La mudanza del apartamento de enfrente

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El aire del mediodía pesaba espeso sobre el edificio de ladrillo visto, con sus balcones estrechos y las rejas oxidadas que sostenían macetas medio muertas. El sol golpeaba de frente los cristales del cuarto piso, el mismo que daba al pasillo donde ahora corría un silencio roto solo por el ruido de cajas al caer y una voz grave que maldecía en inglés.

Yasmina, desde su puerta entreabierta, no podía dejar de mirar. No era curiosidad, no del todo. Era el cuerpo. Un hombre negro, alto como un poste de luz, con los hombros anchos bajo una camiseta blanca ajustada que ya se le pegaba al pecho por el sudor. Cargaba una cama desarmada sobre un hombro, los músculos del brazo tensándose como cuerdas bajo la piel brillante.

Ella se mordió el labio. No lo conocía. Solo sabía que era nuevo. Que venía de otro país. Que su nombre, según leyó en el contrato que asomaba de una caja, era Malik.

Yasmina era morena, delgada, con tetas pequeñas y un culo prieto que se marcaba bajo los jeans ajustados. Tenía veintiocho, ojos verdes oscuros y pelo lacio que le llegaba a la cintura. Hablaba bajo, caminaba despacio, y a veces, cuando creía que nadie la veía, se tocaba el cuello con los dedos como si acariciara un recuerdo.

Malik la vio. Ella no se movió. Solo asintió con la cabeza. Él hizo lo mismo, sin sonreír. Pero el aire cambió.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó ella, después de que él dejó la cama en el piso con un golpe seco.

—No, gracias —dijo él en un español lento, con acento.

Pero cuando volvió a agacharse para levantar una caja de libros, Yasmina se acercó.

—Déjame ayudarte con eso.

Él la miró. Sus ojos eran grandes, oscuros, con un brillo denso. No dijo nada. Solo le dio la caja.

Entraron juntos al apartamento. Vacío. Solo unas cajas, una cama sin armar, una silla plegable. El aire olía a madera nueva y sudor masculino.

—Hace calor —dijo ella, quitándose la chaqueta.

—Sí —respondió Malik.

Ella dejó la caja sobre el piso y se dio vuelta. Él no había dejado de mirarla. No con descaro, pero tampoco con inocencia. Con hambre.

—¿De dónde eres? —preguntó Yasmina, aunque ya sabía la respuesta.

—De Nigeria. Lagos.

—¿Hace cuánto llegaste?

—Tres días.

—¿Y ya estás mudando solo?

—Sí. No tengo a nadie aquí.

Ella asintió. Dio un paso más adentro.

—¿Quieres agua?

Él asintió.

Ella fue a la cocina, abrió la nevera. Sacó una botella. Cuando regresó, Malik se había quitado la camiseta.

Su torso era una escultura negra. Pecho ancho, pectorales marcados, abdomen en V que se hundía bajo el cinturón del pantalón de jean. El sudor le brillaba en la piel como si lo hubieran bañado con aceite.

Yasmina le dio el agua. Él bebió lento, con los ojos fijos en ella.

—Gracias —dijo, devolviéndole la botella.

Ella no la tomó. En vez de eso, puso una mano en su pecho.

Malik no se movió.

—Quiero tocarte —dijo ella.

Él no respondió. Solo respiró más hondo.

Entonces ella lo tocó. Con las dos manos. Primero los pectorales, luego los abdominales. Sus dedos recorrieron la piel caliente, los músculos que se tensaban bajo su contacto.

—Eres hermoso —dijo.

Él puso una mano en su cintura. Grande. Oscura.

—Tú también —dijo.

Yasmina se acercó. Se puso de puntillas. Lo besó.

La boca de Malik era gruesa, húmeda, caliente. Su lengua entró en su boca sin pedir permiso. La agarró por las nalgas, la levantó. Ella rodeó su cintura con las piernas.

Él la cargó hasta la cama desarmada, la tiró sobre el colchón desnudo. Le quitó la camiseta. Le desabrochó el sostén. Le lamió los pezones mientras ella gemía.

—Sí… así…

Malik se arrodilló frente a ella. Le bajó los jeans. Le quitó las bragas.

Su coño era oscuro, húmedo, con los labios inflamados. Él lo miró. Luego acercó la nariz.

—Hueles bien —dijo.

Y ella gritó cuando él le metió la lengua.

No fue suave. Fue profundo. Fuerte. Su lengua entró y salió, lamió los labios, el clítoris, el agujero del culo. Yasmina se retorcía, agarraba las sábanas, gritaba sin importarle quién la escuchara.

—¡Sí, así, come mi coño, negro, come!

Malik gruñó. Le separó las piernas más. Lamió más hondo. Le metió dos dedos. Luego tres.

Ella se corrió con un grito agudo, las piernas temblando, el coño chorreando.

Malik se levantó. Se desabrochó el pantalón. Se bajó los calzoncillos.

Su pija era enorme. Negra, gruesa, con venas que parecían cuerdas. La cabeza era morada, hinchada, con un hilo de presemilla en la punta.

Yasmina se sentó.

—Déjame chuparte —dijo.

Agarró la pija con la mano. La acercó a su boca. La lamió desde la base hasta la punta. Luego la metió entera.

—Mierda —gruñó Malik.

Ella la chupaba con fuerza, con hambre, con los ojos cerrados. Su garganta se abría, la pija entraba y salía, golpeaba el fondo. Yasmina gemía alrededor del sexo, la boca llena, las mejillas hundidas.

—Para —dijo Malik.

Ella lo miró.

—Quiero cogerte —dijo él.

Ella se acostó. Abrió las piernas.

Malik se puso encima. Le separó los labios con los dedos. Alineó la punta.

—¿Lista?

—Sí —jadeó ella.

Empujó.

Yasmina gritó.

La pija entró entera de una sola estocada. La llenó. La estiró. Le partió el coño.

—¡Sí, sí, cógeme, negro, cógeme fuerte!

Malik empezó a cogerla. Lento al principio. Profundo. Cada embestida hacía que el colchón rechinara. Luego más rápido. Más fuerte.

—¿Te gusta mi pija negra dentro de tu coño blanco? —preguntó Malik.

—Sí, sí, me encanta, me partes, me llenas, sigue, sigue…

Él la cogió sin parar. Le agarró las tetas, las apretó, le mordió los pezones. Le dio nalgadas que sonaban como tiros.

Yasmina sentía que se corría una y otra vez. No paraba. Era un orgasmo largo, continuo, que le subía desde el culo hasta la garganta.

—Quiero que te corras en mi boca —dijo ella.

Malik la sacó. La giró. La puso de cuatro.

—Dame tu culo —dijo.

Ella levantó el trasero. Él le separó las nalgas con las manos. Lamió su agujero. Luego metió la lengua.

Yasmina gritó.

—Sí, así, lame mi culo, negro, prepárame…

Malik se levantó. Se puso encima. Alineó la pija con el ano.

—¿Segura?

—Sí, métela, cógeme el culo.

Empujó.

Yasmina gritó de dolor y placer.

La pija entró lento, pero fue entrando. La estiró. La llenó.

—¡Sí, sí, me partes el culo, me llenas, sigue, sigue!

Malik empezó a cogerla el culo. Fuerte. Profundo. Cada embestida le hacía temblar el cuerpo.

—Tu culo blanco lleno de pija negra —dijo Malik. —¿Te gusta?

—Sí, me encanta, me partes, me cagas, cógeme más fuerte…

Él la cogió sin piedad. Le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás.

—Eres mía —dijo.

—Sí, soy tuya, cógeme, cógeme todo…

Yasmina sintió que se corría otra vez. Un orgasmo largo, violento, que le subió desde el ano hasta el cerebro.

Malik siguió cogiendo.

—Quiero correrme en tu coño —dijo.

La sacó. La dio vuelta. Le separó las piernas.

Volvió a entrar.

La cogió con fuerza. Más rápido. Más profundo.

—Voy a correrme —dijo.

—Hazlo, córrete en mi coño, llénamelo…

Malik gritó.

La pija se hinchó.

Yasmina sintió el primer chorro de semen caliente dentro de su coño. Luego otro. Y otro.

—Sí, llénamelo, llénamelo todo…

Malik se quedó quieto. La miró.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora —dijo ella —vamos a hacerlo otra vez.

Él sonrió.

—¿Toda la tarde?

—Toda la tarde —dijo Yasmina.

Y se acercó a su boca para besarla otra vez.

El sol bajaba por el cielo. El edificio seguía en silencio. Pero dentro del apartamento del cuarto piso, dos cuerpos distintos, de razas distintas, se encontraban, se tocaban, se cogían, se corrían, se llenaban.

No había vergüenza. No había prisa. Solo carne, sudor, sexo.

Yasmina no pensaba en mañana. Malik no pensaba en ayer.

Solo en ahora.

En el coño lleno. En el culo abierto. En la pija negra, grande, que la había partido en dos.

Y en la promesa de que esto no era el final.

Era solo el comienzo.

Y cuando la noche cayó, y las estrellas brillaron sobre el edificio, ellos seguían follando.

Yasmina debajo. Luego encima. Luego de lado. Luego de cuatro.

Malik siempre listo. Siempre negro. Siempre hambriento.

Y ella, blanca, mojada, gritando, corriéndose, pidiendo más.

Porque el sexo no era blanco o negro.

Era carne.

Era sudor.

Era deseo.

Y en ese cuarto, entre cajas y colchones, dos razas distintas se fundieron en una sola: la raza del placer.

Y no hubo fronteras.

Ni prejuicios.

Ni ropa.

Solo cuerpos.

Solo sexo.

Solo calor.

Y el sonido de dos personas follando como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente.

Pero no se acabó.

Y ellos siguieron.

Y siguieron.

Y siguieron.

También en: OralPrimera vez

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Interracial