La maestra y el albañil

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El sol de la tarde aún caía oblicuo sobre las calles de la ciudad, tiñendo los muros de un tono cobrizo, como si la piedra misma respirara calor. En el segundo piso de un edificio antiguo del centro, doña Elena Martínez cerró la ventana del dormitorio con cuidado, ajustando el gozne oxidado que siempre se resistía. A sus cuarenta y tres años, tenía el cuerpo de una mujer que nunca se había rendido al tiempo: espalda recta, caderas anchas pero firmes, senos que aún sostenían su forma bajo la blusa de algodón claro. Sus manos, sin embargo, mostraban el paso de los años: uñas cortas, cutículas trabajadas, venas que serpenteaban bajo una piel que empezaba a delgazarse.

Era viernes. Había terminado de corregir exámenes, y el silencio del departamento la envolvía como un manto. Iba a quitarse los zapatos cuando el timbre sonó. Miró el reloj: cinco y media. El albañil. Se había olvidado por completo.

Abrió la puerta con una sonrisa leve. Allí estaba él: Javier, treinta años tal vez, piel tostada por el sol, camiseta sin mangas pegada al torso por el sudor. Llevaba un casco bajo el brazo y una caja de herramientas en la otra mano. Era alto, de hombros anchos, con una mirada clara y directa, como si no tuviera nada que esconder.

—Buenas tardes, señora Martínez —dijo, con voz grave pero suave—. Vine a revisar el techo del baño. Ayer me dijo que goteaba.

—Pasa, por favor —respondió ella, haciendo un gesto hacia el pasillo—. Y no me digas señora. Me haces sentir vieja. Llámame Elena.

Él asintió, sin sonreír, pero con un brillo en los ojos que no pasó desapercibido. Dejó las herramientas en el suelo del baño y se subió a una escalera de aluminio que ya estaba instalada. Elena se quedó en la puerta, cruzada de brazos, observando. No era solo curiosidad. Había algo en la forma en que Javier se movía: seguro, preciso, como si conociera cada grieta del concreto. Se quitó la camiseta al notar que el calor era insoportable allí arriba. El cuerpo que reveló no era el de un gimnasio, sino el de quien trabaja con las manos: abdomen marcado por el esfuerzo, espalda ancha, brazos fuertes con venas que se dibujaban bajo la piel cuando tensaba los músculos.

Elena no apartó la mirada. No porque quisiera ser descubierta, sino porque no podía. Era como si su cuerpo recordara algo que su mente había enterrado: el deseo simple, sin complicaciones, de ver a un hombre en su forma más natural.

—¿Desde cuándo gotea? —preguntó él, sin mirarla, mientras raspaba una mancha de humedad con una espátula.

—Desde hace un par de semanas. Pero solo cuando llueve fuerte.

—Ah —asintió—. El techo está mal sellado. Voy a poner una capa nueva de impermeabilizante. Tendré que subir al patio de arriba. ¿Tienes acceso?

—Sí, la puerta del fondo. Pero cuidado con los escalones, están flojos.

Javier asintió y bajó de la escalera. Pasó junto a ella, y por un instante, el calor de su cuerpo rozó el de Elena. Fue apenas un segundo, pero suficiente para que ella sintiera un estremecimiento leve, profundo, como si algo en su interior se hubiera encendido con un fósforo.

Media hora después, ella lo escuchó desde la cocina, moviéndose sobre el techo. El ruido de la espátula, el crujido de las tablas. Salió con un vaso de agua fría, con hielo y una rodaja de limón. Lo encontró sentado en el borde del techo, mirando el horizonte, el sol ya bajo, pintando de oro los techos vecinos.

—Traje agua —dijo ella, ofreciéndole el vaso.

Él bajó la vista, sonrió por primera vez. Una sonrisa amplia, sin pretensiones.

—Gracias, Elena.

Tomó el vaso, bebió con avidez. Un hilo de agua resbaló por su barbilla, bajó por el cuello, desapareció entre los pectorales. Ella no se movió. No podía.

—¿Hace mucho que trabajas en esto? —preguntó, más para escuchar su voz que por verdadera curiosidad.

—Desde los dieciocho. Empecé con mi tío. Al principio era solo ayudante, pero uno aprende. Ahora hago todo: techos, muros, acabados. Lo que haga falta.

—Se te ve que sabes lo que haces.

—Me gusta. No es un trabajo bonito, pero es honesto. Y uno siente que construye algo de verdad.

Ella asintió, apoyada en la baranda. El silencio volvió, pero esta vez no incómodo. Era un silencio denso, cargado de algo que no necesitaba palabras.

—¿Quieres que te revise algo más? —preguntó él, devolviéndole el vaso—. A veces, cuando uno empieza, descubre más cosas que arreglar.

—El dormitorio —dijo ella, sin pensarlo—. La ventana no cierra bien. Y… la puerta del armario también chirría.

Él la miró fijo. No con descaro, sino con una intensidad que la hizo tragar saliva.

—Voy por mis herramientas —dijo, bajando del techo con agilidad.

Elena entró primero. Dejó la puerta entreabierta. Se quitó el suéter, lo dejó sobre la cama. Llevaba una blusa de seda fina, que marcaba la forma de sus senos, el encaje del sostén apenas visible. No se lo puso por provocar. Se lo puso porque, de pronto, quiso sentirse deseada.

Javier llegó con la caja en la mano. Se acercó a la ventana. Mientras la revisaba, ella se sentó en la cama, cruzó las piernas. Lo observó. El sudor volvía a brillar en su espalda. Un mechón de pelo le caía sobre la frente. Se pasó el antebrazo por la cara, dejando una mancha de polvo.

—Está corrida la guía —dijo—. Hay que ajustarla. ¿Tienes un destornillador plano?

—En el cajón de la cocina —respondió ella—. Pero no te molestes ahora. Ya es tarde. Puedes venir mañana.

—No es molestia —dijo él, sin mirarla—. Si voy a hacerlo, mejor ahora. No me gusta dejar las cosas a medias.

Ella se levantó despacio. Fue a la cocina. Regresó con el destornillador. Él estaba arrodillado frente al armario, revisando las bisagras. Ella le entregó la herramienta. Cuando sus dedos se rozaron, el contacto fue eléctrico. Ambos lo sintieron. Javier levantó la vista. Esta vez, no había duda. Lo que pasaba entre ellos ya no era casual.

—¿Por qué me miras así? —preguntó él, bajando la voz.

—Porque no puedo evitarlo —respondió ella, sin mentir—. Desde que entraste, no he dejado de mirarte.

Él dejó el destornillador en el suelo. Se puso de pie lentamente. No se acercó. Solo la miró.

—Yo tampoco he dejado de verte —dijo—. Pero pensé que no era… apropiado.

—¿Y ahora?

—Ahora ya no me importa lo que sea apropiado.

Dio un paso. Luego otro. Ella no retrocedió. Cuando estuvo frente a ella, le puso una mano en la cintura. No con rudeza, sino con cuidado, como si temiera romperla. Pero también con firmeza. Ella cerró los ojos. Él acercó su boca a la de ella. No hubo dudas. No hubo preguntas. El beso fue lento al principio, profundo, exploratorio. Luego se volvió urgente. Las manos de él subieron por su espalda, encontraron el cierre del sostén. Ella tembló. No de miedo, sino de anticipación.

—¿Estás segura? —preguntó él, separándose apenas un centímetro.

—Más segura que de cualquier cosa en los últimos diez años —dijo ella.

Él la alzó en vilo, como si no pesara, y la llevó a la cama. La recostó con cuidado, pero con determinación. Le quitó la blusa, luego el sostén. Sus senos eran plenos, con pezones oscuros que se endurecieron al aire. Él no dijo nada. Solo se inclinó y los besó, uno a uno, con devoción. Luego bajó por el vientre, por el ombligo, por el borde de la falda. Le desabrochó el cinturón, le bajó la prenda con lentitud. Las bragas eran de encaje negro. Él las apartó con los dedos, sin romperlas, y hundió el rostro entre sus piernas.

Elena gritó. No fue un grito de dolor, sino de liberación. Nadie la había tocado así en años. Nadie la había saboreado con esa paciencia, con esa avidez contenida. Javier lamía, besaba, chupaba, alternando presión y suavidad. Ella se arqueaba, le hundía los dedos en el pelo, gemía su nombre como si fuera una oración.

—Para… para —dijo ella, entre jadeos—. No quiero venirme así. Quiero sentirte dentro.

Él se levantó. Se quitó los pantalones, los calzoncillos. Su pene era grueso, con una vena marcada que palpitaba. No se apresuró. Tomó un condón del bolsillo trasero del pantalón, se lo puso con calma. Luego volvió a la cama.

Ella abrió las piernas. Él entró de una estocada profunda, lenta, completa. Ambos gritaron. Fue como si sus cuerpos se reconocieran después de una larga ausencia. Él se movía con fuerza, pero sin perder el ritmo. Ella le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le decía cosas al oído: “más fuerte”, “no pares”, “así, así mismo”.

El clímax los alcanzó juntos. Ella se estremeció primero, con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo. Él la siguió segundos después, derramándose dentro del preservativo con un gruñido ronco, primitivo.

Se quedaron abrazados, sudorosos, respirando con dificultad. Fuera, la ciudad seguía viva, pero allí, en esa habitación, el mundo se había detenido.

—No soy un hombre de palabras bonitas —dijo él, acariciándole el pelo—. Pero esto… esto fue distinto.

—Lo sé —respondió ella—. No fue solo sexo. Fue como si… hubiéramos estado esperando esto.

Él la besó en la frente.

—¿Puedo volver? —preguntó.

—No te lo voy a impedir —dijo ella, sonriendo—. Pero no por el techo. Ni por las ventanas.

—No —dijo él—. Yo tampoco.

Se quedaron un rato más, desnudos, piel con piel. Luego, él se vistió. Ella lo acompañó a la puerta. No hubo promesas, ni planes. Solo una mirada larga, cargada de lo que vendría.

Cuando cerró la puerta, Elena se quedó con la espalda apoyada en ella, los ojos cerrados, la sonrisa tatuada en el rostro. No era una niña. No era una mujer desesperada. Era una mujer que, por primera vez en años, se había sentido viva.

Y fuera, en la calle, Javier caminó despacio, con el corazón tranquilo. No se dio vuelta. No necesitaba verla para saber que volvería. Porque el deseo no siempre llega con gritos. A veces, llega con un ruido de escalera, con un vaso de agua, con una ventana mal sellada. Y con una mujer que, simplemente, dejó de esperar.

También en: MadurasPrimera vez

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