La mudanza de la vecina
La casa de al lado llevaba dos semanas vacía hasta que llegó ella con sus cajas, sudada y con el pelo pegado a la frente por el calor de la capital. Marco, de treinta y tantos, la vio bajar del camión de mudanzas con una falda corta de mezclilla y una blusa blanca que se le pegaba en los pechos con cada movimiento. No se presentó hasta el tercer día, cuando la vio forcejear con una cama desarmada que no cabía por la puerta.
—¿Necesitas ayuda, vecina?
Ella se dio vuelta, con una sonrisa que le iluminó los ojos verdes. Tenía los labios pintados de rojo oscuro, no muy fuerte, pero suficiente para que a Marco se le parara la verga debajo del pantalón de mezclilla.
—Ay, gracias. Esto no quiere entrar y el tipo del camión ya se fue.
Entre los dos empujaron el colchón, y al hacerlo, ella rozó su cadera contra el muslo de Marco. Él fingió no notarlo, pero el roce lo dejó caliente. Se presentaron: ella era Valeria, recién separada, arquitecta, treinta y dos años. Él, Marco, soltero, escritor freelance, treinta y seis. Platicaron un rato mientras acomodaban el resto de los muebles, y al despedirse, ella le dijo:
—Si quieres, pásate a tomar un trago esta noche. Agradezco la ayuda.
Marco no se hizo rogar. A las ocho, con una botella de vino tinto bajo el brazo, tocó a su puerta. Ella le abrió con un vestido corto de tirantes, sin brasier, y unas sandalias que hacían lucir unas piernas bien torneadas. El olor a perfume sutil y sudor limpio lo embriagó antes de cruzar el umbral.
—Pasa, cabrón. ¿Trajiste el vino pa’ mojarnos?
Él sonrió.
—Pa’ mojarnos bien.
Se sentaron en el sillón nuevo, aún con las etiquetas, y charlaron de trabajo, de la separación, de lo difícil que era estar sola. Pero había algo en la forma en que ella lo miraba, en cómo cruzaba y descruzaba las piernas, en cómo se pasaba la lengua por los labios, que le decía a Marco que no estaba ahí solo por el vino.
—¿Sabes? —dijo ella, acercándose un poco—, mi esposo nunca me tocaba como quiero que me toquen.
Marco no dijo nada. Solo la miró, con los ojos fijos en sus labios. Ella se acercó más, y entonces, sin más, lo besó. Fue un beso lento, profundo, con lengua, con ganas. Él le puso una mano en la nuca, atrayéndola, y ella le metió la mano entre las piernas, apretándole la verga por encima del pantalón.
—Está dura —susurró—. Me gusta.
Marco le bajó un tirante del vestido y le chupó el hombro, luego el cuello, y al final el pezón, que ya se le paraba bajo la tela. Ella gemía bajito, como si tuviera miedo de que los oyeran, pero no paraba de frotarle la entrepierna.
—Vamos a mi cuarto —dijo ella, parándose y jalándolo de la mano.
En la recámara, con las cortinas cerradas y una luz tenue encendida, Valeria se quitó el vestido de un tirón. Quedó en bragas, con unas nalgas redondas y prietas, la cintura estrecha, los pechos llenos y con los pezones duros. Marco se quitó la camisa y luego el pantalón, dejando al descubierto una verga larga y gruesa, ya completamente dura.
—Ay, cabrón —dijo ella, agachándose—. Esto sí es un pedazo de carne.
Y sin más, se la metió a la boca. La chupó lento, con devoción, con ganas, como si llevara años sin probar una. Marco le ponía las manos en la cabeza, empujando suave, y ella no se quejaba, al contrario, gemía con la boca llena.
—Sácate las bragas —le dijo él, jalándola hacia arriba.
Ella obedeció. Se paró sobre el colchón, se bajó las bragas y se sentó encima de él, que ya estaba sentado en la cama. Le guiñó un ojo, se empaló despacio, con cuidado, y ambos soltaron un gemido al unísono.
—Chinga —susurró Marco—, estás bien prieta.
—Porque no me han cogido como se debe —respondió ella, moviéndose lento, subiendo y bajando.
El ritmo fue creciendo. Ella empezó a cogerlo con más fuerza, con más ganas, mientras él le agarraba las nalgas, separándolas, mirando cómo se le metía y salía la verga. Le dio unas nalgadas fuertes, y ella gritó, pero no de dolor, sino de placer.
—Sí, cabrón, azótame —le dijo—. Azota a tu perra.
Marco la volteó, la puso a cuatro patas, y la cogió por detrás. Le metía toda la verga hasta el fondo, con empujones fuertes, mientras ella se sostenía de la cabecera, gritando, pidiendo más.
—No pares, no pares, cabrón, así, así… me voy a venir.
Y cuando ella se vino, fue con un grito largo, con espasmos en todo el cuerpo, con las nalgas temblando. Marco no se detuvo. La siguió culeando, le metió los dedos a la boca, luego al culo, y cuando sintió que ya no aguantaba, la sacó y se corrió encima de sus nalgas, largos chorros de leche caliente que le resbalaron por la raja.
Valeria se dio vuelta, se sentó en la cama, y le limpió el semen con la mano, luego se la chupó.
—Mañana —dijo—, otra vez.
Marco sonrió, sudado, agotado, feliz.
—Claro, vecina. Pa’ eso estamos.
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