La Maestra y el Alumno — Parte 2
La semana siguiente pasó como un suspiro. Yo, entre clases, correcciones y noches insomnes en las que me masturbaba pensando en la forma en que Sebastián había dicho mi nombre —"Profesora Valentina"— con una mezcla de respeto y deseo que me encendía el alma, no podía dejar de imaginar qué pasaría si un día se atreviera a cruzar la línea. Pero no solo eso: yo también quería cruzarla. Y eso me asustaba. No por moral, no por ética. Sino porque ya no tenía control. Porque cada vez que entraba a clase y lo veía sentado allí, con su camisa un poco desabrochada, sus hombros anchos, sus piernas largas cruzadas bajo el pupitre, sentía que el aire se espesaba. Y el deseo me subía por las piernas como un veneno dulce.
El viernes, después del último periodo, me quedé corrigiendo exámenes en el salón vacío. La lluvia había vuelto. Un aguacero torrencial que oscurecía el cielo y encendía la piel. Apenas eran las cinco, pero ya no se veía nada. Encendí la luz, y justo cuando iba a cerrar la ventana, escuché un golpe suave en la puerta.
—¿Profe? ¿Todavía está ahí?
Era Sebastián. Solo. Mojado. Con el pelo pegado a la frente, la camisa pegada al pecho, los jeans ajustados marcando cada músculo de sus piernas. Llevaba una carpeta bajo el brazo, como si tuviera una excusa.
—¿Se te olvidó algo, Sebastián? —pregunté, intentando sonar tranquila, aunque el corazón me latía como si supiera lo que venía.
—Sí… mi ensayo. Lo dejé aquí después de clase. ¿Puedo pasar a buscarlo?
Asentí, y él entró. Cerró la puerta tras de sí. No sé si fue intencional, pero lo hizo. Y ese pequeño clic fue como un cerrojo en mi voluntad.
—Está sobre tu pupitre —le dije, señalando con la barbilla.
Él fue hacia allá. Se inclinó. Y en ese momento, yo vi cómo se le subía la camisa, cómo se marcaba la línea de sus nalgas prietas, redondas, fuertes. No pude evitarlo. Me mordí el labio. Y él, como si lo hubiera sentido, se detuvo. No tomó el ensayo. Se quedó de espaldas a mí, quieto.
—¿Todo bien, Sebastián?
—No —dijo, sin voltear—. No todo está bien.
Se dio la vuelta lentamente. Me miró. Sus ojos brillaban, no sé si por la lluvia o por lo que estaba a punto de pasar.
—He pensado en usted toda la semana, profe. En cómo me tocó la mano. En cómo me miró. En cómo… se corrió pensando en mí.
Sentí un escalofrío. No de miedo. De excitación pura.
—No sé de qué hablas —mentí.
—Sí lo sabe —dijo, acercándose—. Usted me oyó. Yo escuché cómo jadeaba esa noche, cuando cerró la puerta. Yo me quedé afuera. Escuché todo.
Me quedé helada. No de vergüenza. De deseo. Porque él tenía razón. Y porque ahora, con la lluvia golpeando los cristales, con el salón en penumbras, con su cuerpo avanzando hacia el mío, supe que no iba a detenerlo.
—¿Y qué harías si supieras que tienes razón? —pregunté, desafiante.
—Haría esto —dijo, y me tomó de la cintura.
Sus manos eran grandes, cálidas, firmes. Me atrajo hacia él. Sentí su erección contra mi vientre. Dura. Palpitante. No me moví. No quise. Solo dejé que me besara.
Y cuando sus labios tocaron los míos, fue como si todo el deseo reprimido estallara. Lo besé con hambre, con rabia, con necesidad. Le mordí el labio inferior, le lamí la boca, le metí la lengua como si quisiera devorarlo. Él respondió con fuerza, me levantó de la cintura y me sentó sobre el escritorio. Las carpetas cayeron al suelo. No importó.
—Quiero verlo —dije, con la voz entrecortada.
Él sonrió. Se desabrochó la camisa. Lentamente. Dejó al descubierto un torso joven, marcado, con un leve vello que bajaba desde el pecho hasta el ombligo. Me acerqué y besé cada centímetro. Le mordí un pezón. Él gimió.
—Me gusta que me muerdas, profe —dijo, entre dientes.
Entonces, sin más, me bajó los pantalones. Me los quitó con prisa, con deseo. Y al verme en ropa interior, jadeó.
—Qué bonito culo tienes, Valentina —dijo, y me dio una nalgada fuerte.
Grité. No de dolor. De placer. Me encantó. Y él, al verlo, volvió a hacerlo. Una, dos veces. Hasta que mis nalgas ardían y mi coño chorreaba.
—¿Quieres que te coja, profe? —preguntó, bajándose los pantalones y sacando una verga gruesa, larga, palpitante.
—Sí —dije—. Pero no aquí. En tu pupitre.
Se sonrió. Me tomó de la mano. Me llevó hasta su lugar. Me sentó en la silla. Y entonces, sin más, me penetró.
Grité. Fue fuerte, profundo. Me llenó entera. Sentí cómo su verga me estiraba, cómo me abría, cómo me poseía. Él no se movió al principio. Solo me miró.
—¿Así? —preguntó.
—Más —dije—. Más fuerte.
Y él obedeció.
Me cogió con pasión, con furia, con ganas. Cada embestida me hacía temblar. El pupitre crujía. La lluvia seguía cayendo. Y yo, con las piernas abiertas, los pechos al aire, el pelo mojado, me corrí una, dos veces, sin poder contenerme.
—Sí, Sebastián… sí… lléname… cógeme como si fuera tuya.
Y él, al escuchar eso, se corrió dentro de mí. Con un gemido ronco, profundo, me llenó de leche caliente.
Nos quedamos así, jadeando, sudorosos, abrazados. Como si el mundo hubiera terminado fuera.
—Esto no debió pasar —dije, sin convicción.
—Pero pasó —dijo él, besándome el cuello—. Y va a volver a pasar.
Y yo, aunque sabía que era una locura, solo atiné a sonreír.
Porque ya no quería fingir. Ya no quería esconderme.
Quería que me cogiera otra vez. Y otra. Y otra.
¿Te ha gustado? Valóralo