La mudanza del 402

@marco_vidal ·9 de abril de 2026 · ★ 4.8 (37) · 2903 lecturas

La cajuela del coche chirrió al abrirse, como si también estuviera cansada del calor de la ciudad. Emiliano, sudado y con la camisa pegada a los omóplos, sacó la primera caja. “Pesada como la chingada”, murmuró mientras se ajustaba los lentes oscuros. Arriba, en el cuarto piso del edificio sin elevador, la nueva vecina lo esperaba con una sonrisa que no alcanzaba a disimular el nervio. Se llamaba Lucía. Treinta y tantos, tal vez treinta y cinco. Cabello negro hasta los hombros, ondulado como si acabara de salir de un comercial de champú, y un par de tetas que, aunque no grandes, se le marcaban bajo la blusa de tirantes. Nada escandaloso. Pero suficiente para que Emiliano se tragara saliva al subir las escaleras detrás de ella.

—Gracias, de verdad —dijo Lucía, tomando una caja pequeña de sus manos—. No sabes cómo te lo agradezco. No conozco a nadie aquí.

—No es nada —respondió él, rascándose la nuca—. Además, los vecinos son para eso. Y tú, con ese culito apretado subiendo escaleras, ni modo, no podía dejarte sola.

Ella soltó una risa corta, de esas que no saben si son coquetería o solo buena educación. Pero el tono le tembló un poco. Emiliano lo notó. Y le gustó.

Dejaron las cajas en la sala. El departamento olía a pintura fresca y a cartón nuevo. Nada de muebles, solo bolsas de basura con ropa, libros apilados y una cama inflable desempacada a medias. Lucía ofreció agua de jamaica. Emiliano aceptó. Se sentaron en el suelo, uno frente al otro, separados por un metro escaso. El ventilador de piso les movía el aire, pero no alcanzaba a enfriar la tensión.

—¿Hace cuánto que no ves a alguien así de sudado y desesperado por ayudar? —dijo él, limpiándose el cuello con el dorso de la mano.

—No desde mi ex —contestó ella, bajando la mirada—. Pero él nunca subió cajas. Solo bajaba mis cosas.

Emiliano asintió, sin juzgar. Pero el comentario le abrió una puerta. La miró con más descaro, de arriba abajo, sin prisa. Ella lo dejó hacer. No se movió. Solo cruzó las piernas, despacio, como si estirara algo que llevaba rato apretado.

—¿Y ahora qué sigue? —preguntó él.

—Ahora… —ella se mordió el labio inferior—… ahora desempacar. Y tal vez… pedir una pizza.

—¿Y después?

—Después… —su voz bajó—… después ya veremos.

Emiliano se acercó un poco. No mucho. Solo lo suficiente para que el calor de su cuerpo se mezclara con el de ella. Lucía no se apartó. Al contrario, levantó la barbilla. Como esperando.

—Sabes —dijo él—, no soy un cabrón que se aprovecha de las mujeres solas. Pero tampoco soy santo.

—Yo tampoco soy una santa —respondió ella—. Y no me siento sola desde que llegaste.

Se miraron. No hubo música, ni luces tenues. Solo el ruido del ventilador y el eco de un claxon de la calle. Pero algo en el aire cambió. Se espesó. Se volvió respirable solo si se respiraba juntos.

Emiliano estiró la mano. No para tocarla, sino para tomar su vaso vacío. Sus dedos rozaron los de ella. Un segundo. Quizá menos. Pero suficiente para que los dos sintieran el cosquilleo subir por el brazo.

—¿Y si en vez de pizza…? —él la miró fijo—… hacemos algo mejor.

—¿Como qué?

—Como quitarte esa blusa. Ahora.

Lucía no respondió con palabras. Pero se paró. Lento. Como si midiera cada movimiento. Se desabrochó los primeros botones. Uno. Dos. Hasta que el escote mostró lo justo: el inicio de los senos, morenos, firmes. Emiliano se paró también. Sin apuro. Se acercó por detrás. Le puso las manos en las caderas. Ella se dejó. Él le subió la blusa por la espalda, sin quitarla del todo. Solo lo suficiente para sentir la piel.

—Tienes la espalda sudada —dijo él, rozando con los labios la línea de su columna—. Y el culo… bien prieto.

Ella se estremeció. No de frío. De deseo. De eso que se acumula cuando uno no ha sido tocado en meses. Años, quizás.

—¿Y qué vas a hacer con ese culo prieto? —preguntó, sin darse vuelta.

—Primero —susurró Emiliano—, voy a chuparte los hombros. Luego, voy a bajar la blusa hasta el suelo. Y después… voy a meter la mano por atrás, sin prisa, hasta que sientas mi verga dura contra tu nalga.

Lucía cerró los ojos. Se dejó hablar. Se dejó imaginar. Porque eso era lo que quería: que le hablara sucio, que le dijera lo que iba a hacerle, sin pedir permiso. Que la tomara como si fuera suya desde antes.

—¿Y si no quiero que pares? —dijo ella, con voz ronca.

—Entonces —él le mordió el lóbulo de la oreja—… no voy a parar. Ni aunque se acabe el mundo.

La giró despacio. La empujó contra la pared. Le subió la falda sin ceremonia. Ella llevaba unas tangas negras, finas, de tela que se deshace con un jalón. Emiliano no jaló. Primero le acarició el culo, con las dos manos, como si lo evaluara. Luego, con una sola, se metió por debajo de la tela. Lucía abrió las piernas. Un poco. Solo lo necesario.

—Estás mojada —dijo él.

—Desde que subiste las escaleras —respondió ella.

Emiliano sonrió. No dijo nada más. Se agachó. Le bajó la tanga. Le besó el vientre. Luego, el monte. Lucía se sostuvo de su cabeza. Le enterró los dedos en el pelo. Él le separó los labios con los dedos. Olía a sexo listo. A deseo acumulado. Le dio la primera lamida. Lenta. Profunda. Como si saboreara cada rincón.

—Ah… —ella se quejó bajito—… cabrón… así no…

—¿Así no? —él levantó la vista—. ¿O así sí?

Otra lamida. Más fuerte. Más larga. Lucía se mordió el labio. Se meneó un poco. Emiliano la sostenía de las nalgas, con fuerza. Como si temiera que se fuera a escapar. Pero ella no quería escapar. Quería más. Quería que la cogiera ahí, contra la pared, sin preliminares, sin romanticismos.

—¿Tienes condón? —preguntó, con la voz entrecortada.

—En la billetera —respondió él—. Pero no lo voy a usar ahora.

—¿Y cuándo?

—Cuando te la meta —dijo, poniéndose de pie—. Hasta entonces, quiero sentirte con todo.

Se quitó la camisa. Luego los zapatos. Los pantalones. La ropa interior. Su verga estaba dura, gruesa, con una vena que latía al ritmo de su respiración. Lucía la tomó con una mano. La acarició de arriba abajo. Luego se la llevó a la boca. Una lamida. Dos. Emiliano gruñó.

—Si sigues así —dijo—, no voy a aguantar.

—No quiero que aguantes —respondió ella—. Quiero que me coger rápido. Fuerte. Como si me odiaras.

Emiliano la tomó de las caderas. La levantó. Ella le rodeó la cintura con las piernas. Él se acomodó. La punta de su verga rozó la entrada. Un segundo. Dos. Luego, de un solo empujón, entró.

—¡Ah! —gritó ella—. ¡Sí, cabrón, así!

Empezó a moverse. Con fuerza. Con ganas. Lucía le clavaba las uñas en la espalda. Le mordía el cuello. Él le sostenía el culo con ambas manos, levantándola y bajándola, marcando el ritmo. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con los gemidos. El ventilador seguía girando, indiferente.

No duraron mucho. No querían durar. Querían el clímax. Querían explotar juntos. Y cuando llegó, fue fuerte. Lucía se corrió primero, con un jadeo largo, profundo. Emiliano la siguió, dentro de ella, sin sacarla. Se quedaron así un rato, sudados, respirando con dificultad.

—Mañana —dijo él, aún dentro—… te ayudo con las otras cajas.

Ella sonrió.

—Mañana —respondió—… mejor empieza por desempacar mi ropa interior.

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