La mudanza de al lado
Vos no sabés cómo me quedé cuando te vi aparecer con esa caja en las manos, sudada la frente, el pelo oscuro pegado a la sien, los muslos tensos bajo el short de jean que apenas tapaba lo justo. Yo estaba en mi ventana, fumando un cigarrillo, mirando cómo el camión de mudanzas se vaciaba en el departamento de al lado. Y entonces apareciste vos. Alta, morena, con esa mirada de desafío que no necesita hablar para decir *acá mando yo*.
No te saludé. Solo te miré. Y vos, en vez de desviar la vista como cualquiera haría, me sostuviste la mirada. Como si me estuvieras midiendo. Como si ya supieras que ibas a ganar.
Pasaron dos días. Yo te veía entrar y salir, siempre con prisa, siempre con esa energía que te sobresale por todos lados. Hasta que el sábado, a la noche, escuché el golpe seco de algo que se caía al piso de tu lado del muro. Después, un gemido. No de dolor. De fastidio. Y entonces, sin pensarlo, salí al pasillo.
—¿Necesitás ayuda?
Vos abriste la puerta con el ceño fruncido, pero al verme, sonreíste apenas.
—¿Vos sos el vecino del ruido?
—El mismo.
—Ah. El que toca música a las dos de la mañana.
—Hoy no toqué.
—Hoy no. Pero ayer sí.
Hubo un silencio. Denso. Cargado. Vos tenías una camiseta corta, negra, sin sostén, y yo veía cómo se te marcaban los pezones con cada respiración. No me escondí. Te miré todo. Y vos no te tapaste.
—¿Vas a ayudarme o te vas a quedar ahí mirando?
Entré. El departamento era un desastre. Cajas por todas partes, muebles sin armar, sábanas tiradas en el suelo.
—¿Qué se te cayó?
—Un espejo. De cuerpo entero. Pesaba una puta fortuna.
—¿Dónde estaba?
—En el cuarto.
Fuimos juntos. Y en ese momento, no sé por qué, pero sentí que algo cambiaba. Como si el aire se espesara. El cuarto era amplio, con una cama desarmada en el suelo. Vos agachaste para levantar el espejo, y el short se tensó contra tu culo. Redondo, prieto, con esa hendidura que se marca cuando te agachás. No pude evitarlo. Me paré atrás tuyo.
—Dejame a mí.
Vos te paraste despacio, sin darte vuelta.
—Como si no supiera que estabas mirando.
No dije nada. Solo pasé al lado tuyo, agarré el espejo y lo levanté. Pero cuando me di vuelta, vos estabas justo ahí. A un palmo. Olías a sudor leve, a perfume oscuro, a piel caliente.
—Gracias —dijiste, pero no te moviste.
Yo tampoco.
—De nada —dije, y mi voz sonó más ronca de lo que quería.
Entonces vos alargaste la mano, me tocaste el pecho con una uña negra, y dijiste:
—¿Siempre sos así de callado?
—Solo cuando algo me interesa.
—¿Y yo te intereso?
—Claro que sí.
No fue un beso rápido. Fue un avasallamiento. Vos te acercaste, yo te agarré de la cintura, y cuando tus labios tocaron los míos, fue como si lleváramos años esperando ese momento. Tu lengua entró en mi boca con autoridad, sin pedir permiso. Me mordiste el labio inferior, y yo te agarré del pelo con fuerza, te jalé hacia atrás.
—No me muerdas si no querés que te responda —te dije al oído.
—Claro que quiero que respondas —dijiste, y te reíste.
Te agarré del short, te lo bajé de un tirón. No tenías ropa interior. Tu concha era oscura, húmeda, con un triángulo de vello que se marcaba justo donde el muslo se une al pubis. Me arrodillé.
—¿Qué hacés? —preguntaste, pero ya sabías.
—Lo que quiero.
Te abrí con los dedos, te olí, y antes de que pudieras decir algo, te metí la lengua. Gemiste fuerte. No te contuviste.
—Sí, así, meteme toda la lengua —dijiste, y me agarraste del pelo.
Yo te chupé como si fuera la última vez. Profundo, lento, con ganas. Te mordí el clítoris, suave al principio, después más fuerte. Sentí cómo se te tensaban las piernas, cómo te corrías en mi boca.
—Pará, pará —dijiste, pero no me apartaste.
Me levanté. Vos me miraste con los ojos brillantes.
—Ahora vos —dijiste, y me desabrochaste el pantalón. Me lo bajaste con la misma fuerza con que te habías bajado el short. Mi pija saltó afuera, dura, hinchada.
—Qué buena pija tenés —dijiste, y me la agarraste.
No te contentaste con agarrarla. Te arrodillaste vos. Me la metiste en la boca entera, hasta el fondo. No te ahogaste. La manejaste como si la conocieras de siempre. Subías y bajabas, con la boca apretada, la lengua girando en la punta.
—Che, si seguís así, me corro ya —te dije, y te agarré de la cabeza.
Vos te paraste, me miraste, y dijiste:
—Entonces cogé.
No necesité más. Te agarré de la cintura, te di vuelta, te puse contra la pared. Me abrí paso entre tus nalgas, encontré tu concha, y de un solo empujón, entré.
—¡Ahh! —gritaste.
—¿Te gusta? —te pregunté, sin salir.
—Sí, pero más fuerte.
Y entonces empecé. Cada embestida te hacía gemir más fuerte. Te agarré del pelo, te tiré la cabeza para atrás, y seguí. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó el cuarto. Tu espalda sudaba contra mi pecho.
—Dame tu mano —te dije.
Vos me la diste. Yo te la llevé a la boca, te mordí un dedo.
—¿Querés que te corras así? —te pregunté.
—Sí, pero no pares.
Y no paré. Sentí cómo se te tensaba el cuerpo, cómo gritabas mi nombre aunque ni siquiera te lo había dicho.
—¡Me corro! —gritaste.
Y en ese momento, yo salí, me agarré la pija, y me corrí sobre tu espalda, sobre tu culo, sobre tu pelo.
Nos quedamos así un rato, sin hablar. Después vos te dijiste vuelta, me miraste, y dijiste:
—Mañana empiezo a trabajar.
—Yo también.
—Pero esta noche…
—Esta noche no terminó —dije, y te besé otra vez.
Y no terminó. Porque a la madrugada, cuando ya todo estaba en silencio, te escuché moverte. Abrí los ojos. Vos estabas parada al lado de la cama, desnuda, mirándome.
—Vení —dijiste.
Y yo fui.
Porque con vos, no había vuelta atrás.
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