La luz de atrás

@sombra ·19 de mayo de 2026 · ★ 4.0 (14) · 895 lecturas

La casa respiraba en silencio, pero no dormía. Vos no dormías.

Eran las dos y cuarto de la mañana y el calor de Buenos Aires colgaba espeso del techo, como un manto que no perdonaba. Afuera, el asfalto retenía el día que se fue, y adentro, el ventilador giraba sin prisa, moviendo aire tibio que no enfriaba nada. Solo removía el deseo.

Vos estabas sentado en el borde de la cama, desnudo desde hacía rato. No te habías acostado aún. No tenías sueño. Tenías otra cosa. Algo más bajo, más oscuro. Algo que te subía desde el vientre y te apretaba la garganta sin decir palabra.

Encendiste un cigarrillo sin prisa, la llama del encendedor iluminó tu pecho, el vello oscuro, el tatuaje chico en el costado, ese que nadie ve si no se lo mostrás. Aspiraste hondo, y el humo salió lento, como si tu cuerpo también se negara a apurarse.

Miraste el espejo. No el de la ropa, ese que te mostraba entero. El otro. El chico, colgado atrás de la puerta del placard, donde solo entraba la luz de costado, desde la lámpara de noche. Ahí, tu cuerpo no se veía entero. Solo fragmentos: una nalga, el inicio de la concha, el hueco del cuello. Y vos querías eso. Lo que no se ve entero. Lo que se insinúa.

Apagaste el cigarrillo sin terminarlo. No te importó.

Te paraste. Caminaste descalzo sobre el piso frío, aunque no estaba frío. Solo querías sentir el contraste. Llegaste al espejo. No te miraste la cara. Miraste abajo. Tu pija, floja todavía, pero viva. Solo con estar parado ahí, con el aire rozando el vello del pubis, con el silencio que no era silencio, sino tensión, ya empezaba a despertar.

Te tomaste con una mano. Suave. Como si no quisieras forzar nada. Como si le estuvieras pidiendo permiso.

—Vení —dijiste, en voz baja. Como si hablases con alguien que no estaba. O sí.

La piel empezó a ceder. La sangre bajó. La pija se irguió lento, como si también tuviera sueño, como si necesitara persuasión. Y vos se la dabas. Con el pulgar, apenas, rozando la punta. Nada más.

Volviéndote al espejo, separaste las piernas. No mucho. Lo justo para que el reflejo mostrara lo que valía la pena. El culo, abierto apenas por la postura. La concha, húmeda ya, aunque no te hubieras tocado ahí todavía.

Te miraste. Y te gustó lo que viste. No por vanidad. Por poder. Por saber que vos, solo, podías encender eso. Que no necesitabas a nadie. Que el placer era tuyo, entero, sin pedir permiso.

Levantaste una mano y te tocaste el cuello. Después el pecho. Un pezón. Después el otro. Todo lento. Como si estuvieras esperando a que el cuerpo se rindiera. Y él, claro, se rendía.

Bajaste. Con dos dedos, te abriste la concha. La miraste en el espejo. Rosada. Hinchada. Lista.

—Mirá cómo estás —dijiste, y fue un reproche y un elogio al mismo tiempo.

Introdujiste un dedo. Solo uno. Hasta el fondo. Sin apuro. Lo dejaste ahí. Moviéndolo apenas. Como si estuvieras esperando a alguien que llegaba tarde.

Sacaste el dedo. Lo miraste. Brillaba. Lo llevaste a la boca. Lo chupaste.

Entonces, con la otra mano, volviste a la pija. Esta vez, con más fuerza. Arriba y abajo. Rápido. Pero no tanto. No querías que terminara. Querías que durara.

El espejo devolvía tu imagen partida: el culo apretado, la espalda curvada, la boca entreabierta. Y vos, en el medio, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el calor subía, cómo el vientre se tensaba, cómo todo se cerraba y se abría al mismo tiempo.

No gritaste. No hiciste ruido. Solo el gemido quedó adentro, como si no quisieras que nadie más lo escuchara.

Cuando terminaste, te dejaste caer en el piso. Respirando fuerte. Sudado. Satisfecho.

El espejo seguía ahí. Oscuro ya.

Pero vos sabías que, en algún rincón de la casa, la luz de atrás todavía ardía.

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