La luz que no apaga el silencio

La luz que no apaga el silencio

@emilio_santos ·12 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (14) · 36 lecturas · 5 min de lectura

No sabía cómo empezar. No había carta, ni mensaje, ni foto que bastara. Solo el sonido de su respiración, ligera como el viento entre los árboles del jardín de mi abuela, y el brillo tenue de su pantalla en la oscuridad de mi cuarto. Eran las 2:17 de la mañana. Yo, con el celular apoyado en el pecho, y ella, al otro lado del mundo, en una ciudad que nunca he visitado, con los ojos cerrados y la piel aún tibia por el calor de la ducha.

—¿Estás ahí? —preguntó, y su voz no era más que un hilo, pero me abrazó igual.

—Aquí —respondí, y sentí que mi pecho se hundía un poco más en la almohada.

No hablábamos de cosas importantes. No de trabajo, ni de política, ni de los días que nos separaban. Hablábamos de lo que sentíamos. De cómo el aire en su habitación olía a lavanda y a sudor seco. De cómo mi camiseta, la de algodón gris que usaba desde hace tres semanas, aún conservaba el olor de mi piel, y ella lo mencionaba como si fuera un perfume raro y precioso.

—¿Te acuerdas cuando dijiste que te gustaba que te hablara mientras te tocabas? —me preguntó, y su tono no era una pregunta, sino una invitación.

No respondí. Solo apagué la luz de mi cuarto. El celular se convirtió en la única fuente de luz, y su rostro, pequeño pero nítido, apareció en la pantalla. Sus ojos, oscuros y profundos, me miraban como si ya me conociera desde antes de nacer. No sonreía. No tenía que hacerlo. Su boca estaba entreabierta, y cada vez que inhalaba, su pecho subía ligeramente, y yo veía cómo los pezones se endurecían bajo la fina tela de su camisón de seda.

—Tócate —le dije, y mi voz era más grave de lo que esperaba.

Ella no se movió de inmediato. Solo cerró los ojos, lentamente, como si estuviera rezando. Luego, con una mano, deslizó el hilo de la seda por su hombro. El tejido cayó con una suavidad que parecía casi reverente, y su pecho quedó al descubierto, redondo, perfecto, con esos pezones que ahora brillaban bajo la luz tenue del televisor que tenía encendido al fondo, sin volumen.

—Así —dijo, y su mano se deslizó hacia abajo, lenta, como si estuviera acariciando el aire antes de tocar su propia piel.

Yo me desabroché los pantalones con una sola mano, sin dejar de mirarla. Mi pene, ya duro, se liberó con un suspiro. No me toqué. No aún. Solo la observaba, como si cada movimiento suyo fuera una palabra que me enseñara un idioma nuevo.

—¿Ves? —dijo, y su dedo índice rozó el borde de su labio vaginal, apenas, como si estuviera probando el aire—. Está mojada. Por ti.

No dije nada. No podía. Mi respiración se había vuelto un ruido pesado en la habitación, y sentí cómo el sudor se formaba en mi nuca, cómo mis dedos se cerraban sobre la sábana, apretando el algodón como si fuera su cabello.

—Ahora… —susurró—. Tú también.

Entonces, lentamente, como si estuviera desvestiendo a una diosa, me toqué. Mi mano subió por el eje, con cuidado, con reverencia. No era rápido. No era ansioso. Era un ritual. Cada movimiento era una confesión. Cada presión, una palabra que no había dicho en voz alta.

—Sí —gimió ella, y su cabeza se inclinó hacia atrás, mostrando el cuello, largo y delicado—. Así… así…

Sus ojos se abrieron de nuevo, y me miraron como si pudiera verme, como si yo estuviera allí, entre sus piernas, no en una pantalla, sino en su cama, en su piel, en su aliento.

—Te quiero —dije, y fue la primera vez que lo decía.

Ella no respondió con palabras. Solo movió la mano, y su dedo entró, despacio, hasta la primera falange. Su cuerpo se tensó, y un sonido bajo, casi animal, salió de su garganta. Su pecho se elevó, y su pezón se contrajo como si fuera a escaparse de su piel.

—No te detengas —susurró.

Y yo no lo hice. Mi mano se movió, y mi respiración se hizo más rápida, más profunda. La vi temblar. La vi cerrar los ojos, y luego abrirlos de nuevo, fijos en mí, como si fuera la última cosa que vería antes de morir.

—Estoy cerca —dijo, y su voz se rompió.

Yo también lo estaba. Mi cuerpo se tensó, y sentí cómo la sangre me subía por las piernas, por el pecho, hasta la punta de los dedos. No podía hablar. No podía pensar. Solo podía verla, y sentir que, aunque estuviéramos a miles de kilómetros, ella era la única cosa real en el mundo.

—Ahora —dijo, y su cuerpo se arqueó, y su cabeza cayó hacia atrás, y su boca se abrió en un silencio que no fue silencio, sino un grito ahogado, una melodía que solo yo podía oír.

Y entonces, con un jadeo que salió de lo más hondo de mi pecho, yo también llegué. Mi cuerpo se sacudió, y el líquido salió en espasmos, cálido, intenso, como si estuviera derramándome dentro de ella, no en la pantalla, sino en su cuerpo, en su alma.

Quedamos en silencio. Solo el leve susurro de su respiración, y el tictac del reloj en mi pared. Su imagen se desvaneció un poco, como si la luz se hubiera cansado. Pero su mirada, esa mirada que me había visto, que me había tocado, que me había amado sin tocar, permaneció.

—Mañana —dijo, y su voz era un hilo, un susurro, pero más fuerte que cualquier grito—. Mañana lo hacemos otra vez.

—Sí —respondí, y cerré los ojos, y sentí su piel aún en mis dedos, y su olor en mis pulmones, y su voz en mi sangre.

No necesitamos más. No necesitamos estar juntos. Solo necesitábamos saber que, en la oscuridad, cuando nadie más miraba, nos encontrábamos. Y que, aunque el mundo fuera frío, allí, entre la luz de una pantalla y el silencio de dos cuerpos, el calor era real.

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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