La lluvia en su piel
8 minLa lluvia en su piel
La habitación olía a tabaco viejo, a sudor ligero y a la piel húmeda del verano que se colaba por la ventana entreabierta. No había aire acondicionado, solo un ventilador viejo que giraba con lentitud, cortando el aire espeso como si fuera mantequilla derretida. Fuera, la lluvia comenzaba a caer sobre el techo de lámina, un repiqueteo suave que se mezclaba con la respiración agitada de Valeria, tumbada boca arriba sobre la cama deshecha, con las piernas ligeramente separadas y los muslos temblando.
Era su primera vez. No la primera vez que se tocaba, claro que no. Había pasado cientos de noches frente al espejo, estudiando su cuerpo, descubriendo cómo se le endurecían los pezones con solo rozarlos con la yema de los dedos, cómo se le hinchaba el clítoris al frotarlo con presión, cómo se le abrían los labios menores cuando estaba excitada. Pero esta era la primera vez que alguien más iba a tocarla. No con ropa, no por encima, no fingiendo. Esta vez sería dentro. Esta vez sería carne con carne, piel con piel, humedad con humedad.
Martín estaba arrodillado frente a ella, desnudo desde la cintura para abajo. Su pene, largo y grueso, apuntaba hacia arriba, con la punta hinchada y brillante por el líquido preseminal. Valeria no podía dejar de mirarlo. No por miedo, sino por fascinación. Era grande, más de lo que había imaginado, y la idea de que algo así fuera a entrar en ella la llenaba de un terror dulce, una mezcla de ansiedad y deseo que le corría por las venas como veneno caliente.
—¿Estás segura? —preguntó Martín, con la voz ronca.
Ella asintió, sin poder hablar. Tenía la garganta seca, pero la boca húmeda. Se mordió el labio inferior y asintió otra vez, más fuerte esta vez.
Martín subió a la cama, gateando como un animal, lento, con los ojos clavados en los de ella. Le apartó el cabello mojado de la frente con ternura, luego bajó la mano hasta su cuello, luego hasta sus pechos. Los tomó con ambas manos, los levantó, los apretó. Valeria gimió. No fue un gemido suave, fue un jadeo áspero, como si le hubieran quitado el aire. Sus pezones, oscuros y duros como botones de cobre, se clavaron en las palmas de Martín.
Él bajó la cabeza y se metió uno en la boca. Lo chupó con fuerza, con hambre. No fue delicado. Le mordió el pezón, apenas, solo un pellizco rápido que la hizo arquear la espalda. Luego pasó al otro, lo lamió en círculos, lo succionó hasta que Valeria creyó que iba a correrse solo con eso.
—Para… —jadeó—. Para, por favor, si no…
—¿Si no qué? —dijo él, alzando la vista, con el pezón aún entre los dientes.
—Si no, me corro antes.
Martín sonrió. Una sonrisa de macho, segura, burlona. No dijo nada. Siguió bajando. Le besó el vientre, el ombligo, el pubis depilado. Le separó las piernas con las manos, con firmeza, y enterró la cara entre sus muslos.
Valeria gritó.
No fue un grito de dolor, sino de sorpresa, de placer brutal. La lengua de Martín era larga, caliente, experta. Le lamía todo: los labios mayores, hinchados y brillantes, los menores, más adentro, el clítoris, que ya palpitaba como un corazón pequeño. Le metió dos dedos sin aviso, se los introdujo hasta el fondo, mientras con la lengua presionaba el punto justo sobre la entrada de su vagina, el lugar que ella ni siquiera sabía que existía hasta ese momento.
—¡Dios! ¡Dios, no pares!
Martín no paró. Le chupó el clítoris como si fuera un caramelo, con voracidad, con devoción. Le mordió suavemente, luego lo lamió con lentitud, luego volvió a hundir los dedos, esta vez tres, abriéndola, estirándola, preparándola. Valeria sentía que se deshacía, que su cuerpo se desarmaba pieza por pieza. Tenía los pies encogidos, los dedos rígidos, los muslos tensos como cuerdas de guitarra. Y entonces, sin aviso, el orgasmo llegó.
Fue como un terremoto. Un estallido dentro de ella, una explosión de calor que le recorrió el cuerpo desde el clítoris hasta los dedos de los pies. Gritó, se corcó, se retorció, se agarró a las sábanas como si fuera a caerse del mundo. Martín no se detuvo. Siguió lamiéndola, chupándola, hasta que el clímax se apagó, pero dejó su cuerpo temblando, humeante, derretido.
—Ahora —dijo él, subiendo sobre ella—. Ahora voy a entrar.
Valeria abrió los ojos. Lo miró. Estaba sudado, con el pecho subiendo y bajando, con los dientes apretados. Le temblaban las manos cuando le tomó las piernas y se las levantó, colocándoselas sobre los hombros.
—Si duele, dímelo —dijo.
—No digas eso —respondió ella—. No digas eso. Hazlo.
Martín alineó la punta de su pene con la entrada de su vagina. Estaba mojada, muy mojada, pero él era grande, y ella estrecha. Cuando empujó, hubo resistencia. Un leve dolor, como un estirón profundo. Valeria contuvo el aliento.
—¿Bien?
—Sigue.
Empujó otra vez. Un poco más. Entró un par de centímetros. Ella gimió, no de dolor, sino de plenitud. De llenura. Sentía que algo enorme se abría paso dentro de ella, que la estiraba, que la ocupaba. Martín se detuvo, dejó que su cuerpo se acostumbrara. Luego, con un movimiento lento, seguro, se hundió hasta el fondo.
Valeria gritó.
Esta vez sí hubo dolor. Un estallido agudo, como un corte interno, pero también un placer intenso, brutal, que la atravesó como un rayo. Martín estaba dentro. Completamente. Su pene, grueso y largo, llenaba cada centímetro de su vagina. Sentía cada venita, cada pulsación. Él no se movió. Permaneció quieto, enterrado en ella, dejándola adaptarse.
—Dios… —susurró ella—. Dios, estás… estás todo dentro.
—Sí —dijo él, con voz ronca—. Todo.
Lentamente, comenzó a moverse. Sacó casi todo el pene, dejando solo la punta dentro, luego volvió a entrar, despacio, con control. Valeria sentía cada centímetro que entraba, cada centímetro que salía. El sonido de sus cuerpos chocando era obsceno, húmedo, carnal: el chapoteo de la carne contra la carne, el crujido de la cama, los jadeos entrecortados.
Martín aumentó el ritmo. Ya no era lento. Ahora entraba y salía con fuerza, con profundidad, con ganas. Sus pelotas golpeaban contra su culo, un golpe sordo y repetitivo que marcaba el compás. Valeria sentía que se abría por dentro, que se dilataba, que se adaptaba a él. El dolor inicial se había convertido en una tensión placentera, en un ardor que se extendía por todo su cuerpo.
—Más —pidió—. Más fuerte.
Martín gruñó. Le soltó las piernas y se apoyó sobre los codos, mirándola a los ojos mientras la follaba. Sus caderas se movían con potencia, con ritmo, con precisión. Cada embestida la empalaba, la llenaba, la estiraba. Valeria sentía el pene entrando hasta el fondo, rozando algo dentro de ella que la hacía jadear, que la hacía temblar.
—¿Te gusta? —preguntó él, con la voz ronca.
—Sí… Sí, me gusta. Me gusta todo.
Martín sonrió, sudado, con los dientes apretados. Siguió follando, más rápido, más duro. Valeria sentía que algo se acumulaba otra vez en su interior, algo más fuerte, más profundo. El orgasmo no venía solo desde el clítoris, sino desde el vientre, desde el útero, desde el fondo de la vagina. Era como si su cuerpo entero estuviera a punto de explotar.
—Voy a correrme —dijo ella—. No pares, por favor, no pares.
Martín no paró. Siguió entrando y saliendo, con fuerza, con ganas, con hambre. Sus pelotas golpeaban contra su culo, su pene entraba hasta el fondo, su sudor caía sobre el pecho de ella. Valeria gritó cuando llegó. Un orgasmo distinto, más profundo, más completo. Sentía que su vagina se contraía alrededor del pene, que se apretaba, que lo exprimía. Martín gruñó, se tensó, y entonces, con tres embestidas más, se corrió.
Valeria sintió cómo se hinchaba dentro de ella, cómo su pene palpitaba, cómo la llenaba con chorros calientes de semen. No se salió de inmediato. Permaneció dentro, enterrado, mientras su pene seguía pulsando, mientras el último chorro se derramaba en su interior.
Se dejó caer sobre ella, agotado, sudado, respirando con dificultad. Valeria lo abrazó, con las piernas aún separadas, con el sexo lleno, con el cuerpo temblando.
—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz ronca.
—Sí —dijo ella—. Más que bien. Nunca me había sentido así.
Martín se retiró con cuidado. Su pene salió con un sonido húmedo, y un hilo de semen se escapó, corriendo por su muslo. Valeria no se movió. Permaneció tumbada, con las piernas abiertas, con el sexo hinchado, con el cuerpo marcado.
Fuera, la lluvia seguía cayendo. El ventilador giraba, lento, cortando el aire caliente. Martín se acostó a su lado, la abrazó por la cintura, le besó el hombro.
—Fue hermoso —dijo.
—No fue hermoso —dijo ella—. Fue salvaje. Fue crudo. Fue real.
Martín sonrió.
—Entonces fue perfecto.
Valeria cerró los ojos. Sentía el semen resbalando por su muslo, el olor de sus cuerpos mezclados, el eco de las embestidas en su vientre. No era una niña. Era una mujer. Y acababa de descubrir lo que era sentirse follada, usada, poseída, y cómo eso podía ser, al mismo tiempo, el acto más íntimo del mundo.
La lluvia seguía cayendo. Y ellos, desnudos, sudados, llenos, se quedaron dormidos, uno en brazos del otro, con el sexo aún palpitando.
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