La marca del látigo en la piel
Nunca pensé que terminaría así, arrodillada en el suelo frío de un cuarto sin ventanas, con las muñecas atadas a la espalda por una cuerda gruesa que me cortaba la piel, el culo expuesto al aire y el corazón latiendo como si fuera a estallar. Pero ahí estaba yo, con la frente pegada al piso, respirando el olor a cuero, sudor y desinfectante barato. Y no por primera vez, no por casualidad. Yo había venido a buscar esto. Lo necesitaba como otros necesitan oxígeno. Necesitaba que me doblegaran. Que me marcaran. Que me hicieran gritar su nombre como una puta en celo.
Su nombre era Darío. Lo conocí en un foro de dominación, uno de esos sitios oscuros donde no se juega con palabras bonitas. No hubo citas, no hubo cafés, no hubo “conócete primero”. Él me envió un mensaje directo: *“Si quieres que te azote, ven el viernes a las diez. Trae ropa cómoda. Y no uses ropa interior.”* No pregunté nada. Solo respondí: *“Sí.”*
El viernes llegué temblando. No de miedo, no del todo. Era anticipación. Pura, caliente, hirviente. Me abrió la puerta de un departamento en el centro, oscuro, con luces rojas y paredes cubiertas de cuero negro. Él era alto, moreno, con el pelo corto y una barba de tres días que le daba un aire de peligro contenido. Vestía un pantalón de cuero negro y una camisa abierta que mostraba un pecho ancho, velludo, con un tatuaje que decía *“Obedece”* en el esternón.
—¿Trajiste lo que te dije? —preguntó, con voz grave, como si ya supiera la respuesta.
—Sí —dije, con la voz quebrada.
—Enséñame.
Me bajé los pantalones. No llevaba bragas. Él me miró el coño depilado, húmedo, y sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un depredador que acaba de ver a su presa.
—Buen comienzo —dijo—. Ahora, arrodilla.
Lo hice. Me arrodillé frente a él, con las rodillas sobre una alfombra áspera. Me ordenó poner las manos detrás de la espalda. Sacó una cuerda de cuero trenzado y me ató las muñecas con nudos fuertes, precisos. No me lastimó, pero sentí el poder en cada vuelta de cuerda. Me dio una nalgada fuerte, seca, que me hizo gritar. El sonido rebotó en las paredes.
—¿Te duele?
—Sí —jadeé.
—¿Quieres que pare?
—No —dije, con los ojos cerrados—. Por favor, no pares.
Se acercó, me agarró del pelo y me obligó a levantar la cara.
—No digas “por favor” otra vez. No eres una mendiga. Eres mi puta. Y las putas no piden permiso. ¿Entendido?
—Sí, mi dueño.
Sonrió otra vez. Me gustó que lo dijera. *Mi dueño*. Me encendió por dentro. Me dio otra nalgada, más fuerte. Esta vez el dolor me subió por la columna como un rayo. Sentí cómo me mojaba más. El coño me palpitaba, hinchado, caliente.
—¿Quieres el látigo?
—Sí.
—Di por qué.
—Porque quiero sentir tu poder. Porque quiero que me marques. Porque quiero gritar y que nadie me salve.
—Buena puta —dijo.
Sacó un látigo corto, de cuero negro, con puntas finas. Lo hizo restallar en el aire. El sonido me hizo estremecer. Me dio la primera azotaina en el culo. Fue un latigazo seco, rápido, que me dejó una línea roja. Grité. No pude evitarlo.
—Otra —jadeé.
Me dio otra. Y otra. Cada vez más fuerte. Cada vez más rápido. Me azotó el culo, los muslos, la espalda. Sentía el fuego en la piel, el cuerpo ardiendo. Las lágrimas me rodaban por las mejillas, pero no eran de dolor. Eran de liberación. De entrega. De jodida gloria.
—¿Quién te duele? —preguntó, entre azotes.
—Tú —grité.
—¿Quién te posee?
—Tú.
—¿Quién te hace gritar?
—¡Tú, mi dueño!
Me dio un último azote, esta vez en el coño. Fue un latigazo lateral, rápido, que me golpeó el monte de Venus. Grité como si me hubieran roto el alma. Me corrí. Sí, ahí, arrodillada, atada, con el culo en llamas. Me corrí con un orgasmo violento, profundo, que me sacudió desde el útero. Me temblaron las piernas. Me habría caído si no me hubiera agarrado del aire.
Él se acercó, me agarró del pelo otra vez y me obligó a mirarlo.
—No te corras sin permiso —dijo, pero no sonaba enojado. Sonaba… satisfecho.
—Lo siento —jadeé—. No pude evitarlo.
—Lo sé —dijo—. Eres sensible. Buena puta.
Me desató las manos. Me puso de pie. Me empujó contra la pared. Me abrió las piernas con la rodilla. Me agarró del cuello, no fuerte, pero con firmeza. Me miró a los ojos.
—Ahora me vas a chupar la polla. Hasta que te diga que pares. ¿Entendido?
—Sí, mi dueño.
Me arrodillé otra vez. Le desabroché el pantalón. Le bajé el cierre. Le saqué la polla. Era gruesa, larga, con una vena marcada que palpitaba. Olía a sudor, a hombre, a sexo puro. Me la metí en la boca sin dudarlo. La chupé como si fuera la última vez. Le lamí la punta, le mordí suavemente el frenillo, le bajé la piel y le chupé el glande con fuerza. Él gemía. Me agarró del pelo y empezó a joderme la boca. No suave. No tierno. Me la metía hasta el fondo, hasta que me ahogaba. Me salía la polla de la boca con un sonido húmedo y me la volvía a meter. Me escupía en la cara y me la restregaba por los labios.
—Chúpame como si tu vida dependiera de ello —gruñó.
Y lo hice. Chupé como si fuera a morir si no lo hacía bien. Le lamí los huevos, le mordí suavemente los testículos, le chupé el perineo. Le lamí el culo. Le metí la lengua al ano. Quería todo de él. Quería que me usara. Que me destrozara.
—Para —dijo de repente.
Me separó de él. Me levantó. Me puso de espaldas contra la pared. Me abrió las piernas con fuerza.
—Voy a follarte ahora —dijo—. Sin condón. Quiero que sientas cada centímetro.
—Sí —dije—. Por favor, sí.
Me penetró de un solo empujón. Fue brutal. Fue perfecto. Sentí cómo me abría el coño, cómo me llenaba por completo. Me agarró de las caderas y empezó a joderme como si no hubiera un mañana. Fuerte, rápido, profundo. Cada embestida me sacudía el cuerpo. Me mordió el cuello. Me dejó marcas. Me azotó las nalgas mientras me cogía. Grité. Grité su nombre. Grité como una loca.
—¿Quién te está follando? —preguntó, jadeando.
—¡Tú! ¡Tú, mi dueño!
—¿Quién duele en tu coño?
—¡Tú!
—¿Quién te hace correr?
—¡TÚ!
Y me corrí otra vez. Con su polla dentro, con su cuerpo sobre mí, con su voz en mi oído. Fue un orgasmo distinto, más largo, más profundo. Como si me hubiera vaciado por dentro. Él siguió follando. No se corrió. No todavía.
Me cargó como si no pesara nada. Me llevó a una cama de cuero negro. Me puso boca abajo. Me ató las muñecas a la cabecera con esposas de cuero. Me abrió las piernas con correas. Me dejó el culo y el coño expuestos. Sacó un consolador doble, de vidrio negro. Lo calentó con las manos. Me lo metió en el culo despacio, muy despacio. Sentí cómo me abría el esfínter. No dolió. Dolió, pero fue un dolor dulce. Un dolor que quería. Me lo movió con cuidado, mientras me acariciaba el clítoris con los dedos. Me corrí otra vez. Grité. Supliqué. Lloré.
Él se acercó. Me sacó el consolador. Me puso la polla en la entrada del culo.
—¿Quieres esto? —preguntó.
—Sí —dije—. Por favor, sí.
—No digas “por favor”.
—¡Sí, mi dueño! ¡Fóllame el culo!
Me penetró. Fue lento al principio. Un centímetro, luego otro. Me llenó por completo. No me corrió. No grité. Solo gemí. Un gemido largo, profundo, que salía del fondo de mi alma. Me jodió el culo con cuidado, con ritmo, con dominio. Me azotó las nalgas. Me agarró del pelo. Me obligó a mirarlo por el espejo que tenía en la pared.
—Mírate —dijo—. Mírate cómo te uso. Mírate cómo te hago mía.
Y lo hice. Vi mi cara enrojecida, mis ojos brillantes, mis tetas colgando, mi culo abierto por su polla. Vi a una mujer que había encontrado su lugar. No en el mundo, no en la vida. En el deseo. En la sumisión. En la entrega total.
Cuando se corrió, lo hizo dentro de mi culo. Me llenó. Me marcó. Gritó mi nombre. Y yo, en vez de correrme, solo sonreí. Porque supe que había ganado. No él. Yo. Porque yo había pedido todo esto. Porque yo había elegido arrodillarme. Porque yo había dicho *sí* con cada fibra de mi cuerpo.
Me desató. Me abrazó. Me acarició el pelo. Me limpió con una toalla tibia. Me envolvió en una manta de cuero.
—Eres perfecta —dijo.
No respondí. No hacía falta. Lo sabía. No era perfecta. Era real. Era sucia. Era suya. Y eso era mejor que cualquier perfección.
Nos quedamos así, abrazados, en silencio. El olor a sexo llenaba el cuarto. El reloj marcaba las tres de la mañana. No importaba. No había prisa. No había mundo afuera. Solo esto. Solo él. Solo yo.
Y si algún día me preguntan por qué lo hago, por qué me entrego, por qué me dejo azotar, follado, marcado… solo diré una cosa:
Porque así soy yo. Porque así me siento viva. Porque así, y solo así, soy libre.
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