La mudanza de mi ex
Yo nunca pensé que un día iba a ver a mi ex con un collar de perro y arrodillado frente a otra mujer, menos aún que me iba a gustar tanto lo que veía. Pero ahí estaba, Raúl, con su camisa de cuadros remangada, sudado como perro en julio, sosteniendo una caja de cristalería como si fuera un castigo. Y frente a él, como si hubiera salido de una película de esas que no se ven en Netflix, estaba Lucía: alta, con un vestido negro que le marcaba el culo como segunda piel, zapatos de tacón que sonaban como latigazos en el piso de madera, y una mirada que no necesitaba decir nada para mandar.
Yo solo había ido a dejar unas llaves que se le habían quedado a Raúl cuando nos separamos hace seis meses. Nada raro, ¿verdad? Él me había pedido que pasara por su nuevo departamento, un loft en la Roma que alquiló justo después de que terminamos. “Ya no vivo contigo, pero sí me dejaste unas cosas”, me dijo por mensaje, como si fuera algo normal. Y yo, como buena ex que no guarda rencor (o al menos eso quiero creer), fui sin pensar.
Pero cuando abrió la puerta, no era él quien me recibió primero. Fue Lucía.
—Pasa, Val —dijo, como si ya me conociera de toda la vida—. Raúl está terminando de acomodar tus cosas.
Yo parpadeé. “Mis cosas” sonaba raro. Pero luego vi mis libros, mi cobija de Frida, hasta mi bocina Bluetooth, todos en una caja con mi nombre escrito en marcador rojo. Y Raúl, en cuclillas, sin camisa, con el collar negro en el cuello, atado a una cadena que Lucía sostenía con elegancia mientras se servía un trago de vino.
—¿Y eso? —pregunté, señalando el collar con la barbilla.
Lucía sonrió, lenta, como si ya esperara la pregunta.
—Él pidió esto —dijo—. Desde que me conoció, solo ha querido servir. ¿Verdad, perrito?
Raúl asintió, sin mirarme. Tenía las mejillas rojas, pero no de coraje, sino de… vergüenza buena, de esa que te quema por dentro cuando sabes que estás en tu lugar. Y yo, de pie, con mi falda playera y mis sandalias, me sentí de pronto como la que sobraba. O como la que estaba a punto de descubrir algo que no sabía que necesitaba ver.
—¿Y tú no tienes problema con… esto? —le pregunté a Lucía, señalando el collar, la cadena, el hecho de que mi ex estuviera más obediente que cuando yo le pedía que sacara la basura.
—Claro que no —dijo, y se acercó a mí. Olía a jazmín y a algo más, a sudor limpio, a poder—. Él necesita esto. Y yo… yo sé darlo.
No dijo “dominarlo” ni “controlarlo”. Dijo “darlo”. Como si fuera un regalo, no un castigo. Y en ese momento, algo en mi entrepierna se encendió. No fue celos. Fue curiosidad. Fue envidia, pero de la buena.
Lucía me ofreció vino. Yo acepté. Nos sentamos en el sillón, frente a Raúl, que seguía a cuatro patas, con la mirada baja.
—¿Quieres ver cómo se porta bien? —me preguntó Lucía, bajito, como si fuera un secreto entre nosotras.
Yo tragué saliva. No dije nada. Solo asentí.
Entonces Lucía chasqueó los dedos.
—Ven, perrito. Aquí.
Raúl gateó hasta ella. No como un hombre avergonzado, sino como un animal entrenado que disfruta su entrenamiento. Lucía le acarició la cabeza, luego le tomó la barbilla.
—¿Ves a Valentina? —le dijo—. Dile buenos días, como se debe.
Raúl levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los míos. Estaban húmedos, pero no de tristeza. De excitación.
—Buenos días, Val —dijo, con voz temblorosa—. Gracias por venir.
Lucía sonrió, satisfecha.
—Ahora, perrito, siéntate. Y no te muevas.
Y Raúl obedeció. Como un perro de verdad.
Yo no podía creer lo que veía. Mi ex, el mismo que cuando estábamos juntos no recogía ni sus calcetines, ahora estaba sentado como si hubiera nacido para eso. Y yo… yo sentía que me ardía el coño. No por él, no por el recuerdo, sino por ella. Por Lucía. Por cómo lo miraba. Por cómo lo tocaba. Por cómo, sin decir mucho, mandaba.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó, mientras acariciaba el lomo de Raúl con la suela de su zapato.
—Sí —dije, sin mentir—. Me gusta.
—¿Y si te digo que puedes tocarlo? ¿Que puedes ordenarle algo tú también?
Mi corazón se aceleró. No era deseo por Raúl. Era deseo por el poder. Por probarlo. Por ver qué se siente tener a alguien así, dispuesto, sumiso.
—¿En serio? —pregunté.
—Claro —dijo—. Pero solo si prometes no ser muy dura. Aún es nuevo.
Yo reí. Una risa nerviosa, pero también pícara.
Extendí la mano. Toqué el hombro de Raúl. Él tembló.
—Mírame —le dije.
Y él obedeció.
—¿Te gusta servir a Lucía?
—Sí —dijo, sin dudar.
—¿Y si te digo que te quites el pantalón? ¿Lo harías?
Lucía sonrió, como si ya supiera la respuesta.
Raúl asintió.
—Sí, Val. Lo que digas.
Entonces, lentamente, se desabrochó el pantalón. Se lo bajó. Y ahí estaba su verga, dura, palpitante, apuntando al suelo como si tuviera miedo de mirarnos. Yo no la toqué. Solo la vi. Y sentí que algo en mí se encendía, como una llama que no sabía que tenía.
—¿Y si te digo que te acaricies? —le pregunté.
—Solo si Lucía me lo permite —dijo, mirándola.
Ella asintió.
—Adelante, perrito. Pero solo con una mano. Y no te corras. ¿Entendido?
—Sí, ama.
Y entonces, frente a nosotras, empezó a masturbarse. Lento, rítmico, con los ojos cerrados, gimiendo bajito. Yo no podía despegar la vista. No era solo el acto. Era la sumisión. Era el placer que sentía al obedecer. Era saber que no mandaba en nada, y que por eso se sentía tan libre.
Lucía me tomó de la mano.
—¿Quieres probar? —me dijo al oído—. No tienes que hacer nada. Solo ordenar.
Yo la miré. Y en sus ojos vi algo que nunca había visto: certeza. Ella no jugaba. Ella dominaba. Y yo, de pronto, quise ser dominada. O dominar. Aún no lo tenía claro.
—No sé —dije—. Nunca he hecho esto.
—Nadie nace sabiendo —dijo—. Solo se necesita valor para empezar.
Y en ese momento, con Raúl gimiendo en el suelo, con su verga brillando de preseminal, con el olor de su sudor llenando el cuarto, supe que algo en mí había cambiado.
No me fui esa tarde. Me quedé. Y cuando Lucía me dijo “ven, siéntate aquí”, yo obedecí.
No como sumisa. Aún no.
Pero como alguien que acaba de descubrir un nuevo camino.
¿Te ha gustado? Valóralo