La luz del aljibe
La casa de la quinta en Luján era vieja, de paredes gruesas y techos de teja rota por el tiempo. Había sido de la abuela de Lucía, y desde que murió, ella y sus amigas la usaban los fines de semana largos para escapar del humo de la ciudad. Ese sábado, el sol caía como un manto caliente sobre el patio de piedra, y el aljibe en el fondo, con su agua verde y quieta, brillaba bajo el mediodía.
Viviana llegó primero, con su carpa y su aire de no importarle nada. Tenía treinta y dos, el pelo negro hasta los hombros, los ojos claros que parecían ver más de lo que decían, y un culo que Lucía ya se imaginaba desnudo desde que le mandó la foto en bikini por WhatsApp.
—Che, ¿y tu marido? —preguntó Viviana, sentándose en la silla de hierro forjado, cruzando las piernas con desgano.
—Llega en un rato —dijo Lucía, sirviéndole un vino blanco—. Se quedó arreglando el auto.
—Claro —sonrió Viviana—. Siempre con excusas.
Lucía no respondió. Sabía que no era excusa. Marco llegaba tarde porque quería llegar con el clima encendido, con la tensión ya tensa. Era parte del juego.
Cuando Marco apareció, con su camiseta blanca pegada al pecho por el calor y los anteojos de sol colgando del cuello, Viviana lo miró como si lo midiera. Él le dio un beso en la mejilla, corto, y se sentó al lado de Lucía.
—Che, qué calor —dijo, sacándose la remera.
Tenía el torso lampiño, los pectorales marcados, el vello justo en el pecho, y el vientre duro. Viviana no dejó de mirarlo.
—Sí, parece que el aljibe nos va a salvar —dijo Lucía, y se paró—. Vamos a refrescarnos.
Las dos se sacaron la ropa despacio, como si estuvieran solas. Lucía en bikini negro, con la concha apenas tapada por la tela triangular; Viviana en uno rojo, más atrevido, con los pechos casi al aire. Marco las miró mientras se paraban al borde del aljibe.
—¿Vos no venís? —preguntó Viviana, sin mirarlo.
—Ahora —dijo él, y se sacó el pantalón corto.
Tenía la pija dura ya, envuelta en el bóxer gris. Se lo bajó con calma, y el miembro saltó, grueso, con la cabeza inflamada, la vena palpitando.
—Madre mía —dijo Viviana, sin disimular—. Qué piña tenés.
Marco sonrió. No dijo nada. Se metió al agua de un salto.
El aljibe era profundo, pero no tanto. El agua les llegaba a la cintura a los hombres, a la altura del pecho a las mujeres. Lucía se acercó a Marco, le pasó las manos por el pecho, mojada, resbaladiza.
—Vos sabés lo que queremos —le dijo al oído.
Él asintió.
Viviana se acercó por atrás, le pasó los brazos por la cintura, apretó su cuerpo contra el de él.
—¿Te gusta mirarnos? —preguntó, con la voz baja.
—Me gusta todo —dijo Marco, y tomó a Lucía por la nuca, la besó con fuerza, lengua adentro, mordiendo.
Viviana se pegó más, le pasó la mano por el culo a Lucía, le metió los dedos entre las nalgas, rozó el ano con la yema. Lucía gimió en la boca de Marco.
—Dale, Viviana —dijo él—. Metele los dedos.
Y ella no se hizo rogar. Le bajó el elástico del bikini, le abrió la concha con dos dedos, y empezó a moverlos, despacio, mientras le mordía el hombro.
—Tenés la concha hinchada, Lucía —dijo Viviana—. Se te nota el clítoris, parado como un clavo.
Marco la miró, y vio cómo los dedos de Viviana entraban y salían, cómo el agua se teñía de rosa.
—Ahora yo —dijo, y se apartó.
Tomó a Viviana por los hombros, la dio vuelta, le bajó el bikini de un tirón. Tenía las nalgas firmes, redondas, con un hoyito en el medio que invitaba.
—Abrite —le dijo.
Ella se dobló un poco, separó las piernas. Marco le metió dos dedos en el culo, despacio, con saliva en los dedos, y después se los metió en la concha.
—Estás mojada —dijo—. Bien mojada.
—Claro que sí —dijo ella, jadeando—. Hace rato que quiero esto.
Lucía se acercó, se puso de rodillas en el agua, tomó la pija de Marco con la mano, se la llevó a la boca.
—No, no —dijo él—. Hoy no es para eso.
La paró, la levantó, la pegó contra la pared del aljibe.
—Vos primero —dijo.
Le levantó una pierna, le abrió la concha con los dedos, y metió la punta de la pija.
—Dale, cogé —dijo Viviana, que miraba desde atrás.
Marco empujó, despacio, hasta que estuvo entero. Lucía gritó, el agua se movió, las hojas de los árboles temblaron.
—Qué ancha que me tenés —dijo ella, con la voz quebrada—. Me estiras toda.
Él empezó a moverse, lento, profundo, saliendo casi entero, entrando de golpe.
—Mirá cómo la coge —dijo Viviana, tocándose la concha con una mano, el pecho con la otra—. Mirá cómo se le hincha la concha.
Marco no aguantó más. Se salió, tomó a Viviana, la puso contra la pared.
—Ahora vos —dijo.
Ella se abrió sola, con los dedos, le mostró el agujero, rosado, palpitante.
—Dale, Marco. Cogéme.
Él entró sin preparación, de un empujón. Viviana gritó, alto, como un animal.
—Sí, sí, así —gimió—. Me llenás todo.
Lucía los miraba, se tocaba la concha con dos dedos, se mordía el labio.
—Che, quiero verlo en tu culo —dijo, de pronto.
Marco la miró.
—¿En serio?
—Sí —dijo ella—. Quiero verte cogerle el culo.
Viviana sonrió, se dio vuelta, se agachó un poco, le mostró el ano, chico, rosado, ya húmedo.
—Dale, Marco. Mostrale cómo garchás.
Él se puso detrás, escupió en la mano, se frotó la pija, se acercó.
—Vos mirá bien —dijo Lucía, pegada a la pared, con los dedos dentro de la concha.
La primera presión fue lenta. La cabeza entró, se abrió paso. Viviana gritó, pero no se movió.
—Dale, dale —dijo Lucía—. Metéselo todo.
Y Marco empujó. La pija entró entera, de golpe.
—¡Ahhh! —gritó Viviana, con los ojos cerrados, el pelo mojado pegado a la cara.
Marco empezó a moverse, lento al principio, después más fuerte, más rápido. El agua del aljibe se agitaba con cada empujón, las gotas saltaban como chispas.
—Mirá cómo se le abre el culo —dijo Lucía—. Mirá cómo se lo estiras.
Y era cierto. El ano de Viviana se abría y cerraba con cada embestida, como una boca hambrienta.
Marco no aguantó más. Se salió, se paró en el centro, se agarró la pija con la mano, empezó a masturbarse.
—Dale, vos —dijo Lucía—. Vení acá.
Se puso de rodillas en el agua, abrió la boca, y cuando la pija estalló, tomó todo el esperma en la boca, sin perder una gota.
Viviana se acercó, le pasó la lengua por el mentón, le quitó lo que quedaba.
—Qué rica que estás —dijo.
Marco se dejó caer en el agua, respirando fuerte.
El sol empezaba a bajar. El aljibe volvía a estar quieto.
Nadie habló. No hacía falta.
Todo había sido dicho con los cuerpos.
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