La mudanza del departamento 5B

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El calor del mediodía caía espeso sobre el edificio de ladrillo visto en la avenida Almagro, un bloque de cinco pisos con rejas oxidadas y ascensor que crujía como si estuviera a punto de rendirse. El aire acondicionado de la portería apenas lograba cortar la humedad, y el portero, un hombre de bigote canoso y camisa desabrochada, dormitaba tras un ventilador de mesa que giraba con pereza. En el quinto piso, el departamento 5B estaba abierto de par en par, con cajas apiladas junto a la puerta y una mudanza en pleno desarrollo.

Dentro, Sofía, de treinta y dos años, con el cabello oscuro recogido en un moño desordenado y una camiseta blanca que ya se le pegaba a la espalda por el sudor, supervisaba cómo dos hombres cargaban un sofá por el pasillo. Ella había dejado su ciudad, su trabajo en la editorial y una relación que se había deshilachado sin ruido ni escándalo. Aquí, en esta ciudad nueva, quería empezar de nuevo. El departamento era pequeño, pero con ventanas amplias que daban a un patio interior lleno de enredaderas y macetas olvidadas. Le gustaba la luz que entraba por la tarde, dorada y tranquila.

Y entonces llegó él.

Llamaron a la puerta. Sofía abrió con una botella de agua en la mano, el rostro ligeramente sonrojado por el esfuerzo. Frente a ella estaba un hombre alto, de unos treinta y cinco años, con el torso descubierto por la camiseta arremangada hasta los codos, brazos fuertes y una mirada que no se apresuraba. Llevaba un cinturón de herramientas colgado del hombro y una sonrisa apenas esbozada.

—Hola —dijo con voz grave—. Soy Lucas. El encargado del edificio. Me avisaron que tenías problemas con el termotanque.

Sofía asintió, apartándose para dejarlo pasar.

—Sí, no hay agua caliente desde ayer. Supongo que es normal en un edificio tan viejo.

—Normal —repitió él, entrando con paso seguro—. Pero no por eso hay que aguantarlo.

Lo siguió hasta el baño. Lucas se agachó frente al termotanque, golpeó la tapa con los nudillos y escuchó. Ella se quedó en la puerta, observando cómo sus dedos recorrían las conexiones, cómo fruncía el ceño al notar algo fuera de lugar. No dijo nada, solo se incorporó y le pidió que probara el interruptor.

—¿No? —preguntó él.

—Nada —respondió ella.

—Bueno, entonces hay que cambiarlo. Tardaré un rato. Si quieres, puedes seguir con la mudanza. Yo te aviso cuando termine.

Pero Sofía no se fue. Se quedó sentada en el sofá, hojeando un libro que aún no había desempacado, mientras escuchaba el ruido de las herramientas, el crujido del metal, el susurro de alguien que sabía lo que hacía. Lucas trabajaba con calma, sin prisa, como si el tiempo no importara. A veces se detenía a beber agua, pasándose el dorso de la mano por la frente. El sol entraba por la ventana de la cocina, iluminando el polvo que flotaba en el aire.

Cuando terminó, entró a la cocina y abrió la canilla.

—Dame un segundo —dijo—. Que el agua caliente suba.

Sofía se acercó. Estaban cerca, demasiado cerca. Ella sintió el calor de su cuerpo, el olor a sudor limpio, a jabón de hombre. Lucas no se movió. La miró a los ojos.

—Ya está —dijo al fin, señalando el chorro que salía humeante.

Ella sonrió.

—Gracias. ¿Te pago al administrador?

—No hace falta. Lo arreglo después.

Hubo un silencio. No incómodo, sino denso, como si algo flotara entre ellos, algo que no se decía.

—¿Quieres un vino? —preguntó ella, de pronto—. Apenas desempaqué la cocina, pero tengo una botella.

Lucas arqueó una ceja.

—¿Ahora?

—Sí. Ahora. Hoy no avanzo más. Y tú pareces alguien que sabe disfrutar de un buen momento.

Él sonrió, esta vez con los ojos.

—Entonces sí.

Sofía sacó dos copas, las llenó con un tinto oscuro que aún no sabía si le gustaba. Se sentaron en el balcón, donde unas plantas nuevas comenzaban a tomar aire. El cielo se teñía de anaranjado. No hablaron mucho al principio. Solo bebieron, mirando cómo la ciudad se apagaba lentamente.

—¿Por qué te mudaste aquí? —preguntó Lucas.

—Quería cambiar. Todo. La rutina, la gente… las decisiones que ya no me pertenecían.

—¿Y encontraste lo que buscabas?

—Todavía no lo sé —dijo ella—. Pero el simple hecho de estar aquí, sola, eligiendo dónde poner cada cosa… me hace sentir viva.

Él asintió, sin juzgar.

—A veces, el cambio duele. Pero es necesario.

Ella lo miró. En sus ojos había algo que no se podía nombrar: una quietud antigua, como si hubiera vivido muchas noches como esa, esperando a que algo sucediera.

—¿Tú también cambiaste alguna vez así? —preguntó.

—Hace años. Dejé un trabajo, una casa, una mujer que no me amaba. Vine aquí sin saber qué iba a hacer. Ahora arreglo termotanques y persianas. Y a veces, como hoy, tomo vino con una mujer que acaba de mudarse.

Sofía rió, bajito.

—¿Y qué más haces?

—Lo que se necesita. Y lo que me apetece.

Hubo otro silencio. Pero esta vez, Sofía se acercó. Puso su copa en la mesa y apoyó la mano en su rodilla. Él no se movió. Solo la miró.

—¿Esto te apetece?

Lucas no respondió con palabras. Puso su copa junto a la de ella, lentamente. Luego, con la misma calma con la que había revisado el termotanque, llevó su mano a la nuca de ella y la atrajo.

El beso fue profundo, lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Sofía sintió el sabor del vino en su boca, el calor de sus labios, la fuerza contenida en sus dedos. No fue apresurado, sino necesario. Como si los dos hubieran estado esperando ese momento sin saberlo.

Lucas se separó apenas un instante.

—¿Estás segura?

—Sí —dijo ella—. Estoy segura.

Él la tomó de la mano y la condujo al dormitorio. No encendió la luz. Solo dejó que la penumbra de la tarde los cubriera. Allí, entre cajas aún sin abrir, comenzó a desvestirla. Primero la camiseta, luego los jeans, con una lentitud que encendía más que cualquier prisa. Sus manos recorrieron su espalda, sus caderas, la curva de sus senos. Sofía cerró los ojos, dejándose descubrir.

Cuando quedó desnuda, Lucas se deshizo de su ropa con la misma parsimonia. No había torpeza en sus movimientos, solo intención. Y cuando estuvo frente a ella, completamente desnudo, Sofía no pudo evitar recorrer con la mirada cada centímetro de su cuerpo: el torso marcado por el trabajo, el vello oscuro en el pecho, el surco que bajaba desde el ombligo y desaparecía bajo la cintura.

Se acostaron. Él la besó en el cuello, en los hombros, en los pechos. Sus labios eran firmes, pero no exigentes. Sabía cómo encender sin quemar. Sofía arqueó la espalda cuando sintió su lengua en uno de sus pezones, luego en el otro. Un gemido suave escapó de su garganta.

—Dime si algo no te gusta —susurró él.

—No —dijo ella—. Todo me gusta.

Lucas sonrió contra su piel. Siguió bajando. Recorrió con besos el vientre, el ombligo, el borde del pubis. Sofía abrió las piernas, invitándolo. Y él no dudó.

Su lengua fue precisa, cálida, húmeda. No se apresuró. Primero rodeó, luego presionó, luego se hundió. Sofía jadeó, apretando las sábanas con los puños. Él la saboreó como si tuviera tiempo, como si cada lamida fuera una promesa. Aumentó el ritmo, pero sin perder el control. Hasta que ella se estremeció, con un gemido largo y profundo que llenó el cuarto.

Lucas se incorporó, mirándola. Ella abrió los ojos, todavía temblando.

—¿Sigo? —preguntó.

—Sí —dijo ella—. Por favor.

Él tomó un preservativo de su billetera, que había dejado sobre una caja. Se lo colocó con lentitud, sin dejar de mirarla. Luego se acercó, poniéndose encima de ella. La besó otra vez, esta vez con más intensidad.

Entró despacio. Muy despacio. Sofía sintió cómo se abría, cómo lo recibía, cómo su cuerpo se adaptaba a la invasión placentera. Lucas no forzó. Solo avanzó hasta estar completamente dentro, luego se detuvo.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —dijo ella—. Mejor de lo que imaginaba.

Entonces comenzó a moverse. Con cadencia. Con fuerza contenida. Cada embestida era profunda, plena. Sofía rodeó su cintura con las piernas, atrayéndolo más. El sonido de sus cuerpos al chocar se mezclaba con los gemidos, con la respiración entrecortada. La luz del atardecer entraba por la ventana, dibujando sombras sobre sus pieles sudadas.

Lucas bajó la cabeza, mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja.

—Dime tu nombre otra vez —susurró.

—Sofía.

—Sofía —repitió él, como si probara el sabor—. Qué nombre.

Y siguió moviéndose. Más rápido, más fuerte. Hasta que ella sintió que el clímax volvía, más intenso que antes. Gritó su nombre, agarrándose a sus hombros, clavando las uñas en su espalda. Lucas no se detuvo. Llevó su mano al clítoris, masajeando con círculos firmes, hasta que ella se corrió de nuevo, temblando.

Él entonces se dejó ir. Con un gemido ronco, se enterró hasta el fondo y se quedó quieto, palpitando dentro de ella. Ambos respiraron con dificultad, abrazados, sudorosos, exhaustos.

Se quedaron así un rato. Lucas se retiró con cuidado, se deshizo del preservativo y regresó a su lado. Ella se acurrucó contra su pecho, oyendo los latidos de su corazón.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

—Ahora —dijo él—, si quieres, te ayudo a desempacar la cocina.

Sofía rió, bajito.

—Después. Ahora solo quédate.

Y él se quedó.

Fuera, la ciudad seguía encendiéndose. Las luces del edificio de enfrente parpadeaban. En el departamento 5B, entre cajas abiertas y olor a nuevo, dos cuerpos descansaban, satisfechos, como si hubieran encontrado algo que no sabían que buscaban.

No fue amor. No fue casualidad. Fue un momento. Un instante de piel, sudor y deseo compartido. Y a veces, eso es más que suficiente.

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