La mudanza

@el_forastero ·25 de mayo de 2026 · ★ 4.5 (10) · 1358 lecturas

Era como las seis de la tarde cuando bajé el último cajón de la camioneta, con la espalda rajada y el polvo del camino pegado en la piel. Había vivido tres días mudando mis cosas desde el D.F., y el calor de Guadalajara me recibió como un abrazo húmedo y pesado. El edificio era viejo, de esos con rejas de hierro forjado y portón de madera que crujía como alma en pena. Mi departamento quedaba al fondo del pasillo, junto al lavadero comunitario.

Ella salió del cuarto de al lado justo cuando dejaba el cajón en el piso. Una vecina. Alta, morena, con un vestido corto que le marcaba las nalgas prietas y una cadera ancha que se movía como si ya supiera lo que quería. Me miró de arriba abajo, sin vergüenza, y sonrió con los labios rojos y brillantes.

—Uy, vecinito, ¿y cómo te fue cargando tantas cosas? —dijo, con esa voz que te entra por la oreja como si ya te conociera.

—Pesado, chula —le respondí, limpiándome el sudor de la frente—. Pero ya casi termino.

—¿Y ya te instalaste todo?

—Falta lo del cuarto. Pero primero necesito una chela.

—Ay, pues qué bueno que digas eso —me sonrió—. Justo tengo una fría en mi nevera. ¿Te ofrezco una?

No me lo pensé dos veces. Asentí y la seguí. Su departamento olía a incienso y a algo dulce, tal vez vainilla. Me senté en el sofá, con la espalda aún adolorida, mientras ella abría la nevera y sacaba dos cervezas. Me pasó una, y al tomarla nuestros dedos se rozaron. Ella no quitó la mano rápido. Me miró fijo, con esos ojos oscuros que no piden permiso.

—Sabes que no tienes que mudar solo, ¿verdad? —dijo bajito—. Yo puedo ayudarte. A cambio de algo…

—¿De qué? —pregunté, aunque ya sabía.

—De que me muestres lo que escondes en ese pantalón tan ajustado.

No dije nada. Solo me reí, pero el corazón me latía fuerte. Ella dio un sorbo lento a su cerveza, dejó el vaso en la mesa, y se paró frente a mí. Con una sola mano, se desabrochó el vestido. Lo dejó caer al suelo, despacio, como si cada segundo fuera un regalo. Quedó en brasier negro y bragas delgadas, casi transparentes. Tenía los pechos grandes, parados, con los pezones duros como si ya supieran lo que venía.

Me miró, se agachó frente a mí, y sin decir palabra me quitó la cerveza de la mano. Luego, con cuidado, me desabrochó el cinto. Me bajó el pantalón y los calzones de un solo jalón. Mi verga saltó libre, dura, hinchada. Ella la tomó con una mano suave, pero firme, y la acarició de arriba abajo, despacio, como si estuviera midiendo lo que iba a tragar.

—Uy, sí que estás listo —dijo, y se inclinó.

Sentí su boca caliente alrededor de mi verga. Primero solo la punta, luego toda, hasta el fondo. Su lengua giraba, succionaba, mordía suave el frenillo. Yo gemía, con las manos en su pelo negro y grueso. Ella no se detenía, se movía como si llevara años practicando. Subía, bajaba, se detenía justo antes de que me corriera, y luego volvía a empezar.

—No te vayas a venir aún, chulo —me dijo, separándose un momento—. Aún no te he enseñado todo.

Se paró, se quitó el brasier, y luego las bragas. Quedó desnuda, con el cuerpo moreno, las nalgas redondas, el culo prieto como una pelota de fut. Se subió al sillón, abrió las piernas, y me mostró su coño húmedo, con el clítoris asomándose entre los pliegues.

—Ven, coge —dijo—. Pero despacio. Quiero sentir cada centímetro.

Me paré, me paré frente a ella, y sin más le metí la verga de un solo empujón. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer. Su coño me apretaba como un puño caliente. Comencé a moverme, despacio al principio, luego más fuerte, más hondo. Ella gemía, me jalaba de las nalgas, me pedía más.

—Así, así, cabrón —decía—. Métela toda, no te guardes.

Yo no me guardé. Le di duro, con empujones largos y profundos. Ella levantaba las piernas, me las ponía en los hombros, me dejaba entrar más. Su coño chorreaba, me mojaba las pelotas, el pubis, todo. El sonido de la carne chocando llenaba el cuarto.

—¿Te gusta? —le pregunté, jadeando—. ¿Te gusta cómo te chingo?

—Sí, cabrón —respondió—. Así, como un hombre.

Entonces se paró, me jaló del brazo, y me llevó al cuarto. Me empujó sobre la cama, y sin más se subió encima. Se sentó sobre mi verga, despacio, dejándome entrar completo. Luego empezó a moverse, arriba y abajo, con las tetas bailándole, el culo apretándose con cada bajada.

—Tómame las tetas —me dijo—. Apriétame los pezones.

Lo hice. Le tomé los senos grandes, los apreté, se los mordí mientras ella se mecía sobre mí. Su coño me exprimía, se contraía con cada movimiento. Yo ya no aguantaba. Sentía el orgasmo subiendo desde los huevos, caliente, urgente.

—Voy a venirme —le dije.

—Pues córrete —me dijo—. Dentro. Quiero sentirlo.

Y así lo hice. Con un gemido largo, le solté todo adentro. Sentí cómo mi verga palpitaba, cómo el semen le llenaba el coño. Ella no se movió, se quedó quieta, con los ojos cerrados, disfrutando cada chorrito.

Cuando terminé, se dejó caer sobre mí, jadeando, sudada, feliz.

—Qué rico te viniste —dijo—. Y qué buena verga tienes, vecinito.

Nos quedamos así un rato, abrazados, sudados, con el olor del sexo en el aire. Luego se levantó, se puso una bata, y me ofreció otra cerveza.

—Mañana —dijo—, te ayudo con lo del cuarto. Pero a cambio, me vuelves a coger.

—Trato hecho —le dije.

Y así fue como empecé mi nueva vida en Guadalajara: con una mudanza, una vecina caliente, y una verga que no iba a descansar.

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