La mudanza de doña Lety

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Doña Lety se mudaba de departamento el mismo día que el sol se deshacía en la avenida Tláhuac. Marco, que vivía dos pisos abajo, la vio bajar con una caja de cartón atiborrada de trastes de cocina, los senos bamboleándose bajo una blusa floreada que ya no daba para taparle bien el escote. Él salía al basurero con un bulto de ropa sucia cuando la vio forcejear con el ascensor, y sin pensarlo mucho, se acercó.

—¿Le ayudo, vecina?

—Ay, sí, hijo, gracias. Este bulto no quiere bajar ni a chingazos.

Marco sonrió. Doña Lety no era vieja, apenas pasaba los cuarenta, pero el mundo le había puesto el mote de “doña” por costumbre, no por edad. Tenía las piernas prietas, de caminar mucho, y el culo ancho, bien formado, como de mujer que ha parido pero se cuida. Llevaba un short de mezclilla desgastado que le marcaba las nalgas como si fuera un dibujo hecho a mano.

Entre los dos lograron sacar la caja del ascensor. Abajo, en la banqueta, esperaba una camioneta de mudanzas, con el chofer fumando un cigarro y dos tipos más acomodando muebles. Marco se ofreció a ayudar con unas sillas de comedor. Subieron y bajaron tres veces, con el calor pegándoles en la nuca. Al cuarto viaje, doña Lety le dijo:

—Oye, Marco, ¿te ofrezco un agüita? Que te mereces un descanso.

Él aceptó. Entraron al departamento vacío. Las paredes estaban desnudas, solo restos de cinta en las esquinas donde antes colgaban cuadros. En medio, una cerveza fría sobre la mesa de centro, sin nada más alrededor.

—Gracias, vecina. No hacía falta.

—Pues claro que sí. Un hombre como tú, fuerte, ayudando a una vieja como yo… —dijo, riendo, pero con algo en la mirada que no era del todo broma.

Marco bebió un trago. El sudor le bajaba por la sien. Doña Lety se desabotonó dos botones más de la blusa. No lo miró al hacerlo. Fue un gesto lento, como si se desvistiera para sí misma. Pero él lo vio todo: el escote más profundo, los pezones oscuros asomándose, el sudor entre los senos.

—Hace mucho calor, ¿verdad?

—Sí —dijo él—. Como si el edificio estuviera sudando.

Ella se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared. Marco se quedó de pie, pero luego, sin que ella dijera nada, se sentó frente a ella, a un metro escaso. El silencio se llenó de respiraciones. De afuera llegaba el ruido de la camioneta, el chofer silbando, el traqueteo de un mueble al subir.

—¿Sabes? —dijo ella—, a veces me siento muy sola en este pedazo de mundo.

Marco no respondió. Solo la miró. Ella le sostuvo la mirada. Y entonces, sin decir palabra, doña Lety se acercó. Arrastró las nalgas por el piso, despacio, hasta quedar frente a frente con él. Le puso una mano en la rodilla.

—No soy ninguna santa —susurró—. Y tú tampoco lo pareces.

Él no se movió. Ella subió la mano por el muslo, lento, como si midiera la temperatura. Luego, con dos dedos, le tocó la entrepierna. No apretó, solo rozó. Pero fue suficiente. Marco sintió que la verga se le hinchaba, se le endurecía contra el pantalón.

—¿Te gusta? —preguntó ella, bajito.

—Me gusta —dijo él, sin mentir.

Doña Lety sonrió. Se puso de rodillas, frente a él. Le desabrochó el cinturón con manos seguras, como si lo hubiera hecho mil veces. Le bajó el pantalón y los calzones de un tirón. La verga le saltó afuera, dura, gruesa, con una gota de líquido en la punta.

—Ay, mi Dios —dijo ella—. Qué buena verga tienes.

Y sin más, se la metió a la boca.

Marco cerró los ojos. La boca de doña Lety era caliente, húmeda, con un sabor a cigarro y miel. Le chupó el tronco con ganas, con lengua, con dientes suaves. Le mordió la base, le lamió los huevos. Él le puso las manos en la cabeza, sin forzar, solo para sentir el pelo, corto, negro, con algunas canas que brillaban bajo la luz del sol que entraba por la ventana.

—Así, así… —murmuró él.

Ella se detuvo un momento, se quitó la blusa. Los senos le colgaron libres, pesados, con las tetillas grandes y oscuras. Se los acarició con una mano mientras con la otra le seguía masturbando la verga.

—¿Quieres chupármelos? —preguntó.

Marco asintió. Se inclinó, le tomó un seno con la boca, le chupó la tetilla con fuerza. Ella gemía bajito, como si no quisiera que nadie la oyera. Pero no había nadie. Solo ellos, el departamento vacío, el eco de la ciudad lejana.

—Vamos al cuarto —dijo ella—. Aunque ya no tengo cama.

Entraron al cuarto. En el suelo había una manta, puesta ahí como por casualidad. Doña Lety se acostó encima. Abrió las piernas. Llevaba una tanga negra, apenas un hilo. Marco se arrodilló entre sus piernas. Le bajó la tanga. El vello del pubis era negro, espeso, con un brillo húmedo.

—Chíngame —dijo ella—. Aquí, en el suelo, como si fuera la primera vez.

Él se puso de pie, se quitó todo. La verga le palpitaba. Se acercó, se arrodilló otra vez, le separó más las piernas. Le pasó la punta por la rajita, mojada, caliente.

—¿Así? —preguntó.

—Sí, mi amor. Así. Mete esa verga.

Marco empujó. Entró lento, con cuidado. Ella gritó un poco, no de dolor, sino de placer, como si se hubiera olvidado cómo se sentía. Una verga de verdad, adentro, llena, hasta el fondo.

—Ay, qué rico —dijo ella—. Qué verga tan buena.

Él empezó a moverse. Poco a poco, con ritmo. Ella le agarró las nalgas, le clavó las uñas. Le decía cosas al oído: “más fuerte”, “no pares”, “cógeme como si me odiaras”. Él la cogió con ganas, con furia contenida, con el sudor cayéndole de la frente a los senos de ella.

El cuarto se llenó de ruidos: jadeos, el chocar de cuerpos, el crujido de la manta. Afuera, el chofer seguía silbando, ajeno a todo. Doña Lety gritó al venirse, fuerte, con las piernas temblando. Marco aguantó, quería más.

Se salió, la dio vuelta. La puso a cuatro patas. Le tomó las nalgas con las dos manos, las separó. Le metió la verga por detrás, lento al principio, luego con fuerza. Ella gemía, se empujaba hacia atrás, pidiendo más.

—Sí, sí, cógeme por el culo, mi amor —dijo.

Él no se detuvo. Le chingó el ano con los dedos, con saliva, con paciencia. Luego, con la verga mojada de su propia humedad, empujó. Entró a medias. Ella gritó, pero no dijo que parara. Al contrario, le pidió más.

Cuando Marco se vino, fue dentro de ella, por el culo, con un gruñido ronco. Se quedó un momento adentro, respirando fuerte, antes de salir despacio.

Se dejó caer al lado de ella. Estaban sudados, jadeantes, con el olor del sexo flotando en el aire.

—Gracias —dijo doña Lety, sin mirarlo.

—No, gracias a ti —respondió él.

Se quedaron así un rato, en silencio. Luego, ella se levantó, se puso la tanga, se arregló el pelo. Marco se vistió. Nadie dijo nada más. Solo se miraron al salir.

En la puerta, doña Lety le puso una mano en el pecho.

—Esto se queda aquí, ¿verdad?

—Aquí se queda —dijo él.

Y se fue. Pero al bajar las escaleras, Marco supo que no olvidaría nunca el calor de ese departamento vacío, ni el sabor de los senos de doña Lety, ni el modo en que le dijo “cógeme como si me odiaras”.

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Confesiones