La luz de la pantalla

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

A veces, el cuerpo aprende a hablar antes que la mente. Yo lo descubrí en una noche de junio, cuando el aire en mi habitación se volvió espeso, denso, como si la ciudad entera respirara conmigo. Había aceptado la videollamada de Clara sin pensarlo dos veces —no, eso no es cierto— la acepté porque su nombre apareció en la pantalla y, por alguna razón que aún no entiendo, mi pulgar no dudó.

Ella ya me había enviado fotos: una de sus manos apoyadas sobre una taza de té humeante, otra de sus pies descalzos sobre el suelo de madera de su departamento en Guadalajara. Pero nada se compara con verla en vivo, con el reflejo de la luz cálida de su lámpara de escritorio dibujando sombras suaves en su rostro. Llevaba una blusa blanca abierta sobre una camiseta fina, y sus cabellos, oscuros y ondulados, caían como una cortina sobre un hombro.

—¿Te importa si dejo la luz así? —preguntó, con una sonrisa contenida—. Me gusta verte cuando te miro.

Le dije que no, y sentí que mis dedos se crispaban contra el borde de la mesa. No por vergüenza, sino por la tensión que ya comenzaba a correr por mis venas, lenta, espesa, como miel calentada al fuego.

—¿Y si me quitara la blusa? —sugirió, y su voz, suave pero con un filo de seguridad, me hizo tragar saliva.

No respondí con palabras. Solo asentí, con la mirada fija en su cuello, en la curva de su clavícula que se mostraba ahora, al desabotonar con lentitud los tres primeros botones. El movimiento era deliberado, sin apuro, como si cada gesto fuera una palabra escrita con caligrafía antigua.

—¿Y si ahora te quitara la camisa? —me preguntó, mientras yo ya tenía una mano bajo la mesa, rozando el borde del pantalón.

—Estás jugando con fuego —murmuré, pero no era una queja. Era una confesión.

—Tú también —respondió, y sus ojos bajaron un instante, como si supiera lo que hacía con mi cuerpo aunque no pudiera verlo.

Bajé la mirada, lentamente, y sentí que ella lo hacía también, porque su respiración cambió. Se oyó más profunda, más presente. Yo me levanté, lentamente, y dejé la camisa sobre la silla. No era teatro, no era show. Era un lenguaje que habíamos empezado a inventar juntos.

—¿Te parece si me acuesto un poco más en la cama? —dijo ella, y se reclinó contra los almohadones, sin perderme de vista—. Me gusta sentir tu peso sobre mí… aunque sea a distancia.

Y entonces, con la cámara aún encendida, me deslicé la camiseta por la cabeza, lentamente, y ella me siguió con la mirada, paso a paso, como si cada centímetro de piel que descubría fuera un mapa que querría volver a recorrer en persona.

—Ahora… —susurró—, ¿puedes ponerte de rodillas?

No lo dudé. Bajé con calma, sentí el suelo frío bajo mis genillas, y la vi sonreír, con los labios entreabiertos, los ojos cerrados un instante, como si saboreara el momento.

—Ahora… apaga la luz.

Lo hice. Y en la penumbra, con solo el destello de su pantalla iluminando mi rostro, sentí su respiración mezclarse con la mía, como si estuviéramos en la misma habitación, como si sus dedos estuvieran rozando mi cuello, como si su cuerpo estuviera tan cerca que podía sentir el calor de su piel aunque no la tocara.

La luz de la pantalla seguía encendida. Y en esa luz, entre sombras y silencios, nos encontramos.

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