La Maestra del Cuerpo

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La luz del atardecer entraba sesgada por los postigos entreabiertos del cuarto piso del edificio de departamentos en la Roma Norte, tiñendo de oro viejo la piel desnuda de Emiliano, que arrodillado sobre la alfombra de lana gris, mantenía las manos cruzadas detrás de la espalda y la mirada clavada en el suelo. No se movía. No respiraba fuerte. Esperaba. Y ella, de pie frente a él, con los tacones de aguja marcando el ritmo de su dominio, recorría el contorno de su espalda con la punta de un fusta de cuero negro, tan ligera que apenas rozaba, pero que a él le hacía estremecer como si fuera un latigazo.

—¿Ya te di permiso para respirar profundo, pendejo? —dijo Lucía, sin alzar la voz. Su tono era bajo, suave, pero cortante como una navaja recién afilada.

Emiliano tragó saliva. El nudo en la garganta le dolía. —No, ama… no me lo dio.

—¿Y entonces por qué se te hincha ese pecho como si fueras a gritarle al mundo que te tengo arrodillado como un perro?

—Porque… porque no puedo evitarlo, Lucía. Me pone así.

—¿Así cómo? Dime. —Ella se acercó, rodeó su cuerpo, y se detuvo frente a él. Con una mano le tomó la barbilla y le obligó a levantar la cara. Sus ojos, oscuros y profundos, brillaban con una mezcla de poder y deseo—. Dime cómo te pone.

—Me pone caliente… me pone… como si me fuera a correr solo con verte.

—¿Solo con verme? ¿Y si te digo que ni siquiera vas a tocarme con las manos? ¿Y si te digo que no te voy a dejar correr hasta que yo diga?

—Entonces… entonces me voy a volver loco.

Lucía sonrió. Una sonrisa lenta, de dientes blancos y labios rojos, como si saboreara cada palabra. Dio un paso atrás, se quitó los zapatos lentamente, uno por uno, y luego se desabrochó el vestido negro que se deslizó por sus caderas como agua. Lo dejó caer al suelo, sin prisa, y quedó desnuda frente a él, solo con las medias negras y el liguero que sostenía las costuras rectas. Su cuerpo era un mapa de curvas bien trabajadas: senos firmes, cintura estrecha, nalgas redondas que parecían hechas para ser mordidas.

—¿Y tú crees que yo no estoy caliente, Emiliano? ¿Crees que no se me paran los pezones desde que entraste aquí? ¿Crees que no se me humedece el coño de verte así, dispuesto, sumiso, con esa verga dura que no se te va a permitir ni tocar?

Él no respondió. Solo bajó la mirada de nuevo, aunque sentía que si seguía mirándola así, iba a explotar. Ella dio una orden con el dedo índice: —Acuéstate boca abajo.

Él obedeció al instante. Se tendió sobre la alfombra, con los brazos extendidos, el culo al aire, las nalgas separadas por la postura que ya conocía. Lucía se acercó, se arrodilló sobre su espalda, sentándose sobre sus nalgas con cuidado, como si montara un caballo salvaje que aún no se ha domado. Con una mano le sostuvo el cuello, con la otra se llevó un dedo a la boca, lo humedeció, y luego lo deslizó lentamente por la raja de su culo.

—Te voy a meter un dedo —dijo—. Solo uno. Y si te mueves, si te corces, si respiras mal… te castigo.

El dedo entró con una presión lenta, precisa. Emiliano soltó un gemido ahogado, como si le hubieran clavado un cuchillo de placer. Ella lo sentía: el ano se le abría, caliente, húmedo, luchando entre la resistencia y el deseo. Movió el dedo en círculos, luego lo sacó, y con dos dedos ahora, le abrió más.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti, Emiliano? No es tu cuerpo, aunque está bien bonito. No es tu cara, aunque es de esos rostros que dan ganas de besar y luego de azotar. Es esto —dijo, señalando su espalda, su culo, su sumisión—. Es que te entregas. Sin miedo. Sin excusas. Como si supieras que aquí, conmigo, puedes ser todo lo que te da miedo ser en el mundo.

Él no dijo nada. Solo apretó los puños. Sentía el fuego subirle desde el culo hasta los huevos, y sabía que si no se corría pronto, iba a llorar.

Lucía se levantó, fue al buró, abrió un cajón. Sacó un consolador negro, grueso, con venas marcadas como si fuera una verga de verdad. Lo lubricó con lentitud, mientras lo miraba. Luego regresó.

—Hoy no te voy a dejar correr con mis dedos —dijo—. Hoy te voy a llenar con esto. Y te vas a correr solo cuando yo diga, ¿entendiste?

—Sí, ama.

—Y cuando te corras… vas a gritar mi nombre. No el de tu novia, no el de tu mamá, no el de nadie más. Mi nombre. ¿Sí?

—Sí, Lucía.

Ella se subió de nuevo sobre él, esta vez con el consolador en la mano. Lo acercó a su ano, ya más relajado, y con presión firme, lo fue introduciendo. Emiliano gritó. Un grito largo, ronco, que se quebró en la garganta. El artefacto entraba centímetro a centímetro, llenándolo, estirándolo, clavándose en su interior como si fuera un castigo divino.

—¿Duele? —preguntó ella.

—Sí… duele… pero no pares.

—Claro que no voy a parar. —Y empujó más. Hasta el fondo. Hasta que el consolador estuvo enterrado en su culo, hasta que la base marcó la piel y él se quedó inmóvil, temblando.

Lucía se levantó, fue al espejo, se miró. Se acarició los senos, se pellizcó los pezones, luego se separó los labios del coño con dos dedos y se vio. Estaba mojada. Deseosa. Volvió a él.

—Ahora —dijo—, te voy a dar permiso para correr. Pero con una condición.

—Lo que sea… lo que sea.

—Vas a contar. Cada embestida que te dé con esto… me vas a decir un número. Y cuando llegues al diez… te corro.

Comenzó. Movió el consolador dentro de él con un vaivén lento, cruel. —Uno —dijo Emiliano, con la voz quebrada.

Dos. Tres. Él gemía, lloraba, se retorcía, pero no se movía. Cuatro. Cinco. Lucía aceleró. Se subió sobre su espalda, se sentó sobre su culo, y con cada empujón, clavaba el consolador más profundo. Seis. Siete. Ya no hablaba claro. Solo números que salían como jadeos.

Ocho.

Lucía se bajó de un brinco, se puso de rodillas frente a él, se abrió el coño con las manos y le dijo: —Mírame. Mírame bien. Cuando digas nueve, quiero que veas cómo me corro yo también.

Nueve.

Y en ese instante, ella se corrió. Un chorro leve, pero claro, le mojó los dedos. Y él, al verla, al sentir el consolador en su culo, al escuchar su nombre en el aire como un conjuro, gritó:

—¡Lucía!

Diez.

Y se corrió. Con fuerza. Con rabia. Con lágrimas. Un orgasmo que le sacudió el cuerpo entero, que le hizo temblar como si fuera a partirse en dos. El semen le salió sin tocarlo, manchó la alfombra, se escurrió por su vientre, caliente, espeso, puro.

Lucía dejó el consolador dentro de él, se acostó a su lado, le acarició el pelo, le besó la nuca.

—Eres mío —dijo—. Solo mío. Y esto… esto no fue nada. Apenas empezamos.

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