La luz del último tren

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En la estación de Cuautitlán, cuando el sol ya se escondía tras los cerros y el aire espeso del poniente cargaba olor a tierra mojada y hierbabuena, llegó él. Trajeado, con una camisa de lino beige que se le pegaba a los hombros como una segunda piel, y un maletín de cuero gastado en la mano izquierda. Se llamaba Darío, aunque nadie en ese andén lo sabía. Solo se le veía el perfil, la línea firme de la mandíbula, el pelo canoso en las sienes, cuidado, como si hubiera sido peinado con intención, no con prisa. Caminó hasta el final del andén, donde ya no había bancas, solo un poste con avisos despegados y el rumor del último tren de la noche, que aún tardaría veinte minutos.

Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el muro de concreto, estaba Iván. Veintisiete años, delgado, piernas largas que estiraba como si quisiera tocar el cielo con los dedos de los pies. Llevaba una sudadera negra con capucha, aunque no hacía frío, y unos tenis gastados que ya no recordaban su color original. Tenía la mirada fija en el horizonte, donde las luces de Ecatepec brillaban como si alguien hubiera arrojado un puño de estrellas al suelo. Fumaba un cigarro sin prisa, el humo subiendo en espiral, deshaciéndose en el aire cálido.

Darío lo miró de reojo. No con descaro, sino con esa mirada de quien reconoce algo que no esperaba encontrar. Iván sintió el peso de esa mirada, pero no volteó. Solo exhaló el humo con lentitud, como si todo en él fuera a cámara lenta.

—¿Va a seguir fumando hasta que llegue el tren o hasta que se acabe el mundo? —preguntó Darío, sin alzar la voz, como si estuviera hablando consigo mismo.

Iván sonrió sin mirarlo.

—Hasta que se acabe el mundo, si es que llega antes.

Darío asintió. Dejó el maletín en el suelo, se desabrochó un botón de la camisa y se sentó en la banca más cercana, no demasiado cerca, pero tampoco tan lejos. El silencio entre ellos no fue incómodo. Era el tipo de silencio que se teje entre dos personas que no necesitan llenar el aire con palabras. Solo el crujir de los grillos, el zumbido lejano de los transformadores eléctricos, el rumor del viento entre los pastizales que crecían al borde de las vías.

—¿A dónde va? —preguntó Iván, al fin, dándole una calada final al cigarro antes de aplastarlo con la suela.

—A casa —dijo Darío—. A Tecámac. Aunque no sé si eso cuente como llegar a algún lado.

—Tampoco es que aquí haya algo que valga la pena —comentó Iván, estirando los brazos por encima de la cabeza. La sudadera se le subió un poco, dejando ver un trozo de piel morena, tensa sobre los huesos de la cadera.

Darío lo notó. No dijo nada. Pero el aire cambió. Como si una corriente sutil hubiera pasado entre ellos, invisible, pero real.

—¿Y tú? ¿Qué haces aquí a esta hora, sentado como si estuvieras esperando a alguien que nunca va a venir?

Iván se encogió de hombros.

—A veces vengo a ver cómo se va el día. Me gusta este lugar. Aquí no hay nadie que me conozca. Puedo ser quien quiera.

—¿Y quién eres hoy?

Iván lo miró por primera vez directo a los ojos. Tenía la mirada clara, casi amarilla bajo la luz amarillenta del poste.

—Hoy soy el tipo que se queda viendo a otro tipo que no sabe que lo está viendo.

Darío sonrió. Una sonrisa lenta, de dientes blancos, segura.

—Pues entonces ya no tienes que fingir. Ya te vi.

El tren se oyó a lo lejos. Un silbido lejano, un eco que vibró en las vías. Pero ninguno de los dos se movió.

—¿Y si no quiero subirme? —preguntó Iván.

—Entonces no subas —dijo Darío, levantándose de la banca. Dio dos pasos hacia él, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se paró frente a Iván, que seguía sentado en el suelo. Le tendió la mano—. Vamos a caminar un rato.

Iván lo miró con una ceja alzada.

—¿A dónde?

—A ningún lado. Solo a caminar. Hasta que el tren se vaya sin ti.

Iván tomó su mano. La piel de Darío era cálida, firme. Se levantó con lentitud, como si el momento tuviera que ser exacto. Y sin soltarse, echaron a andar por el sendero que bordeaba las vías, entre pastizales y maleza, donde las luces de la ciudad ya no llegaban.

Caminaron en silencio por unos minutos. Solo el crujir de las ramas secas bajo sus pies, el aleteo de algún pájaro nocturno, el latido del aire entre los árboles. Hasta que Darío dijo:

—Tienes el cuerpo de alguien que ha sufrido, pero no se ha quejado.

Iván se detuvo. Lo miró.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Lo veo. En cómo te mueves. En cómo cargas los hombros. En cómo fumas como si el cigarro fuera lo único que te queda.

Iván bajó la mirada. Luego, con una sonrisa triste, dijo:

—Tal vez sí me queda algo más.

Darío dio un paso adelante. Casi no había espacio entre ellos. El calor de sus cuerpos empezaba a mezclarse.

—Enséñame.

Iván no respondió con palabras. Se acercó, despacio, y posó una mano en el pecho de Darío, justo sobre la camisa. Sintió el latido. Fuerte, constante. Luego, con la yema de los dedos, desabrochó el segundo botón. Luego el tercero. Hasta que la piel morena de Darío quedó al descubierto, con un vello claro que bajaba en línea recta desde el esternón.

Darío no se movió. Solo cerró los ojos cuando Iván acercó la boca y besó su piel, justo donde latía el corazón. Un beso húmedo, lento, que no buscaba apresurar, sino saborear.

—Si esto es un error —dijo Darío, con la voz ronca—, quiero que dure toda la noche.

Iván alzó la vista.

—No es un error. Es solo algo que tenía que pasar.

Y entonces lo besó. No con furia, sino con hambre contenida, con años de noches solitarias, de manos que se tocaban solas, de sueños que nunca se contaban. La boca de Darío era cálida, exigente, pero no violenta. Sus lenguas se encontraron como si ya se conocieran de antes, como si hubieran estado esperando ese momento desde hace mucho.

Se desvistieron con calma, ahí, entre la hierba alta, bajo un cielo lleno de estrellas que nadie miraba. La camisa de Darío cayó primero, luego la sudadera de Iván. Los pantalones, los tenis, los calcetines. Todo quedó regado como si fuera basura, pero para ellos era ofrenda. Cuando Darío vio el cuerpo entero de Iván, se quedó sin aire.

Era delgado, sí, pero con músculos marcados en los brazos, en las piernas, en el vientre. El vello apenas, solo un rastro que bajaba desde el ombligo. Y su verga, dura ya, larga, con una gota de humedad en la punta que brillaba bajo la luz de la luna.

—Joder —murmuró Darío—. Eres hermoso.

Iván no dijo nada. Solo se acercó, lo tomó de la nuca y lo empujó suavemente hacia abajo.

—Chúpamela. Lento.

Darío se arrodilló sin dudar. Tomó el miembro con la mano derecha, lo acarició desde la base hasta la punta, sintiendo la textura, el calor, la pulsación. Luego abrió la boca y lo metió todo. Profundo. Hasta que la punta tocó el fondo de su garganta. Iván soltó un gemido ronco, bajo, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—Sí… así… no pares…

Darío movía la cabeza con ritmo, con maestría. Sus manos acariciaban los testículos, los apretaban suave, luego subían a acariciar las nalgas, duras como piedra. Iván le puso una mano en el pelo, no para empujar, sino para sentir, para saber que era real.

Pero no quería correrse así. No todavía.

—Alto —dijo, con voz entrecortada—. Quiero sentirte dentro.

Darío se levantó. Su propia verga estaba tiesa, gruesa, con una vena marcada que palpitaba. Iván se arrodilló frente a él, lo tomó con ambas manos y lo chupó con devoción, como si fuera un sacramento. Lamió la punta, tragó el prepucio, lo metió hasta el fondo. Darío gemía, con las manos en la cabeza de Iván, sin empujar, solo dejándose llevar.

—Para… para, que me voy a correr —dijo, jalando suavemente del pelo.

Iván se detuvo. Se levantó y lo empujó suavemente contra un árbol grueso, de corteza áspera. Luego se puso de rodillas otra vez, pero esta vez, lo que buscaba no era su boca.

—Ábrete —dijo, con voz ronca—. Quiero lamer tu culo.

Darío separó las nalgas con las manos. Iván acercó la boca y lamió el agujero con lentitud, con devoción, como si fuera un manjar. Luego metió la lengua, una y otra vez, hasta que Darío jadeaba, hasta que sus piernas temblaban.

—Ya… ya no aguanto —dijo Darío—. Cógeme. Ahora.

Iván se levantó. Tomó su verga con la mano, la lubricó con su propia saliva, y se acercó. Con una mano en la cadera de Darío, con la otra guiando su miembro, empujó despacio.

La entrada cedió poco a poco. Darío soltó un gemido largo, profundo, como si le hubieran abierto el pecho. Iván entró completo, hasta las pelotas, y se quedó quieto.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí… joder, sí… estás enorme.

Iván empezó a moverse. Lento al principio, como si estuviera aprendiendo el ritmo de Darío. Luego más rápido, más profundo. Cada empujón hacía que Darío soltara un gemido, que se le escapaba como si no pudiera contenerlo. Sus manos se aferraban a la corteza del árbol, sus piernas temblaban, su espalda se arqueaba.

—Sí… así… no pares… cógeme fuerte —gemía Darío.

Iván lo tomó de las caderas, lo levantó un poco, y lo penetró con más fuerza, con más profundidad. El sonido de sus cuerpos al chocar se mezclaba con los jadeos, con el crujir de la hierba bajo sus pies descalzos.

—Voy a correrme… —dijo Darío, con voz quebrada.

—No te contengas. Déjate ir.

Y Darío se vino con un grito ahogado, echando semen sobre la tierra, mientras Iván seguía follando, sin perder ritmo. Luego, cuando sintió que ya no podía más, se corrió dentro, con un gemido largo, profundo, como si le hubieran sacado el alma por la verga.

Se quedaron así un rato, sudorosos, respirando con dificultad, abrazados contra el árbol. El tren había pasado hacía rato, sin que ninguno lo notara.

—¿Y ahora? —preguntó Darío, con la frente apoyada en el hombro de Iván.

—Ahora nada —dijo Iván—. Solo esto.

Se separaron con calma, se vistieron en silencio. No había necesidad de hablar. Todo lo que tenían que decir ya lo habían dicho con los cuerpos.

Caminaron de regreso al andén. No había nadie. Solo las luces, el aire cálido, el recuerdo del placer.

—¿Te volveré a ver? —preguntó Darío.

—Tal vez —dijo Iván—. O tal vez no. Pero lo que pasó aquí no se borra.

Darío asintió. Tomó su maletín, y cuando el próximo tren llegó, subió. Iván se quedó viéndolo desde el andén, hasta que el tren desapareció en la oscuridad.

Luego, se dio la vuelta, y caminó de regreso a la ciudad, con el corazón más ligero, con la piel aún caliente, con la certeza de que, a veces, lo mejor no es lo que se planea, sino lo que simplemente sucede.

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