La Maestra del Río — Parte 1

@valentina_ruiz ·8 de diciembre de 2025 · ★ 3.8 (7) · 160 lecturas

Valentina Ruiz llegaba al corregimiento de El Salado un martes de junio, cuando el sol ya prendía fuerte sobre las montañas del sur de Antioquia. Ella venía de Medellín, huyendo más que buscando, aunque no lo dijera así. Treinta y ocho años, ojos color café tostado que brillaban con ironía, y un cuerpo que el tiempo había moldeado con paciencia: caderas anchas, senos firmes como mangos verdes, y una cintura que el destino había perdonado de la traición de los años. Se había quitado el estrés de la ciudad con un divorcio limpio, sin gritos, sin escándalos, pero con un vacío que ni el yoga ni los retiros espirituales lograban llenar.

Rentó la antigua casa del río, una casona de techos de teja y paredes encaladas que daba directo al Guadalupe, ese cauce tibio que bajaba entre piedras cantarinas y helechos gigantes. Allí pensaba escribir. Novelas románticas, decía. Pero la verdad era que quería sentir otra vez el latido de la piel ajena, el miedo dulce del deseo, el sudor ajeno en sus dedos.

El primer día, mientras desempacaba cajas bajo el zumbido de los chicharras, llegó él.

—Buenas, doña. ¿Usted es la que alquiló la casa del río?

Valentina levantó la vista. Y allí estaba: Sebastián, el hijo de doña Luz, la dueña del terreno. Veintiséis años, piel tostada por el sol de la vereda, brazos fuertes de quien carga canoas y corta maleza, y un pito que, aunque no lo viera aún, ella presentía bajo esos shorts cortos de colores desvaídos. Llevaba una camisa de manga corta abierta hasta la mitad del pecho, y el vello oscuro que bajaba desde el cuello hasta el ombligo le daba un aire de hombre que no necesita presumir.

—Sí, soy yo —dijo Valentina, secándose el sudor de la frente con el antebrazo—. Valentina Ruiz. ¿Y usted?

—Sebastián. Vivo allá arriba —señaló una vereda empinada entre guaduales—. Mi mamá me dijo que viniera a ayudarle con lo pesado.

—Ay, qué bien. Porque esta caja de libros pesa más que un toro —sonrió ella, sin soltar el cartón.

Él se acercó. Sin pedir permiso, tomó la caja entre sus manos. Los músculos de sus brazos se tensaron como cuerdas de guitarra. Valentina no apartó la mirada. Él lo notó. Y sonrió, apenas, como quien sabe que algo acaba de pasar, aunque nadie lo diga.

—¿Y qué trae ahí, doña? ¿Libros de historia?

—De amor —respondió ella—. Novelas… pasionales.

—Ajá —dijo él, arrastrando la palabra—. Entonces sí trae cosas calientes.

Valentina soltó una risa que le salió desde el estómago. No era un hombre vulgar, pero tampoco tímido. Y eso le gustó.

Pasaron el resto de la tarde subiendo cosas al segundo piso, entre risas y silencios cómplices. Sebastián le contó que trabajaba en el río: llevaba turistas en canoa, les enseñaba dónde nadar sin corrientes, dónde encontrar cangrejos, dónde el agua era más tibia. También que estudiaba biología en la universidad, a distancia. Que soñaba con crear un centro de conservación allí, en la quebrada.

—Aquí todo está vivo, doña Valentina —dijo mientras le mostraba una rana arborícola entre los dedos—. Hasta el aire sabe distinto.

Ella asintió, mirándole las manos. Pequeñas, pero fuertes. Y tuvo una imagen fugaz: esas manos bajándole la ropa lentamente, acariciándole el culo con devoción, mientras ella gemía sin pudor.

Pero no dijo nada. Solo se mojó los labios con la lengua, y él lo vio.

Al atardecer, después de todo organizado, Sebastián le ofreció un trago. Ella aceptó. No era vino, sino aguardiente de caña que él sacó de una botella sin etiqueta.

—Es de mi tío. Lo destila en la vereda. Dice que con esto se le abren hasta las puertas del cielo.

Brindaron con vasos de vidrio grueso, sentados en el corredor, mirando cómo el sol se hundía tras las montañas. El silencio era denso, cálido, como el aire antes de una tormenta. Valentina cruzó las piernas lentamente, dejando que el vestido corto subiera un poco más de lo necesario. Él miró. No disimuló.

—¿Y usted? —preguntó él—. ¿Por qué vino aquí?

—Porque en la ciudad ya no sentía nada —dijo ella, sincera—. Aquí… siento que hasta la piel me respira.

Sebastián asintió, como si entendiera algo más profundo. Luego, se levantó.

—Mañana le muestro el mejor punto del río. Agua tibia, sombra… y privacidad.

—¿Privacidad? —sonrió ella.

—Sí. Allá nadie nos ve. Solo los pájaros. Y ellos no cuentan.

Se fue caminando cuesta arriba, sin apuro. Valentina lo siguió con la mirada, deteniéndose en el movimiento de sus nalgas bajo el short. Pequeñas, duras, perfectas. Y se preguntó, por primera vez en años, cómo sería sentir a un hombre joven dentro de ella. No por necesidad, sino por deseo puro. Por chimba.

Esa noche, en la cama, Valentina no durmió. Se tocó. Lentamente. Recordando el vello en el pecho de Sebastián, sus manos, su voz. Se imaginó mamarle el pito mientras él gemía su nombre. Se corrió dos veces, en silencio, con los dedos mojados y el corazón acelerado.

Y en la oscuridad, desde la vereda, Sebastián, sentado en un tronco, fumaba un cigarrillo de marihuana y miraba la casa iluminada. Sabía que ella estaba despierta. Y también sabía que, tarde o temprano, ese fuego que se encendía entre ellos no se apagaría con agua del río.

La chimba estaba servida. Solo faltaba el momento.

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