La Maestra del Río — Parte 3

@lucia_noche ·19 de diciembre de 2025 · ★ 3.9 (24) · 50 lecturas

El sol de la tarde caía a plomo sobre la sabana, pintando el cielo de un anaranjado encendido, como si el mismo firmamento se hubiera prendido en llamas por lo que había pasado entre ellos en el río. Sebastián no podía dejar de mirar a Valentina. Aún sentados sobre la piedra, con el agua bajando entre sus piernas como un susurro perezoso, ella apoyó la cabeza en su hombro, desnuda hasta la cintura, el pelo mojado pegado a los hombros, gotas deslizándose por sus pechos pequeños pero firmes, coronados por unos pezones oscuros que aún se erguían con el recuerdo del deseo.

Él le acarició el brazo con la yema de los dedos, temblando aún. No habían dicho nada desde que se vino en su mano, desde que el silencio los envolvió como una manta caliente. Pero ahora, el aire cambiaba. El río no era suficiente. El cuerpo pedía más.

—¿Te dio miedo? —preguntó ella, sin levantar la vista, jugando con el agua entre sus dedos.

—No —respondió él, la voz ronca—. Al contrario. Me dio como si por fin hubiera encontrado el lugar donde debo estar.

Ella sonrió, una sonrisa lenta, de esas que nacen en el alma. Luego se puso de pie, despacio, y el agua se deslizó por su cuerpo como un velo transparente. El sol iluminó su espalda, sus nalgas redondas, su cintura estrecha. Sebastián sintió que el pito volvía a endurecerse, como si no hubiera pasado nada hace apenas minutos.

—Ven —dijo ella, tendiéndole la mano—. Hay un lugar más adentro, donde la ciénaga se enreda con el bosque. Nadie nos va a ver allá.

Él la siguió. Caminaron desnudos por la orilla, el barro entre los dedos de los pies, las ramas bajas acariciando sus hombros. El aire olía a tierra mojada, a hojas podridas, a sexo. A vida. Llegaron a una laguna pequeña, rodeada de helechos gigantes, con un árbol caído que formaba una especie de puente natural sobre el agua. El lugar parecía sacado de un sueño.

—Aquí —dijo ella, sentándose sobre el tronco, con las piernas abiertas—. Sube.

Sebastián no dudó. Se acercó, se puso entre sus piernas. Ella le tomó el pito con una mano, ya medio duro, y lo guió hacia su entrada. Estaba mojada. No necesitó más.

—Despacio —susurró—. Quiero sentir cada centímetro.

Él empujó. Lentamente. El calor de ella lo envolvió como una ola. Un gemido largo, profundo, salió de su garganta. Valentina echó la cabeza atrás, los ojos cerrados, los labios entreabiertos.

—Ay, qué rico… —murmuró—. Qué chimba de pito tienes, muchacho.

Él comenzó a moverse, despacio al principio, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba al de ella. Cada embestida era un descubrimiento. Ella le clavó las uñas en la espalda, lo atrajo más, lo apretó con los muslos.

—No pares… no pares —gimió.

El ritmo fue creciendo. El agua salpicaba alrededor, las hojas crujían, los pájaros callaron como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración. Sebastián le tomó las nalgas con ambas manos, las separó un poco más, y entró más profundo. Ella gritó.

—¡Sí! ¡Así! ¡Hasta el fondo, carajo!

Él la embistió con fuerza, sin dejar de mirarla. Sus ojos brillaban como si estuvieran a punto de llorar, pero no era tristeza. Era placer puro, desatado. Ella le mordió el hombro, le lamió el cuello, le susurró al oído:

—Venite dentro… quiero sentir tu leche caliente llenándome.

Esas palabras lo hicieron perder el control. Empujó una, dos veces más, fuerte, profundo, y luego se detuvo, rígido. Ella lo sintió: el pito palpitando dentro de ella, y luego el calor, el chorro espeso que se mezclaba con su jugo, llenándola hasta el fondo.

Se quedaron así, abrazados, sin moverse, el corazón latiendo al mismo compás. Fuera del tronco, el agua de la ciénaga se movía despacio, llevándose las huellas de lo que acababa de pasar.

—¿Sabes? —dijo ella, acariciándole el pelo—. Yo nunca había hecho esto. No así. No con tanto… fuego.

Él sonrió, agotado, feliz.

—Ni yo. Pero siento que ya no puedo vivir sin ti.

Ella lo miró, seria.

—Entonces no vivas sin mí. Aunque sea de lejos. Aunque sea en secreto. Esto no es un juego, Sebastián. Esto es el alma gritando.

Él asintió. No dijo más. No hacía falta. El río, la ciénaga, el bosque… todo lo sabía. Y guardaría el secreto, como lo habían hecho por generaciones los que vivieron entre las aguas y los manglares.

Cuando salieron de la laguna, el sol ya se había escondido. Se vistieron en silencio, pero sus miradas decían más que mil palabras. Y al caminar de regreso, de la mano, entre la maleza, el aire seguía caliente, cargado de promesas.

La chimba no había terminado. Solo estaba empezando.

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