La Luz del Alumbrado Público

La Luz del Alumbrado Público

@paula_invierno ·5 de junio de 2026 · ★ 3.8 (10) · 334 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que lo vi, el semáforo estaba en rojo y él esperaba con las manos en los bolsillos de su abrigo largo, los hombros un poco encorvados como si el mundo pesara más sobre ellos que sobre los demás. Tenía esa clase de silencio que no es de falta de palabras, sino de sobra de vivencias. Cuarenta y cinco, tal vez cincuenta. Los cabellos canosos peinados hacia atrás, la barba recortada con precisión de quien no se conforma con lo básico. Yo tenía veinticuatro, y el frío de la noche me hacía temblar los dedos, pero no por eso —sino por la forma en que me miró cuando cruzamos la acera.

Nos habíamos conocido en una lectura de poesía en una librería pequeña del Centro. Yo leí versos de Clarice Lispector que me temblaban en la garganta; él escuchó con los ojos clavados en los míos, como si supiera que no solo estaba leyendo, sino exponiéndome. Al final, me acercó un papel doblado con su número. No dijo nada. Solo me sonrió —una sonrisa que no prometía nada, pero que lo decía todo.

Esa noche, en su departamento en el piso diecisiete de un edificio viejo pero bien cuidado, la ciudad se extendía bajo nosotros como un río de luces. Tenía una copa de vino en la mano cuando entré, y la dejó sobre la mesa sin mirarla. Me tomó de la muñeca, no con urgencia, sino con una seguridad que me hizo soltar el aire.

—Te he imaginado —dijo, y sus palabras no sonaron vanidosas, sino simples, como si hubiera estado repitiéndolas en voz baja durante días—. Que te quiten la falda. Lentamente.

No me pidió permiso. Me lo dio. Me desabrochó el botón del cierre con los dedos grandes, hábiles, de hombre que trabaja con ellos: carpintero, me diría después. Sus uñas estaban cortas, limpias, pero con una línea oscura debajo que hablaba de años de madera y aceite. Me bajó la falda hasta las rodillas, sin apuro, mientras yo me deshacía de la blusa y él me tomaba los senos por primera vez: no con urgencia, sino con una atención que parecía medirlas, evaluarlos, recordarlos antes de tocarlos. Mis pezones se erguían, duros y sensibles, y él los apretó suavemente, uno por uno, mientras me inclinaba hacia adelante, mi frente contra su hombro.

—¿Sientes eso? —me preguntó, y sus dedos ya estaban dentro de mí, dos dedos, húmedos con mi propia humedad, moviéndose con un ritmo lento y seguro—. Esto no es juventud. Esto es conocimiento. Tú lo sientes porque ya lo sabías.

Me giré, le besé el cuello, mordí su piel con los dientes suavemente, y él suspiró, una nota grave que vibró en mi boca. Me levantó en brazos y me sentó sobre el mostrador de la cocina, frío contra mis espaldas. Se quitó la camisa, y vi su torso: ancho, con pelusas grises en el pecho, una cicatriz antigua cerca del ombligo, la piel tensa en los costados. Bajó las manos por mis muslos, me separó las piernas, y se quitó el pantalón y la ropa interior en un movimiento fluido. Su pene estaba tieso, grueso, la cabeza oscura y brillante, la piel ligeramente arrugada en la base como si hubiera estado esperando mucho tiempo.

—Te voy a hacer gozar como nunca —dijo, y me abrió las piernas más aún, se colocó entre ellas, rozó su punta contra mi entrada, ya húmeda, ya ansiosa—. Sin prisa. Hasta que me sientas dentro, hasta que no puedas decir mi nombre.

Se empujó dentro de mí con un solo movimiento, profundo, seguro. Grité, no por dolor, sino por la intensidad de sentirlo llenarme todo, estirándome con su tamaño, clavándose hasta la raíz. Él se detuvo, me miró a los ojos, y me acarició la cara con la palma, como si me estuviera midiendo, como si temiera que me rompiera.

—Dime si es demasiado —dijo, pero no parecía creerlo.

No le respondí. Le tomé la cara con las manos, lo tiré hacia mí y le mordí el labio. Él gimió, se sacudió, y empezó a moverse: lento al principio, como si midiera cada pulgada, luego con más fuerza, con un ritmo que hacía temblar el mostrador, que hacía que mi cabeza chocara contra el espejo del armario. Yo me aferraba a sus hombros, a su nuca, y me dejaba llevar, dejando que sus caderas me golpeen, que su cuerpo me empuje contra la dureza de la madera, que su aliento queme mi cuello.

—Tú no sabes lo que me haces… —me susurró, con la voz rota—. No sabes lo que me haces.

Cuando vine, lo hice con un grito ahogado, con sus dedos aún metidos dentro de mí, con su cuerpo sacudiéndose sobre el mío. Él me siguió segundos después, con un gemido grave que parecía salir de la tierra, con su pene palpitando dentro de mí, vertiendo su calor, su esencia, su historia.

Después, en la cama, con sus brazos alrededor de mí, escuché su corazón latir lento, firme. Fuera, la ciudad seguía respirando. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no sentí soledad. Sentí peso. Sentí tiempo. Sentí que alguien me había visto, de verdad, y había decidido quedarse.

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