La mudanza de la casa de al lado

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La tarde caía lenta sobre el barrio residencial, ese tipo de atardeceres cálidos que pintan las casas de un naranja sucio y hacen brillar el polvo en el aire. En la acera de enfrente, la camioneta de mudanzas aún estaba allí, con las puertas traseras abiertas y cajas apiladas sin orden. Él, de pie junto al marco de la puerta principal, se limpiaba el sudor con el antebrazo. Era alto, de hombros anchos bajo una camiseta gris que se le pegaba al pecho. Tenía treinta y siete años, la barba de dos días, y un tatuaje oscuro que le subía por el cuello, como una sombra que no se atrevía a nombrar.

Desde su ventana, ella lo había estado observando desde el mediodía. Treinta y dos años, pelo negro hasta los hombros, ojos verdes que no mentían cuando se excitaba. Llevaba una blusa floja y una falda corta de algodón, sentada en el borde de su cama con las piernas abiertas, frotándose el clítoris con dos dedos mientras lo veía cargar cajas. No se escondía. Quería que la viera. Y él, al fin, giró la cabeza.

Sus miradas se encontraron. Ella no bajó la mano. Él se detuvo, con una caja de libros entre los brazos, y por un segundo no supo si reír o acercarse. Pero no se rió. Dejó la caja en el suelo, se quitó la camiseta y se quedó allí, desnudo de cintura para arriba, con el sol pegándole en la espalda y los músculos marcados por el esfuerzo. Ella se humedeció los labios. Luego, lentamente, se quitó la blusa.

No hubo palabras. No hizo falta. Él caminó hacia su casa. Ella abrió la puerta antes de que tocara.

El aire dentro era denso, con olor a madera nueva y perfume barato. Ella retrocedió unos pasos, con la falda ya en el suelo, en ropa interior negra, delgada, ajustada. Él cerró la puerta con el pie, sin quitarle los ojos de encima. Avanzó hasta ella, le tomó la nuca con una mano y la besó. No fue un beso dulce. Fue hambriento, con dientes, con lengua, con saliva que resbalaba por la comisura de sus labios. Ella gimió, bajo, profundo, y él le agarró un pecho con fuerza, apretándolo, pellizcando el pezón con el pulgar y el índice.

—Te he visto desde el mediodía —dijo él, ronco—. Te vi tocándote. No te escondiste.

—No quería —respondió ella, jadeando—. Quería que me vieras. Quería que vinieras.

Él le arrancó la tanga de un tirón. El elástico se rompió en la costura. Ella abrió las piernas, mostrándole la raja húmeda, brillante, caliente. Él se arrodilló y pasó la lengua desde el culo hasta el clítoris, lento, como si saboreara cada centímetro. Ella gritó, se aferró a su pelo y empujó su cadera contra su boca.

—Sí… así… no pares…

Él no paró. Chupó su sexo como si fuera la primera vez que probaba algo dulce, con avidez, con ansia. Le separó los labios con los dedos y hundió la lengua dentro, lamiendo el interior, buscando el punto que la hacía temblar. Ella se dobló, se corrió con un espasmo fuerte, gritando su nombre, aunque ni siquiera sabía cómo se llamaba.

Él se levantó, se quitó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento. Su pene saltó libre, grueso, con una vena marcada que corría por debajo, la punta roja, hinchada. Ella se arrodilló frente a él y lo tomó con la boca. Lo metió entero, hasta la garganta, sin asco, sin pausa. Él gruñó, le agarró el pelo y empezó a follarle la boca, moviendo las caderas con fuerza, entrando y saliendo, mientras ella gemía alrededor de su carne.

—Chúpamela bien —dijo—. Chúpame todo.

Ella lo hizo. Lo chupó hasta que él se corrió en su boca, con un gemido ronco, y ella tragó, sin derramar ni una gota. Luego se levantó, con la cara brillante, los labios hinchados.

—Ahora te voy a follar —dijo él, tomándola de la cintura—. Ahora te voy a llenar.

La empujó contra la pared, le levantó una pierna y la penetró de un solo empujón. Ella gritó, fuerte, con sorpresa y placer. Él era grande, y ella estaba estrecha. Pero no le importó. Lo quería así, duro, sin cuidado.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Así! —gritó ella, con las uñas clavadas en su espalda.

Él empezó a moverse, lento al principio, luego más rápido, más fuerte. Cada embestida la hacía temblar. Su culo rebotaba contra la pared, su sexo mojado se aferraba al de él, chupándolo, exprimiéndolo. Él le mordió un pezón, luego el otro, y ella gritó de nuevo, más fuerte.

—¿Te gusta? —preguntó él, jadeando—. ¿Te gusta cómo te follo?

—Sí… sí… fóllame más fuerte…

Él obedeció. La cogió en brazos, la llevó a la cama y la puso boca abajo. Le separó las nalgas y le lamió el culo, lento, con la lengua plana, antes de meterle un dedo en el ano. Ella se tensó, luego se relajó, y él metió otro dedo, luego dos. Luego, sin avisar, la penetró otra vez, esta vez más profundo, más salvaje.

—¡Dios! —gritó ella—. ¡Me vas a romper!

—Quieres que te rompa —dijo él—. Quieres que te folle como si fuera la última vez.

Y lo hizo. La folló como si fuera la última vez. Con furia, con pasión, con deseo puro. Ella se corrió dos veces más, gritando, temblando, con los dedos aferrados a las sábanas. Él sintió que venía, que no aguantaba más, y se salió, le agarró el pelo y se corrió sobre su espalda, sobre sus nalgas, sobre su culo. Le bañó la piel con largos chorros calientes, blancos, espesos.

Se quedaron así un momento, jadeando, sudorosos, en silencio. Luego él se acostó a su lado, le besó el hombro, le acarició el pelo.

—No sé cómo te llamas —dijo ella.

—No importa —respondió él—. Esto no necesita nombre.

Ella sonrió, se dio vuelta y lo abrazó. Él la atrajo, le pasó una mano por la cintura, y se quedaron dormidos así, piel con piel, sudor con sudor, sexo con sexo. Fuera, la noche ya había caído del todo. La camioneta de mudanzas seguía allí, pero ya no importaba. La mudanza había terminado. Lo único que quedaba era el calor, el cuerpo, el deseo cumplido.

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