La luz que se arrodilla

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (18) · 242 lecturas · 3 min de lectura

Me despierto con el sol ya alto, pero no es la luz la que me tira de los párpados —es el recuerdo de algo que aún arde en la piel. Ayer, al caer la tarde, dejé sobre la mesita de noche una vela sin encender, un frasco de aceite de almendras dulces y un libro abierto en una página que no leí. Todo estaba preparado como si hubiera sido escritura automática, como si mi cuerpo, sin mi permiso consciente, ya hubiera planeado esta ceremonia.

Me levanto despacio. Los pies tocan el suelo de madera tibio, como si la casa me hubiera guardado. Me dirijo al baño sin apuro, con la conciencia despierta pero no agresiva, como cuando se camina sobre una cuerda floja y se sabe que uno no va a caer. Me miró al espejo: piel suave, hombros estrechos, la curva de la cintura que aún recuerdo como una pregunta hecha carne. Me toco la muñeca. Latidos tranquilos. Me acaricio el antebrazo. Piel de seda recién desplegada.

Vuelvo a la habitación. Enciendo la vela. La llama se eriza, se estira, se aferra a la oscuridad como si tuviera miedo de desaparecer. Siento que esa luz me observa. Me desvisto con lentitud. Cada botón es una pausa. Cada corchete, un suspiro contenido. Mis manos se mueven con familiaridad, pero hoy hay algo más: una reverencia. Me quito el último prendido y me echo el aceite en las palmas. Lo fricciono entre ellos hasta que el calor lo transforma en líquido dorado.

Me siento sobre el colchón, con la espalda ligeramente inclinada contra la cabecera. Cierro los ojos. No espero nada. Solo dejo que el aceite corra por el contorno de mis senos, por el valle entre ellos, por la curva de mis costillas. Luego, con una yema de dedo, trazo el borde de mi ombligo. Es un pequeño cráter en mi abdomen, y hoy parece una puerta. Lo toco con delicadeza. No es placer aún. Es conexión.

Entonces, mis dedos bajan. Lentos, seguros. Llegan a la curva de mis caderas, donde la piel es más tierna, más sensible. Me detengo allí un buen rato, dejando que el aceite se absorba, que el calor se acumule. Respiro hondo. El aire huele a cera derretida y a mi propia esencia, algo cálido, animal pero no salvaje.

Cuando por fin me toco, no es con urgencia. Es con intención. Mi mano se cierra sobre mí, suave, sin presión. Un movimiento lento, de arriba abajo, como si estuviera besando un lugar sagrado. El ritmo no se impone, se descubre. Es como cuando uno aprende a caminar en la arena: se ajusta el peso, se busca el equilibrio, y de pronto se avanza sin pensar en los pasos.

Me dejo llevar. Mis dedos conocen cada pliegue, cada nudo de nervios, cada punto donde la piel se eriza sin razón aparente. Siento cómo se me hinchan los pechos, cómo se oscurecen los pezones, cómo el calor sube desde lo más hondo, como una marea que no se detiene. No hay prisa por llegar. Lo que busco no es el clímax, sino la totalidad del instante.

Cierro los ojos. La vela parpadea. En la penumbra, mi cuerpo se vuelve escultura viva. Me arqueo ligeramente, como si la luz me sostuviera. Mis dedos se vuelven más seguros, más firmes, pero nunca bruscos. El aceite brilla en la penumbra, y yo soy un río que se abre paso entre rocas cálidas.

Entonces ocurre: una oleada, suave al principio, como una caricia que se repite hasta convertirse en algo más profundo. Mis musculos se relajan, mis dedos se sueltan, y mi cuerpo se abandona. No grito. Solo dejo salir un sonido bajo, casi una exhalación, como si estuviera agradeciendo la luz.

Cuando todo termina, me quedo inmóvil. La vela sigue ardiendo. Mi respiración vuelve a su ritmo natural, pausado, profundo. Me limpio con una toalla suave, me lavo las manos. Regreso al espejo. Me miro. La piel brilla con el aceite residual. Mis ojos están más oscuros, más llenos.

No es una huida. Es un regreso.

Y mientras apago la vela, sé que esta luz no se fue. Se quedó guardada en la piel.

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