzo, y una camiseta blanca que se adhería tenuemente al sudor de la nuca.
No dijo nada al principio. Solo la miró con una pausa que no fue descarada, sino medida, como quien reconoce algo sin necesidad de nombrarlo. Ella, al notar su mirada, levantó apenas el rostro y esbozó una sonrisa breve, más de cortesía que de complicidad. Pero fue suficiente. Él, el nuevo vecino del 5A, supo que algo iba a pasar. No por ansiedad, sino por certeza. Algo en el aire, en el modo en que el calor del atardecer se colaba por las ventanas del pasillo, en cómo el silencio entre ellos no era incómodo, sino cargado.
A la semana, la ayudó a desarmar una estantería que no pasaba por la puerta. Ella había estado sola, forcejeando con el mueble, cuando él salió del departamento, sin camisa, con solo un pantalón de algodón liviano. No dijo mucho. Solo asintió y se acercó. Ella le dio las gracias con un suspiro que sonó más a alivio que a cortesía.
—¿Café? —ofreció ella cuando terminaron.
Él aceptó. El departamento olía a madera nueva, a papel de caja y a algo dulce que no supo identificar. Café instantáneo, tazas desparejas, una ventana abierta que dejaba entrar el ruido lejano del tráfico. Se sentaron en el sofá, aún sin fundas, con mantas encima. Ella cruzó las piernas, descalza. Él notó cómo uno de sus dedos se enroscaba levemente en el tobillo, como si se sostuviera a sí misma.
—Gracias otra vez —dijo ella, inclinando la cabeza—. No conocía a nadie aquí.
—Yo tampoco —respondió él, bajando un poco la voz—. Pero ya no estamos solos.
Ella lo miró. No sonrió, pero sus ojos se suavizaron. Hubo un silencio que no necesitó ser llenado. Solo el tiempo, pasando.
En los días siguientes, se vieron con más frecuencia. Nada forzado. Ella salía al pasillo con una bata de seda que no ocultaba del todo lo que había debajo. Él, al salir a fumar, le ofrecía un cigarrillo. Fumaban en silencio, mirando al vacío del patio interior, donde las luces de los departamentos vecinos se encendían como luciérnagas.
Una noche, llovió fuerte. Él oyó el ruido del agua en el balcón de ella. Luego, una risa. Se asomó. Ella estaba allí, con los pies descalzos sobre el piso mojado, la bata pegada al cuerpo. No lo vio de inmediato. Cuando lo hizo, no se sorprendió. Solo alzó una ceja, como diciendo: *¿Y ahora qué?*
Él salió a su balcón, cruzó la distancia mínima que separaba ambos departamentos por la baranda baja. No más de un metro y medio. El agua caía entre ellos, pero no les importó.
—¿Estás loca? —preguntó él, sin severidad.
—Tal vez —respondió ella, con una sonrisa apenas insinuada—. Pero me gusta cómo se siente el agua en la piel.
Él no dudó. Dio un paso, luego otro. Saltó con cuidado la baranda y quedó frente a ella. El espacio se redujo. El sonido de la lluvia ahogó cualquier palabra innecesaria. Ella no retrocedió. Solo lo miró, con los labios entreabiertos, el pecho moviéndose con una respiración que ya no era tranquila.
Él alargó la mano. No para tomarla, sino para tocarle el hombro. Solo eso. Un dedo sobre la tela mojada, deslizándose hasta el borde del hueso. Ella cerró los ojos. Él repitió el gesto con la otra mano, esta vez en la cintura. La bata se abrió un poco. No mucho. Solo lo suficiente para adivinar.
—No deberíamos —dijo ella, sin convicción.
—No —coincidió él—. Pero vamos a hacerlo igual.
La tomó por la nuca. No con fuerza, sino con firmeza. Ella se acercó. El beso no fue violento. Fue profundo, lento, como si hubieran estado esperando años. Sus cuerpos se juntaron, la tela pegada, la piel buscándose. Él deslizó una mano por su espalda, sintiendo cada curva, cada temblor. Ella gimió, bajo, contenido, como si no quisiera romper el hechizo.
Entraron. Cerraron la puerta tras de sí. No encendieron la luz. La lluvia seguía, golpeando los cristales. Él la desvistió con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cada prenda caía al suelo con una ceremonia silenciosa. Ella hizo lo mismo, sin prisa, desabrochándole el pantalón, deslizando las manos por su abdomen, luego por su espalda. No hablaron. No era necesario.
Cuando estuvieron desnudos, se miraron. No como extraños, sino como reconocidos. Él la llevó a la cama, aún deshecha, con sábanas que olían a ella. A algo floral, cálido. La acostó con cuidado, como si temiera que se desvaneciera. Luego se tendió a su lado, recorriendo su cuerpo con los labios, con las manos, con la mirada.
No fue rápido. Fue todo lo contrario. Cada caricia fue un preludio. Cada beso, una promesa. Ella arqueó la espalda cuando él tocó sus muslos, cuando su boca descendió. Gimió su nombre sin haberlo preguntado antes. Él lo escuchó como un regalo.
Cuando entró en ella, fue con una lentitud que bordeaba el dolor. Ella lo abrazó, clavó las uñas en su espalda, pero no pidió que se detuviera. Al contrario. Lo atrajo más, con las piernas envolviéndolo, con el cuerpo pidiendo más. Él respondió con movimientos profundos, pausados, como si midiera cada segundo.
La lluvia no cesó. Tampoco ellos. Hicieron el amor con una intensidad que no necesitaba gritos. Solo jadeos, susurros, el crujido de las sábanas. Y al final, cuando el clímax los alcanzó, fue como si el mundo entero se detuviera. Ella lloró, sin sollozos, solo lágrimas que cayeron en silencio. Él la abrazó, sin hablar, sin preguntar.
Se quedaron así, entrelazados, hasta que el amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas. Ella se durmió primero. Él la observó, con una paz que no recordaba tener.
A la mañana siguiente, no hubo palabras vacías. Solo un café compartido en la cocina, desnudos, sin vergüenza. Ella le dijo su nombre por primera vez. Él lo repitió, como si lo guardara.
Y cuando él regresó a su departamento, con el sol ya alto, supo que nada sería igual. No por el sexo, sino por lo que vino después: el silencio cómodo, el roce casual, la mirada que dice *sé quién soy contigo*.
La mudanza del 5B había terminado. Pero otra, más profunda, apenas comenzaba.
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