La luz de las cinco

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El sol se estaba yendo de costado, arrastrando la tarde por los techos de chapa de la vieja estación de tren. Las nubes se achataban sobre el horizonte como algodón sucio, y el aire, espeso y tibio, olía a hierba mojada y carbón quemado. En el banco de madera desvencijado, él la vio por primera vez. No era joven, pero tampoco vieja. Tenía esa edad incierta de las mujeres que el tiempo las cuida sin prometerles eternidad. Llevaba un vestido celeste claro, de esos que se pican en los hombros, y unas sandalias gastadas que dejaban al descubierto unos pies delgados, con las uñas pintadas de un rojo oscuro, casi granate.

Él estaba sentado a unos metros, con un libro entre las manos que no leía. Fumaba un cigarrillo sin apuro, mirando el andén vacío. Había llegado allí por casualidad, escapando de una reunión que se le había hecho eterna, y ahora no tenía ganas de volver. Ella, en cambio, parecía esperar algo. O a alguien. O quizás no esperaba nada, y solo estaba allí, como si el lugar la hubiera atrapado en su inercia.

Él la miró. No con descaro, sino con esa mirada lenta que se toma su tiempo, que no pide permiso. Y ella, en vez de bajar los ojos, le sostuvo la mirada. No sonrió, no se movió. Solo lo miró. Y en ese instante, sin decirse nada, algo cambió. Como si el aire se hubiera espesado más, como si el tiempo hubiera dejado de correr en línea recta.

Pasaron unos minutos. Largas pausas de silencio, donde el único sonido era el crujido de las ramas en el viento y el zumbido lejano de un tren que no llegaba. Hasta que ella se paró, despacio, como si se despegara de algo pesado, y caminó hacia la máquina expendedora de gaseosas. Él la siguió con los ojos. El vestido le rozaba las rodillas, y el viento le movía el pelo, castaño claro, con reflejos que el sol agonizante hacía brillar.

Cuando ella volvió, se sentó más cerca. No demasiado. Pero lo suficiente como para que él sintiera el calor que despedía su cuerpo. Ella abrió la lata de gaseosa con un chasquido seco, bebió un sorbo, y dijo sin mirarlo:

—¿Vos también esperás a que pase algo?

Él la miró. Sonrió apenas, con los ojos más que con la boca.

—No sé. A veces pienso que ya pasó todo, y estoy recién enterándome.

Ella lo miró de costado, con una sonrisa leve, apenas un movimiento en la comisura.

—A mí me pasa al revés. Siento que todavía no pasó nada. Que todo está por venir.

Hubo otro silencio. Pero ya no era incómodo. Era el silencio de dos personas que empiezan a reconocerse, sin saber bien por qué.

—¿Te quedás mucho rato acá? —preguntó él.

—Hasta que se haga de noche. Me gusta esta hora. La luz de las cinco. No es de día, pero tampoco de noche. Es como si todo estuviera en suspenso.

—Yo también me quedo. Si no te molesta.

—No me molesta —dijo ella—. Al contrario.

Él cerró el libro y lo dejó a un lado. No iba a leer más. No con ella allí.

Se quedaron mirando el cielo, que ahora se teñía de un anaranjado denso, como si el sol se hubiera derramado. Ella cruzó las piernas despacio, y él vio cómo el vestido se le subía un poco, dejando al descubierto la piel de los muslos, suave, con un vello fino que el sol hacía brillar. No dijo nada. Solo miró. Y ella, que lo sabía, no se corrió.

—¿Vivís por acá? —preguntó él.

—Cerca. En una casa vieja, al fondo de un pasaje. ¿Y vos?

—En un departamento del centro. Frío, con aire acondicionado que nunca sirve.

—¿Y por qué no te mudás?

—Porque no encontré el lugar. Hasta hoy.

Ella lo miró. Esta vez con más intensidad. Como si hubiera escuchado algo que no se dice todos los días.

—¿Y si te digo que vengas a ver mi casa? No es gran cosa, pero tiene luz de las cinco todos los días.

Él no respondió con palabras. Solo se paró, le ofreció la mano. Ella la tomó. Y juntos caminaron por las calles vacías, entre casas bajas y árboles altos, sin decirse mucho, pero con una tensión creciente en el aire, como si cada paso los acercara a algo inevitable.

La casa era de ladrillos vistos, con una puerta azul desgastada por el sol. Adentro, todo olía a madera vieja, a incienso apagado, a flores secas. Ella encendió una lámpara de pie, y la luz amarilla se esparció por el living, lleno de libros, cuadros pequeños y una alfombra raída.

—Es acá —dijo, como si presentara un mundo.

Él se quedó parado en el medio, mirando todo. Pero sobre todo a ella.

—Es hermoso.

—Sentate —dijo ella—. ¿Querés algo de tomar?

—No. Solo vos.

Ella se quedó quieta. Luego se acercó. Sin apuro. Despacio, como si midiera cada movimiento. Él la miró subir sobre el sillón, sentarse a horcajadas sobre sus piernas. El vestido se le subió más, y él sintió el calor de su concha a través de la tela del pantalón.

—¿Te importa si…? —dijo ella, y sin esperar respuesta, le desabrochó el botón del pantalón.

Él no se movió. Solo la dejó hacer. Ella bajó la cremallera con cuidado, como si desempacara algo preciado. Y cuando sacó su pija, dura, gruesa, con una vena que latía en el costado, la miró con una mezcla de ternura y deseo.

—Es hermosa —dijo.

Y entonces, sin más, se la llevó a la boca.

Él cerró los ojos. Sintió el calor húmedo de su boca, la lengua que recorría la cabeza, el paladar que lo acariciaba. Ella no tenía prisa. Lo chupaba despacio, con movimientos largos, como si quisiera saborearlo todo. Él le puso una mano en la nuca, sin forzar, solo sosteniéndola, sintiendo el pelo suelto, el olor de su piel.

—Pará —dijo él, con la voz ronca—. Si no, voy a venirme.

Ella se detuvo, lo miró. Tenía un poco de saliva en la comisura, y una sonrisa tímida.

—No quiero que pares —dijo él—. Pero quiero verte.

La ayudó a pararse, y entre los dos se deshicieron del vestido. Quedó desnuda, con el cuerpo delgado, las tetas pequeñas pero firmes, con los pezones oscuros, erguidos. El vello de la concha era oscuro, ralo, y brillaba con la luz amarilla. Él se puso de pie, se sacó el pantalón, la camisa, los calzoncillos. Y cuando estuvo desnudo, la tomó de la cintura y la llevó al sillón.

—¿Querés que te coja? —le dijo al oído.

—Sí —dijo ella—. Pero despacio.

Él la besó. Un beso largo, profundo, con lengua, con ansia, pero también con cuidado. Luego le acarició los pechos, los mordió suave, sintiendo cómo se endurecían más. Bajó con la boca por el vientre, besó el ombligo, el borde del vello púbico. Y entonces, sin avisar, le abrió las piernas y le hundió la cara en la concha.

Ella gritó. Un grito corto, ahogado. Él la chupó con devoción, con lengua, con dedos, separándole los labios, buscando el clítoris hinchado. Ella se retorcía, le agarraba el pelo, gemía sin control.

—Sí… sí… así… no pares…

Él no paró. Siguió hasta que la sintió temblar, hasta que el cuerpo se le sacudió en un orgasmo largo, profundo, que la dejó jadeando, con los ojos cerrados, la boca abierta.

Cuando se calmó un poco, él la miró.

—¿Listo para más?

—Sí —dijo ella—. Pero ahora quiero verte.

Se paró, lo tomó de la pija, lo llevó al dormitorio. La cama era ancha, con sábanas blancas, un poco arrugadas. Ella se acostó de espaldas, abrió las piernas.

—Vení. Cogéme.

Él se acostó encima, le besó el cuello, los hombros, mientras guiaba la pija a la entrada de la concha. Entró despacio, con cuidado, como si no quisiera romper nada. Ella se quejó de placer, le clavó las uñas en la espalda.

—Dentro… más adentro…

Él empezó a moverse. Lento al principio, con empujones largos, llenándola por completo. Ella gemía, le mordía el hombro, le decía cosas al oído: "más", "así", "no pares". Él sentía el calor envolviéndolo, la presión de su concha, el ritmo que se iba acelerando.

—¿Te gusta? —le preguntó él.

—Me encanta —dijo ella—. Me gusta todo de vos.

Él sintió algo en el pecho. No solo deseo. Algo más. Como si esa frase, dicha en ese momento, lo hubiera atravesado.

Siguió moviéndose. Más fuerte, más rápido. Ella levantó las piernas, se las puso en los hombros, y él entró más profundo. El sonido de sus cuerpos chocando, los gemidos, el crujido de la cama, todo se mezclaba con la luz de las cinco, que ahora entraba por la ventana, tenue, casi mágica.

—Voy a venirme —dijo ella—. No pares… no pares…

Y cuando llegó, gritó su nombre. Un nombre que él no le había dicho, pero que ella supo de alguna manera. Y él, al sentir cómo se contraía alrededor de su pija, no aguantó más. Se corrió dentro, con un gemido ronco, largo, como si se vaciara por completo.

Se quedaron quietos. Ella con los ojos cerrados, él encima, respirando con dificultad. Luego, él se sacó despacio, se acostó a su lado, la abrazó.

—¿Te quedás a dormir? —preguntó ella.

—Sí —dijo él—. Si me dejás.

—Te dejo.

Y se quedaron así, abrazados, mientras la luz de las cinco se iba apagando, y la noche los envolvía sin apuro. No dijeron más nada. No hacía falta. Todo lo que tenían que decirse ya lo habían dicho con los cuerpos, con los ojos, con el silencio.

Fuera, el mundo seguía. Pero allí, en esa casa vieja, con el olor a sexo y a madera, todo estaba en suspenso. Como si el tiempo hubiera encontrado su lugar. Como si, por fin, algo hubiera pasado.

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