La mudanza de al lado

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche entraba fría por la ventana abierta del departamento 3B, pero él no se molestó en cerrarla. El aire oscuro del mediodía porteño traía un olor a lluvia retrasada, a asfalto mojado y a deseo que se acumulaba en el silencio. Víctor, de pie junto al marco de madera gastada, fumaba un cigarrillo con la mirada clavada en el pasillo. Sabía que ella estaba ahí, al otro lado del tabique, desarmando cajas, abriendo puertas de placard, descubriendo rincones. La había visto apenas unas horas antes, cuando la ayudó a bajar una cómoda desde el camión. Vos tenés un culo que no se justifica, había pensado, pero no lo dijo. Solo le sostuvo la mirada un segundo más de lo normal, y ella bajó los ojos con una sonrisa que no alcanzó a disimular.

Eran las once. La luz del pasillo se apagó, y entonces sonó el timbre. Él abrió sin preguntar.

—Perdoname, no tengo luz en el baño —dijo ella, con una vela encendida en la mano. Llevaba una remera corta, deshilachada, y un short de jean que dejaba ver la línea oscura de sus muslos. El pelo, castaño y desordenado, le caía sobre un hombro.

—Pasá —dijo Víctor, y le hizo lugar.

Ella entró. No dijo nada más. Él cerró la puerta con llave, despacio, sin apuro.

—¿Querés un vino? —preguntó, aunque ya sabía que no lo iba a tomar.

Ella negó con la cabeza.

—Quiero que me toques.

No hubo sorpresa en su voz, ni en la de él cuando respondió:

—Vení.

La tomó de la cintura, lento, como si midiera el tiempo entre un latido y otro. Sus dedos se hundieron en la piel de su espalda baja, justo donde el short dejaba al descubierto un triángulo de piel. Ella cerró los ojos.

—Mirame —ordenó él.

Ella abrió los ojos. Y entonces la besó. No fue un beso dulce, ni romántico. Fue hondo, con lengua, con dientes, con hambre. Ella respondió igual, aferrándose a su camisa, tironeándola, queriendo desnudarlo allí mismo, en el medio del living.

Él la empujó suave contra la pared. Le levantó la remera con una sola mano.

—Qué linda que sos —dijo, y le pasó la palma por el vientre, subiendo.

Ella arqueó la espalda cuando le tocó los pechos. Eran firmes, con los pezones duros bajo el encaje del corpi. Él se los pellizcó, suave al principio, después con más fuerza.

—Decime si te gusta —pidió.

—Me gusta cuando sos bruto —respondió ella, con la voz entrecortada.

Entonces él le bajó el short. Ella se dejó, temblando apenas. Debajo no llevaba nada.

—Qué concha más linda —dijo él, arrodillándose.

Le separó los muslos con las manos y hundió la cara. Ella gritó, corto, agudo. Él no paró. Lamía, mordía, chupaba. Le metió dos dedos de golpe, y ella se quebró.

—Pará… pará… —pidió, pero no empujó. Solo se aferró a su cabeza.

Él se levantó. Se sacó la camisa, los pantalones. Su pija estaba dura, gruesa, palpitante.

—Quiero que me coger —dijo ella, mirándola.

—Decilo bien —pidió él.

—Quiero que me garches —dijo ella, sin bajar los ojos.

Él sonrió. La tomó en brazos, la llevó al cuarto. La acostó boca abajo, le separó las nalgas y le metió la lengua al culo. Ella se retorció, pidiendo más.

—Ya, por favor —rogó.

Él se puso de rodillas entre sus piernas. Le alineó la punta con la entrada y empujó despacio.

—Dios… —gimió ella, cuando lo sintió adentro.

Él no se movió. Dejó que se acostumbrara. Luego, empezó a salir y entrar, lento, profundo. Cada embestida le sacaba un gemido nuevo.

—Más fuerte —pidió ella.

Él obedeció. Le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás.

—Decime quién te está follando —dijo.

—Vos… vos me estás follando —respondió ella, con lágrimas en los ojos.

Y así siguió, hasta que los dos sudaron, hasta que los gemidos se convirtieron en gritos, hasta que él sintió que se venía.

—Decime que es tuyo —pidió.

—Es mío —dijo ella—. Todo tuyo.

Él se corrió adentro, con un gruñido ronco. Se dejó caer sobre ella, respirando fuerte.

Quedaron así, quietos, pegados, sin hablar. Afuera, la lluvia empezó a caer.

—Mañana —dijo él— voy a venir a ayudarte con las cajas.

Ella sonrió.

—No hace falta. Ya encontré lo que buscaba.

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