La luna en la cadera de Juana
La noche en Medellín se le había quedao encima como un velo mojao, espeso y dulce, cuando Sebastián dobló por la callejuela de piedra que llevaba a la casa de Juana. El aire olía a jazmín y a humedad de montaña, y las luces de los faroles temblaban como si tuvieran miedo de lo que iba a pasar. Él traía el saco en el hombro, la camisa desabotonada hasta el pecho, y el pito ya medio tieso, no por lujuria barata, sino por la certeza de que esa mujer no era cualquiera.
Juana lo esperaba en el balcón, envuelta en un vestido de seda color vino que le marcaba el culo como una segunda piel. No se movió cuando lo oyó llegar. Solo alzó la copa de vino tinto y bebió sin prisas, dejando que el líquido le brillara en los labios como si fuera sangre de fruta.
—Llegaste tarde, muchacho —dijo sin voltear, con esa voz que parecía salirle del fondo del estómago, como si el deseo ya le hubiera empezado a hervir.
—Y tú, como siempre, me esperabas con el alma encendida —respondió Sebastián, subiendo los escalones de piedra con paso lento, seguro.
Ella por fin se giró. Tenía los ojos negros, profundos, y una mirada que no perdonaba. Su pelo, crespo y largo, le caía por la espalda como una ola de noche. Sebastián sintió un escalofrío que le bajó hasta los huevos.
—¿Y ahora? —preguntó ella, bajando la copa—. ¿Otra vez con tus palabras bonitas pa’ entrar?
Él se acercó despacio, sin responder con la boca, sino con las manos. Le tomó la cara con ambas palmas, le metió la lengua en la boca como si le fuera la vida, y ella se dejó, pero no se doblegó. Al contrario, le mordió el labio, le sacó sangre.
—Eso duele —susurró él, separándose apenas.
—Y tú te creías que no —dijo ella, limpiándole el hilillo rojo con el dedo pulgar.
Lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó adentro. La casa olía a incienso y a piel sudada de otros encuentros. No encendió la luz. Solo lo empujó contra la pared del pasillo y le desabrochó el pantalón con una sola mano.
—¿Y este pito que se me queda tieso cada vez que me miras? —le dijo al oído, mientras le sacaba el miembro caliente y lo acariciaba con lentitud—. ¿Tanto te pongo, güevón?
Sebastián no respondió. Solo apretó los dientes y le puso una mano en la nuca, obligándola a bajar. Juana se arrodilló sin que se lo pidiera, como si ya supiera el camino. Le metió el pito entero en la boca, sin asco, sin prisa, como si estuviera rezando. Lo chupó con devoción, con fuerza, con rabia.
—Así… así, mi negra… —murmuró él, con la cabeza pegada a la pared, los ojos cerrados, el corazón a punto de reventar.
Ella se detuvo de pronto, se levantó, se sacó el vestido por la cabeza y quedó desnuda. No tenía un cuerpo de revista, no. Tenía caderas anchas, tetas caídas, un culo que parecía hecho pa’ que un hombre se perdiera en él. Y Sebastián se perdió. La tomó por las nalgas, la alzó contra la pared, y sin pedir permiso, le metió el pito hasta el fondo.
—¡Ay, carajo! —gritó ella, pero no de dolor, sino de placer puro, de sorpresa, de victoria.
Se movieron como si llevaran años ensayando. Él la sostenía con fuerza, ella le clavaba las uñas en los hombros, y entre sudor y jadeos, el aire del pasillo se volvió denso, caliente, como si el mundo entero se hubiera encendido.
—No pares… no pares, mi vida —le rogó ella, con la voz quebrada, los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza, sino de algo más profundo.
Él no paró. Siguió embistiéndola, mirándola a los ojos, viéndola temblar, viéndola abrir la boca como si fuera a gritarle al cielo. Y cuando ella se corrió, con un gemido largo que parecía un lamento, Sebastián también se vino, adentro, con fuerza, como si le entregara algo más que semen.
Cayeron al suelo juntos, sudados, agitados, el corazón a mil. Juana le puso la cabeza en el pecho y él le acarició el pelo, sin hablar.
—Esto no es solo sexo, ¿verdá? —preguntó ella, con voz baja.
—No —respondió él—. Esto es chimba. Pura chimba.
Y en la penumbra del pasillo, con el vino derramado y la ropa regada, supieron que aquello no tenía nombre, pero que valía más que cualquier palabra.
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