La lluvia y el perfume de saúco

La lluvia y el perfume de saúco

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del café *El Rincón Secreto*, un lugar pequeño y acogedor en el corazón de Medellín, donde el aroma del café recién molido se entrelazaba con el frescor del jazmín que crecía en las macetas de la terraza. Lucía estaba sentada junto a la ventana, con las manos alrededor de su taza de té de manzanilla, mirando cómo las gotas deslizaban senderos por el vidrio. Llevaba un vestido largo de gasa morada, ajustado en la cintura y abierto hasta la mitad del muslo, que se movía con una ligereza casi danzante cada vez que giraba ligeramente en su silla.

—Disculpa si tardé —dijo una voz suave, casi tímida.

Lucía alzó la vista y encontró los ojos de Marta: oscuros, profundos, con un brillo que parecía contener un secreto. Llevaba una blusa blanca holgada, abierta hasta el tercer botón, y una falda plisada negra que le acercaba la cintura con elegancia. Su cabello, largo y ondulado, aún goteaba ligeramente por las puntas.

—No te disculpes —sonrió Lucía—. La lluvia es un buen pretexto para esperar.

Marta se sentó frente a ella, dejando sobre la mesa una bolsa de papel marrón.—Traje algo —dijo—. No sé si te gustará.

—Claro que me va a gustar —respondió Lucía, con una sonrisa que no llegó a los labios, sino que se quedó flotando en el aire entre ambas—. Siempre me gustan tus sorpresas.

Marta abrió la bolsa y sacó una botella pequeña, de vidrio oscuro, con un líquido translúcido que olía a flores silvestres y tierra mojada.

—Es perfume de saúco —explicó—. Lo hice yo misma. Con los racimos que crecen tras el jardín de mi abuela.

Lucía tomó la botella entre sus dedos, dejando que el frío del vidrio rozara la piel de sus muñecas. Se acercó el cuello, apenas un susurro de perfume, y cerró los ojos. Respiró hondo.

—Tú haces que todo se sienta más lento —dijo, sin abrir los párpados—. Como si el tiempo se hubiera olvidado de correr.

Marta la miró en silencio, y por un instante, el mundo se redujo a los latidos que se escuchaban más fuerte en sus propias orejas. La lluvia se volvió más leve, como si también respetara lo que sucedía allí.

—¿Te importa si…? —Marta extendió la mano, pero se detuvo a medio camino, como si temiera romper algo frágil.

Lucía abrió los ojos. No dijo nada. Solo tomó la mano de Marta con suavidad, y la llevó hasta su cuello, donde la piel era más sensible.

—Aquí —susurró—. Donde late más fuerte.

Marta apoyó la palma contra su garganta, sintiendo el calor, el ritmo, la urgencia contenida. Lucía inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndose, pero sin prisa. Su otra mano subió lentamente por el brazo de Marta, hasta el hombro, y luego hasta su cabello, que oliía a humedad y a promesas.

—¿Quieres que pare? —preguntó Marta, voz apenas audible.

Lucía sonrió, esta vez con los labios.

—No —dijo—. Solo sigue.

Y entonces, entre sorbos de té frío, gotas de lluvia en las ventanas y el perfume de saúco que se elevaba como un velo entre ambas, el silencio se volvió más denso, más cargado. No hubo besos apresurados, ni gestos bruscos. Solo el rozar de una frente contra otra, los dedos entrelazados, y la certeza de que, por fin, habían encontrado un lugar donde no tenían que explicar quiénes eran. Solo sentir.

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