La lluvia nos encontró en la biblioteca

La lluvia nos encontró en la biblioteca

@santiago_vera ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (23) · 138 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia comenzó a las cinco y veinte de la tarde, justo cuando Clara cerraba la última copia de *El amor en los tiempos del cólera* en la mesa de prestamos. Fuera, el cielo se deshacía en gotas gruesas y lentas, como si el tiempo mismo se hubiera vuelto pesado. Santiago, el nuevo encargado de mantenimiento, apareció en el umbral con el pelo empapado, la camisa clara pegada al pecho, los pantalones oscuros manchados por el charco del sendero.

—Perdón —dijo, sacudiendo los cabellos como un perro—, ¿puedo esperar aquí un rato?

Clara asintió. No por cortesía, sino porque ya lo había notado antes: la forma en que sus ojos se detenían un segundo de más en los estantes de poesía, el modo en que siempre dejaba caer una moneda en la caja de donaciones —aunque no comprara nada—, el silencio que le acompañaba, como si temiera romper algo invisible. Esa tarde, sin embargo, el silencio se volvió más denso, más cargado. Las nubes habían oscurecido el último resplandor del atardecer y la biblioteca, con sus linternas antiguas de latón, parecía un refugio de otro tiempo.

—¿Te pasas muchas tardes aquí? —preguntó Santiago, acercándose lentamente, como si temiera asustarla. Se detuvo a un metro, lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor que emanaba de su cuerpo, el olor a lluvia y jabón de coco.

—Sí —respondió ella, bajando la mirada un instante, pero no lo suficiente como para ocultar el rubor que le subía por las mejillas—. Es tranquilo.

—Sí —asintió él, y esta vez no añadió nada más. Simplemente se quedó mirándola, con una sonrisa apenas perceptible, como si hubiera descubierto un secreto que ella misma no sabía que guardaba.

Clara se levantó. Caminó hasta el estante de clásicos y sacó un libro: *Cien años de soledad*, la edición de tapa blanda, con las esquinas redondeadas por el tiempo. Se lo tendió sin decir palabra.

Santiago lo tomó, y sus dedos se rozaron. Un instante breve, pero suficiente para que ambos sintieran el mismo estremecimiento —él, un escalofrío que le recorrió la columna; ella, un calor que le apretó el vientre y le hizo contrajera el aire entre las piernas.

—¿Te gustan las historias que terminan bien? —le preguntó ella, la voz un poco más baja, más suave, como si estuviera confesando algo.

—Depende —respondió él, acercándose otro paso. Ya estaba a menos de treinta centímetros—. Si las terminaciones tienen sabor a sal y miel, sí.

Clara no respondió. Solo inclinó la cabeza y levantó la mano. Con la punta de los dedos, trazó una línea imaginaria desde la base de su cuello hasta el hueco entre sus clavículas, donde la camisa mojada brillaba ligeramente. Él no se movió. Ni siquiera respiró.

—¿Y si te digo que esta historia aún no ha terminado? —susurró ella.

Él tomó su mano, la giró con suavidad, y presionó su frente contra su palma. Su respiración se volvió audible, entrecortada. Clara sintió el calor de su piel, el latido de su muñeca, el peso de su deseo contenido.

—Entonces —dijo Santiago, levantando la cabeza, sus ojos oscuros clavados en los de ella—, quédate conmigo hasta que termine.

Clara no respondió con palabras. Solo inclinó el rostro y tocó sus labios con los suyos. Fue un beso lento, casi tímido al principio, pero con una urgencia que creció con cada segundo. Él la atrajo hacia sí, una mano en su cintura, la otra en su nuca, y el libro se cayó al suelo con un golpe sordo que neither de ellos escuchó.

Fuera, la lluvia seguía cayendo, pesada y continua. Pero dentro de la biblioteca, entre los estantes de papel y tinta, el tiempo se detuvo. El cuerpo de Clara se pegó al de Santiago, y él sintió cómo sus pechos, firmes y cálidos, se hundían contra su pecho, cómo su entrepierna se presionaba contra su muslo, cómo su respiración se volvía entrecortada al tiempo que el de ella.

Clara separó un momento su boca para apoyar la frente contra la suya.

—¿Tienes miedo? —le preguntó.

—No —mintió él.

—Yo sí —dijo ella—. Pero quiero seguir.

Y entonces, entre besos y dedos temblorosos, se despojaron de lo superfluo: la chaqueta de ella, la camisa de él, los zapatos. Él la llevó hasta una mesa baja, al fondo del local, donde los rayos de luz amarillenta de las lámparas dibujaban sombras largas y suaves. La desnudó con lentitud, cada botón, cada cierre, como si cada gesto fuera un juramento. Y cuando por fin vio su cuerpo —pechos redondos y firmes, vientre plano, muslos suaves—, no se apresuró. Solo la miró, con la respiración contenida, y luego bajó los labios hasta su clavícula, hasta el hueco de su cuello, hasta la curva de su hombro.

—Tú me miras como si me pudieras leer —susurró ella.

—Sí —dijo él, apartándose un instante para verla—. Y lo que leo me mata de ganas.

Clara sonrió, y por primera vez, esa sonrisa llegó a sus ojos. Le abrió las piernas, y él se deslizó entre ellas, sintiendo el calor húmedo y expectante de su sexo. Se frotó contra ella, su pene ya

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@santiago_vera

Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

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