La masajista de mi tío

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo así me fuera a pasar, la verdad. Si me hubieran dicho hace seis meses que iba a terminar mordiéndole el cuello a una trans mientras me masajeaba el culo con aceite de coco, me hubiera partido de la risa. Pero la vida, paisa, te da vueltas que ni en novela. Y esta historia, aunque suene loca, pasó así, tal cual, en Medellín, en esa casa de estrato medio del Poblado donde mi tío me dejó quedarme mientras buscaba trabajo.

Yo, de nombre real Carlos, pero todos me dicen Carlitos o Carlín, soy de Pereira, y por más que me crié en una familia conservadora, nunca me juzgué a nadie. Pero tampoco es que me hubiera pasado por la mente meterme con alguien trans. Hasta que llegó Yira.

Yira era la masajista que mi tío llamaba cada quince días para aliviarle las lumbalgias. Una mujer alta, prieta, con curvas que parecían moldeadas por Dios con ganas de pecar, y una voz grave que te entraba por la oreja y te bajaba directo al pito. La primera vez que la vi, pensé: *Este hombre está jodido*. Pero no por mí, sino por el tío, que con sesenta años encima todavía se paraba derecho cuando ella pasaba por la sala.

—¿Y este quién es? —me preguntó Yira la segunda vez que vino, señalándome con una sonrisa torcida mientras dejaba el bolso en la mesa.

—Es mi sobrino —dijo el tío—. Está sin trabajo, pero no se preocupe, es bien respetuoso.

—Claro, mijo —dijo ella, mirándome de arriba abajo como si me midiera el calibre con los ojos—. Mientras no se me quede viendo el culo, todo bien.

No pude evitar reírme. Y desde ese día, cada vez que venía, había un juego raro entre nosotros. Yo fingía que leía en el sillón de afuera, ella entraba con su música, su aceite, sus movimientos lentos y sensuales. Y yo, sin querer, le echaba ojo a cómo se le ajustaba el elástico del pantalón en las nalgas, cómo se le marcaba el tajo bajo la ropa, cómo se mordía el labio cuando se concentraba.

Una tarde, el tío se fue a la ciudad a una cita con el médico y me dejó solo. Yira llegó puntual, como siempre. Pero esta vez, cuando entró, traía una bolsa más grande.

—¿Y el viejo? —preguntó.

—Se fue al médico, no vuelve en un par de horas.

Ella cerró la puerta despacio, sin prisa, y dejó el bolso en la mesa. Me miró con esa mirada de *ya sabes lo que pasa*, pero sin decir nada. Yo me quedé sentado, nervioso, el corazón latiéndome como si fuera a correr una maratón.

—¿Tú tienes tensión en la espalda, Carlín? —me preguntó, acercándose.

—Pues… un poco, sí —mentí. Pero la verdad era que desde que ella llegó, todo mi cuerpo estaba tenso.

—Déjame ver —dijo, y sin más, me levantó la camiseta.

Sus manos eran cálidas, fuertes. Empezó a presionarme los hombros, y al primer roce, sentí un calambre que me bajó hasta el pito. Me quedé tieso, pero no me aparté. Ella, con voz baja, casi susurrando, dijo:

—Estás más tenso que un cable, mijo. ¿De qué? ¿Del trabajo? ¿De la soltería?

—De… de muchas cosas —balbuceé.

—¿Te gusta que te toquen? —preguntó, sin dejar de masajear.

—Pues… depende quién —respondí, y por primera vez la miré a los ojos.

Ella sonrió. Y en ese momento, algo cambió. Como si hubiéramos firmado un pacto sin palabras. Bajó las manos hasta mi cintura, me desabrochó el pantalón con una sola mano, y dijo:

—Quítate todo. Vamos a relajarte bien.

No dudé. Me saqué los zapatos, los calcetines, el pantalón, los calzoncillos. Quedé desnudo frente a ella, el pito parado como una vara, mirándola fijo. Ella, tranquila, se quitó los tacones, se desabrochó la blusa, y dejó al descubierto un sostén negro que apenas contenía sus tetas grandes, naturales, con pezones oscuros que se le marcaban. Luego, se bajó el pantalón. Y ahí lo vi: el tajo, bien marcado, pero también el bulto bajo la ropa interior. No fue vergüenza, fue excitación pura.

—¿Te da miedo? —preguntó.

—No —dije—. Me da curiosidad.

Ella sonrió. Se bajó la ropa interior. Y ahí estaba: una verga delgada, de unos diez centímetros, tiesa, con una gota de líquido preseminal en la punta. No era como la mía, pero me pareció hermosa. Como si fuera parte de ella, perfecta.

—¿Puedo…? —pregunté, extendiendo la mano.

—Claro, mijo. Pero despacio.

Toqué. Era suave, caliente. Ella cerró los ojos, suspiró. Luego, me empujó suavemente al sillón y se subió encima, a horcajadas. Me sentí dentro de ella sin siquiera ver cómo lo hacía. Solo sentí el calor, la humedad, el apretón. Grité. Ella también.

—¿Rico, no? —dijo, moviéndose despacio.

—Chimba —dije yo, sin aliento—. Esto es chimba.

Empezó a moverse más rápido, agarrándose de mis hombros, mordiéndome el cuello. Yo le agarré las tetas, le pellizqué los pezones, le metí una mano entre las nalgas. Ella gemía, y sus gemidos eran graves, profundos, como si vinieran del fondo de un pozo. De repente, se inclinó y me tomó el pito con la boca. Me lo chupó entero, sin asco, como si lo hubiera hecho toda la vida. Me corrí rápido, no pude aguantar. Me llenó la boca, y ella tragó, lenta, mirándome a los ojos.

—Ahora te toca a ti —dijo.

Y yo, sin pensarlo, me puse de rodillas frente a ella. Le besé el culo, primero, luego bajé hasta el tajo, le lamí alrededor, y al final, le tomé la verga con la boca. Era distinta, sí, pero sabía rico, a sal, a sudor, a mujer. Ella gritó, se corrió en mi boca, y yo lo tomé todo, como si fuera un premio.

Después, nos quedamos abrazados en el sillón, desnudos, sudorosos, sin hablar. Hasta que ella dijo:

—¿Y ahora qué?

—Ahora… que no sé si podré mirarte igual cuando vengas a masajear al tío.

Ella se rió, me besó en la boca, y dijo:

—Pues mejor que no, porque yo no vengo solo por él.

Y así fue. Desde ese día, cada vez que el tío salía, Yira venía a “masajearme” a mí. Y yo, que nunca supe lo que era desear a alguien así, ahora no puedo dormir sin soñar con su boca, con su culo, con su pito entre mis labios. Porque la chimba, paisa, no es lo que uno espera. Es lo que uno descubre. Y yo, descubrí que el placer no tiene género. Tiene nombre: Yira.

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