La llave dorada
7 minLa llave dorada
La llave giró suavemente en la cerradura, apenas un susurro metálico entre los muros de madera envejecida. Clara no esperaba que nadie estuviera dentro —solo había ido a buscar un libro que olvidó la semana pasada, un volumen encuadernado en cuero con páginas amarillentas que le había prestado su hermana hace meses—. Pero la puerta del estudio no estaba cerrada con llave. Y sí, alguien la había dejado entreabierta.
Dentro, el aire olía a cuero viejo, café frío y algo más: sal sobre piel, el perfume tenue pero inconfundible de Mateo.
Ella se detuvo en el umbral, el corazón golpeando contra las costillas con un ritmo ajeno al de su respiración. Mateo estaba de pie frente al escritorio, la espalda parcialmente vuelta hacia la puerta, los hombros descansando bajo una camiseta de algodón gris que le quedaba demasiado ancha, como si perteneciera a otro. Sus brazos estaban extendidos sobre el mueble, las manos apoyadas en el borde de madera oscura, los dedos ligeramente separados. No se volvió al oírla entrar.
—¿Clara? —dijo su voz, grave, sin sorpresa, como si hubiera estado esperando su llegada desde hacía horas—. Pensé que vendrías más tarde.
Ella no respondió de inmediato. En cambio, cruzó el umbral con lentitud, los pasos casi imperceptibles sobre el suelo de madera. El sol de la tarde se colaba por las rendijas de las persianas, dibujando rayas doradas sobre el suelo y sobre la nuca de Mateo, donde el cabello rubio claro se alzaba en esquirlas desordenadas.
—¿Por qué dejaste la puerta entreabierta? —preguntó ella, sin acusación, solo una observación, como si el hecho en sí ya fuera una confesión.
Mateo se giró entonces, con calma, como si el movimiento le costara poco esfuerzo. Pero Clara lo vio: la tensión en su mandíbula, la forma en que sus pestañas se inclinaron un instante antes de alzarse para encontrarse con los ojos de ella. Eran verdes, los de él, no exactamente esmeralda ni manzana verde, sino algo más sutil, como el color del agua en una laguna al atardecer.
—Porque sabía que vendrías.
Ella tragó saliva, sentando el libro en el borde del escritorio sin mirarlo. Las yemas de sus dedos rozaron la superficie, y por un segundo creyó sentir el calor que aún quedaba en la madera, allí donde Mateo había apoyado las manos.
—No deberías haber venido —dijo él, pero la mirada no lo decía. Su voz era un hilo tenso, como una cuerda que se estira hasta el límite sin romperse.
—Tú sí deberías haberlo hecho —respondió Clara, y en eso hubo un temblor leve, apenas perceptible, en su propio aliento.
Él dio un paso hacia adelante. No rápido. No agresivo. Solo uno. Y con ese paso, Clara sintió cómo el espacio entre ambos se volvía denso, cargado de algo que ya no era solo presencia física, sino un eco de lo que habían compartido hace un par de semanas, cuando el mundo parecía haberse detenido y el tiempo se había deslizado entre sus dedos como arena húmeda.
—¿Por qué no me llamaste? —preguntó Mateo, ahora a solo dos palmos de distancia.
—Porque no quería que fueras tú quien me llamaras.
—¿Y si hubiera sido yo?
Ella lo miró fijamente. La luz del sol le acariciaba las cejas, el puente de la nariz, el labio inferior, que se movió con lentitud al hablar.
—Entonces habría tenido que decidir si colgarte o decirte que sí.
Mateo exhala, una risa baja, casi un suspiro. Pero no es una risa burlona. Es una risa que conoce el peso de las palabras.
—Y ¿qué decidiste?
Clara no contestó con palabras. En cambio, levantó la mano. No para tocarlo, no aún. Solo acercó los dedos a su pecho, a la altura del corazón, donde su camiseta se alzaba con cada respiración. Y luego, lentamente, bajó la mirada hacia la manga izquierda de la camiseta de Mateo.
—Tienes una mancha de tinta —dijo.
Él bajó la vista. En efecto, una pequeña gota azulada se extendía sobre la tela, cerca del codo.
—¿Y eso importa?
—No. Pero me gusta ver cómo te mueves con ella puesta. Como si no te importara. Como si no supieras que yo sé que te importa.
Mateo suspiró, y esta vez sí lo hizo con los ojos cerrados, como si la confesión le costara algo más que palabras.
—Clara… —dijo, y su voz era un ruego disfrazado de nombre.
Ella no lo interrumpió. Solo esperó.
—No he podido dejar de pensar en cómo se sentía tu piel cuando te toqué la nuca, la otra noche. No por el calor. Por la forma en que temblaste. No de miedo. De algo más fuerte.
Clara tragó aire. Sentía el latido en las sienes, un ritmo que no era del todo suyo.
—Tú también temblaste.
—Sí. Pero no lo notaste, ¿verdad? Porque estabas demasiado ocupada mirando mis ojos.
—Y tú estabas demasiado ocupado mirando mis labios.
La distancia se acortó. Mateo no la empujó. No necesitó hacerlo. Ella se acercó hasta sentir el calor de su cuerpo, el peso de su respiración en el cuello.
—¿Y si ahora te toco? —preguntó él, voz ronca, pero no suplicante. Afirmativa. Como una certeza.
Clara no dijo nada. Solo inclinó la cabeza un centímetro a la izquierda, dejando su cuello expuesto, sin presión, sin exigencia. Solo una invitación.
Y entonces él la tocó.
No con la mano, sino con el pulgar, rozando apenas la curva de su mandíbula, siguiendo la línea hasta la base de la oreja. Clara cerró los ojos. Sentía cada pulso, cada latido que se multiplicaba en la piel.
—¿Te acuerdas de la última vez? —preguntó Mateo, sin dejar de tocarla.
—Sí.
—¿Fue real?
—Sí.
—¿Y esta vez?
Ella abrió los ojos. Lo miró fijamente.
—Esta vez no hay nadie más en la casa.
—¿Y eso cambia algo?
—Sí. Porque esta vez no tienes que esperar a que me vaya.
Mateo sonrió. No una sonrisa triunfal. Solo una sonrisa verdadera, como si por primera vez en mucho tiempo hubiera dejado de calcular los riesgos.
—Entonces —dijo, y esta vez sí la tocó, con la palma abierta sobre su nuca, los dedos hundidos suavemente en el cabello—, dime qué quieres.
Clara no respondió con palabras. Solo se acercó hasta que sus frentes se tocaron, sus respiraciones se entrelazaron, y su boca, apenas antes de rozar la suya, susurró:
—Dime qué quieres *tú*.
Y entonces, por primera vez, fue él quien cerró la distancia.
Fue un beso lento, calculado, como si cada segundo fuera una decisión consciente. No urgente. No desesperado. Pero sí profundo, como si estuvieran sumergiéndose juntos en una corriente que ya conocían, pero que jamás habían osado seguir hasta el fondo.
Sus manos se encontraron: una sobre la nuca, otra en la cintura. Clara apretó ligeramente los dedos en la tela de su camiseta, sintiendo el calor que emanaba de su piel. Mateo exhaló contra sus labios, y eso fue suficiente para que ella se relajara, para que dejara de resistirse, para que dejara de pensar.
Porque en ese instante, no se trataba de culpa. No se trataba de recuerdos. No se trataba de lo que había ocurrido antes, ni de lo que podría suceder después.
Se trataba de ahora.
De la luz que se desvanecía lentamente en el estudio. De la llave dorada sobre la mesa, olvidada. Del libro cerrado que nadie había abierto. De la mano de Mateo deslizándose por su espalda, bajando hasta la curva de sus caderas. De la forma en que Clara inclinaba el cuerpo hacia adelante, sin romper el beso, como si la gravedad hubiera cambiado de dirección.
Y cuando por fin se separaron, solo por un par de centímetros, lo suficiente para respirar, Clara lo miró con los ojos entreabiertos, los labios húmedos, la respiración irregular.
—¿Y si alguien llega? —preguntó.
Mateo sonrió de nuevo. Esta vez con los ojos cerrados, con la frente apoyada en la suya.
—Entonces tendremos que aprender a besar con más sigilo.
Y entonces volvió a besarla.
Y esta vez, Clara no esperó a que él tomara la iniciativa.
Esta vez, ella fue quien deslizó los dedos por debajo de la camiseta, rozando la piel de su espalda baja, sintiendo cómo Mateo se estremecía y soltaba
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