La mudanza

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Fue un viernes de mayo cuando lo conocí, con las nubes bajas sobre la ciudad y el aire espeso de humedad. Yo estaba en el tercer piso del edificio viejo de la avenida Juárez, subiendo cajas de libros con las manos sudadas y la espalda quejándose. No tenía ayuda contratada, solo mi voluntad y la promesa de un apartamento más amplio, con luz de tarde y ventanas que no chirriaran al abrirse.

Él apareció en el pasillo con una camiseta gris ajustada, el pelo oscuro un poco largo, los ojos claros como si hubieran tomado pedazos del cielo antes de que se cerrara. Llevaba una caja de herramientas bajo el brazo y me miró con una sonrisa tímida.

—¿Necesitas una mano? Soy Lucas, del apartamento de al lado. Vi que estabas mudándote sola y… bueno, no es justo que cargues todo eso tú sola.

No dije mucho al principio. Solo asentí, agradecí con un “sí, por favor” que salió casi en un susurro. Me ayudó a subir las cajas pesadas, las que tenían mis libros de literatura y los discos de vinilo que tanto cuido. Mientras subíamos, hablamos de cosas simples: el calor, el edificio, la vecina del primero que siempre se queja del ruido. Pero cada palabra suya me sonaba distinta, como si no solo hablara, sino rozara.

Cuando terminamos, me ofreció un vaso de agua. Estaba en mi apartamento, todavía con el cartel de “recién mudada” colgado de una silla. Me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, y él se acomodó a un metro de distancia. No demasiado cerca, pero lo suficiente para que notara cómo el aire cambiaba entre nosotros.

—¿Y qué te trajo aquí? —preguntó.

—Quería empezar de nuevo —dije—. O quizás solo cambiar de escenario. A veces la vida se vuelve pequeña en un lugar.

Me miró con una intensidad que no esperaba. No era descaro, sino atención. Como si de verdad quisiera entenderme.

—Yo también vine por eso —dijo—. Huir de algo que ya no servía.

No dije nada. Solo lo miré. Y en ese silencio, algo se encendió.

Luego de un rato, se ofreció a ayudarme a desempacar la cocina. Mientras sacaba los platos, sus manos rozaron las mías al pasar una taza. Fue breve, casi accidental, pero el contacto me quedó latiendo en la piel. Empecé a notar cómo se movía: el modo en que se pasaba la mano por el pelo cuando se concentraba, cómo se mordía el labio inferior al decidir dónde colocar las cosas. Pequeños gestos que, en otro momento, habrían pasado desapercibidos.

Cuando terminamos con la cocina, me dijo:

—¿Y ahora qué sigue?

—El cuarto —respondí—. Pero no tengo camas todavía. Solo un colchón en el suelo.

—Entonces es mejor que lo arme rápido —dijo, con media sonrisa—. No quiero que duermas mal por mi culpa.

Fuimos al cuarto. El colchón estaba allí, desnudo, con la funda de almohada todavía en la bolsa. Traje el armazón de metal que había comprado, y entre los dos lo armamos. Mientras trabajábamos, sudando un poco por el esfuerzo, nuestras manos volvieron a rozarse. Esta vez, no fue casual. Sus dedos se deslizaron sobre los míos un segundo más de lo necesario.

Y entonces, sin decir nada, se detuvo. Me miró.

Yo también lo miré.

No hubo palabras. Solo un paso. El mío. Avancé despacio, con el corazón golpeándome el pecho, y puse una mano en su pecho. Sentí el calor, el latido bajo la tela. Él cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no había dudas.

Me tomó por la cintura, suave pero firme, y me acercó a él. Su boca encontró la mía con una lentitud que me hizo estremecer. No fue un beso apresurado, sino uno que exploraba. Sus labios eran cálidos, húmedos, y su lengua entró en mi boca como si ya conociera el camino. Gemí, bajito, y él respondió con un suspiro que vibró contra mi piel.

Empezó a desabrocharme la blusa. Botón a botón, sin prisa. Cada vez que descubría un pedazo nuevo de piel, lo besaba. El cuello, los hombros, la clavícula. Cuando llegó al sujetador, lo desabrochó con una mano mientras con la otra me sostenía la nuca. Sus dedos recorrieron mi espalda, trazaron líneas invisibles que me encendieron.

Me sentó en el colchón y se arrodilló frente a mí. Me quitó los zapatos, luego los calcetines, y subió las manos por mis piernas, despacio, como si memorizara cada centímetro. Cuando llegó a la cintura del pantalón, me miró otra vez, pidiendo permiso con los ojos.

Asentí.

Desabrochó el botón, bajó la cremallera, y me desvistió con una lentitud que me volvió loca. Quedé en ropa interior, y él se tomó su tiempo para mirarme. No con lujuria cruda, sino con deseo contenido, como si quisiera recordar cada detalle.

Se quitó la camiseta. Su torso era fuerte, marcado por el trabajo, con un vello oscuro que bajaba desde el pecho. Me acerqué, puse mis manos allí, y sentí el calor de su piel bajo mis palmas. Lo besé en el pecho, luego en el cuello. Él gimió.

Me tumbó sobre el colchón, y se tendió sobre mí, cuidando de no aplastarme. Su erección se notaba clara contra mi muslo, y yo moví la cadera, buscando más contacto. Él respondió con un gemido ronco.

Me quitó el sostén y tomó un pecho en su boca. Succionó despacio, con la lengua trazando círculos alrededor del pezón. Yo arqueé la espalda, jadeando. Luego pasó al otro, y yo gemí su nombre.

—Lucas…

Él sonrió contra mi piel.

Siguió bajando. Me quitó las bragas, lentamente, y se detuvo a besar el interior de mis muslos. Sentí su aliento cerca, y el deseo me quemó. Cuando por fin puso la boca allí, grité.

Fue un placer lento, profundo. Su lengua me exploró con paciencia, con cariño. Me llevó al borde, me dejó caer, y volvió a empezar. No buscaba solo hacerme llegar, quería que sintiera cada segundo. Y lo hice. Cada lamida, cada roce, fue una promesa.

Cuando me sentí cerca del límite, me detuvo.

—Quiero verte —dijo—. Quiero verte cuando llegues.

Se desnudó del todo. Su cuerpo era hermoso, fuerte, con una cicatriz pequeña en el costado que no pregunté de dónde venía. No importaba. Lo único que importaba era que estaba allí, conmigo.

Se colocó entre mis piernas, me miró a los ojos, y entró despacio.

Fue un segundo de plenitud absoluta. Lo sentí todo: el calor, la profundidad, el ritmo. Empezó a moverse con cuidado, mirándome, buscando mi placer más que el suyo. Pero yo quería más. Le pasé las manos por la espalda, lo atraje más, y le dije al oído:

—Más fuerte.

Y él obedeció.

El ritmo aumentó, los gemidos se mezclaron, y el cuarto se llenó de calor y sudor. Cuando llegué, fue con su nombre en la boca y las uñas clavadas en su espalda. Él no tardó en seguirme, con un gemido ronco que vibró en todo mi cuerpo.

Nos quedamos quietos, sudorosos, con el corazón latiendo al mismo ritmo.

No dijimos nada. No hacía falta.

Solo nos abrazamos, allí, en el colchón desnudo, mientras el sol se escondía tras las cortinas sin cerrar.

Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí en casa.

También en: RománticoPrimera vez

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Hetero