La luz del faro

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche caía sobre la costa como un manto húmedo, pesado, cargado de sal y promesas. El faro de Cabo Salado, olvidado desde hacía años, se alzaba entre las rocas, su luz intermitente cortando la oscuridad con un ritmo lento, casi hipnótico. Nadie iba allí. Nadie salvo ella.

Camila subió los escalones de piedra con los tacones en la mano. Vos sabés que no era el lugar para andar descalza, pero el frío de la roca le gustaba, le recordaba que estaba viva. Se ajustó el saco de lana sobre los hombros, aunque no tenía frío. Lo que sentía era otra cosa, algo más profundo, más oscuro. Una corriente que le bajaba desde la nuca hasta el culo, tensa, caliente.

Él ya estaba adentro. Lo sintió antes de verlo. El aire cambió. Más denso. Más cargado. Cuando entró, la puerta chirrió como si supiera quiénes eran, lo que venían a hacer.

—Llegaste tarde —dijo él, sin mirarla. Estaba frente a la ventana redonda, de espaldas, con un vaso de whisky en la mano. La luz del faro le cruzaba el rostro de costado, marcándole los huesos, la boca dura, la barba de dos días.

—No llegué tarde —dijo ella, dejando los zapatos en el suelo—. Vos empezaste antes.

Él se dio vuelta. Y ahí estaba. El hombre que no necesitaba nombre. El que le había escrito tres frases por mensaje y le había dicho: *Vení al faro. Sin ropa interior.*

Camila no había preguntado por qué. No le importaba el porqué. Solo quería saber cómo se sentía eso: obedecer sin pensar, venir sin excusas, dejarse llevar por un hilo invisible que la ataba al deseo más puro.

—Ven acá —dijo él, bajito, sin alzar la voz.

Ella se acercó. Despacio. Con la mirada clavada en la de él. No había miedo. Solo expectativa. Una humedad creciendo entre las piernas, lenta, inevitable.

Él dejó el vaso en la repisa. Dio un paso. Le tomó la barbilla con dos dedos, fuerte, sin caricias.

—Mirá para abajo —ordenó.

Ella obedeció. Vio sus propios pies descalzos, la alfombra áspera, el reflejo de la luz en el piso de madera. Y entonces sintió su mano subiendo por el muslo, lento, como si estuviera midiendo el tiempo. La falda se levantó, la tela se enredó en sus dedos. Y cuando los dedos de él tocaron su concha, ya estaba mojada. Caliente. Palpitante.

—Estás lista —dijo él, casi con desprecio—. Como si tu cuerpo supiera antes que vos.

Ella no contestó. Solo separó un poco las piernas. Le gustaba que la tratara así. Como si no fuera digna de explicaciones, como si su placer fuera un privilegio que él podía dar o negar.

Él metió un dedo. Lento. Hasta el fondo.

—Mirá cómo se te abre —murmuró—. Cómo se te hincha la concha solo con que te toque.

Camila jadeó. Bajo. Corto. No quería darle el gusto de oírla gemir. Pero él ya lo sabía. Sabía que se estaba corriendo por dentro, que sus jugos le resbalaban por los dedos, que su culo se tensaba como si ya estuviera lista para algo más.

—Dame el saco —dijo él.

Ella se lo quitó. Se quedó en camisa y falda. Él le desabrochó la camisa con una sola mano, sin prisa. Le besó el cuello, el hombro, el inicio del pecho. Pero no tocó los pezones. Ni siquiera los rozó. Sabía que eso la volvía loca. La tortura del casi.

—Dame la mano —dijo.

Ella obedeció. Él la guió hasta su cintura, hasta el cierre del pantalón. Le apoyó los dedos sobre la tela.

—Desátalo vos —dijo—. Pero si me mirás, te paro.

Camila bajó la mirada. Con los ojos clavados en el piso, deshizo el cinturón, bajó el cierre. Sintió el calor que salía de él, el bulto que se marcaba bajo la ropa interior. Negra. Ajustada. Cuando sacó la pija, se le escapó un jadeo.

Era grande. Dura. La punta brillaba un poco, húmeda. Pero él no se tocó. Solo la tomó por el pelo y la obligó a arrodillarse.

—Chupame —dijo—. Pero no te apures. Si me corrés adentro, te cago la cara.

Camila abrió la boca. Tomó la punta, solo la punta. La chupó como si fuera un caramelo, despacio, con la lengua alrededor. Él gruñó. Le agarró el pelo con más fuerza.

—No juegues —dijo—. Quiero sentir tu garganta.

Entonces la empujó. La pija entró hasta el fondo. Camila tosió, pero no se apartó. Se dejó embocar, sintiendo cómo el glande le tocaba el fondo, cómo la saliva le bajaba por la barbilla. Él no se movió. Solo se quedó ahí, metido hasta las pelotas, obligándola a respirar por la nariz, a aceptar lo que le daban.

—Bien —dijo al fin, sacándose—. Ahora parate.

Ella obedeció. Tenía la boca hinchada, los labios rojos. Él la tomó de la cintura, la levantó como si no pesara, y la sentó sobre la mesa de madera. Le abrió las piernas. Le acarició el culo, las nalgas, el borde de la concha. Luego, sin aviso, metió dos dedos y empezó a moverlos como si estuviera removiendo algo denso, caliente.

—Estás para coger —dijo—. Para que te garchen como se te debe garchar: fuerte, sin piedad.

Camila se mordió el labio. No quería correrse. No todavía. Pero él conocía el cuerpo de las mujeres como si fuera su oficio. Sabía dónde tocar, cuándo apretar, cómo hacer que el placer doliera de tan intenso.

—Mirá para arriba —ordenó.

Ella obedeció. Y vio la luz del faro, girando, iluminando su cara, el techo, las paredes. Como si el mundo entero estuviera mirando cómo la follaban.

Él se sacó los pantalones. Se paró frente a ella. La tomó por las caderas.

—Agarrate de la mesa —dijo—. Y no te sueltes.

Camila obedeció. Entonces él entró. De una. Hasta el fondo. La llenó por completo. Ella gritó. No pudo evitarlo. La pija era grande, dura, y su concha, aunque mojada, no estaba acostumbrada a algo así.

—Callate —dijo él—. O te tapo la boca con la mano mientras te cogo.

Ella asintió. Cerró los ojos. Él empezó a moverse. Lento al principio, como si estuviera midiendo el espacio, probando el ritmo. Pero después, más fuerte. Más rápido. Cada embestida la hacía rebotar sobre la mesa, cada golpe de cadera la acercaba más al borde del orgasmo.

—¿Querés corrérte? —preguntó él, sin dejar de moverse.

Ella asintió.

—Dilo.

—Sí —jadeó—. Quiero corrérme.

—No. Dilo bien.

—Quiero que me dejes corrérme, por favor.

Él sonrió. Solo un segundo. Y entonces aumentó el ritmo. La cogió como si fuera a romperla, como si el mundo se fuera a acabar en ese momento. Camila sintió cómo el placer subía desde el culo, cómo le quemaba las piernas, cómo le explotaba en el vientre.

—Ahora —dijo él—. Corrérte ahora.

Y ella se vino. Fuerte. Con un grito que no pudo contener. Toda su concha se cerró alrededor de la pija, pulsando, exprimiéndolo.

Él no se detuvo. Siguió cogiéndola, más duro, hasta que sintió que él también se corría. Un gruñido profundo, un empujón final, y el calor de su semen llenándola por dentro.

Se quedaron así un momento. Ella sobre la mesa, él todavía adentro. La luz del faro seguía girando. Afuera, el mar rugía contra las rocas.

Él se sacó despacio. La tomó de la cara.

—No te limpies —dijo—. Que te quede.

Y se alejó hacia la ventana. Camila se quedó sentada, con las piernas abiertas, sintiendo cómo la humedad le bajaba por el muslo.

Sabía que no iba a volver a verlo. Y no importaba. Lo que había pasado allí, bajo la luz del faro, era suficiente. Era todo lo que necesitaba.

También en: DominaciónOralBDSM

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