La llave del vecindario
8 minLa llave del vecindario
La llave de metal frío me quemaba en la palma, como si hubiera estado expuesta al sol de pleno mediodía en la avenida Insurgentes. La guardé en el bolsillo trasero de mi jeans apretado, el que usaba siempre para que me marcara bien las nalgas cuando caminaba—una costumbre tonta, sí, pero hoy parecía un acto de provocación involuntaria. Porque hoy sí iba a hacerlo. Hoy iba a abrir la puerta 3B.
No era la primera vez que sentía ese calor en la nuca, ese cosquilleo de culpa que subía como espuma cuando lo veía en el pasillo. Mateo. El nuevo vecino del 3A. Alto, moreno, con esos hombros anchos que se notaban aunque usara una playera oversized, y una sonrisa que no era del todo amable, pero sí sincera—como si supiera que yo lo miraba, y le gustara.
Todo empezó con una llamada de emergencia.
—¡Ay, hombre! ¿Me ayudas? ¡Se me cayó el clóset entero encima!
Escuché su voz desde mi puerta, entre gruñidos y un sonido de metal retorciéndose. Salí sin pensarlo—tenía la camiseta de algodón anchita, shortitos cortitos, y el pelo recién lavado, con ese olor a coco que me ponía nerviosa—y lo encontré sentado en el suelo, medio atrapado por una puerta de roble que había salido de sus rieles.
—¡Cristo, hombre! —exclamé—, ¿te lastimaste?
Me tendió la mano, sudorosa, y cuando la tomé, sentí el calor de su piel, la粗粗 de sus nudillos, la fuerza contenida de sus dedos. Me jaló con suavidad, pero con firmeza, y me senté en el suelo con un golpe seco, el cabello cayéndome sobre la cara. Él rio—una risa grave, profunda—y me apartó una hebra con el pulgar.
—No te preocupes… pero sí me duele un poco el hombro.
—Déjame ver —dije, sin pensar, y alzó la playera, revelando una línea de vello oscuro que descendía hacia su ombligo, y un muslo cubierto de vello suave. Su piel era cálida, tersa, con una cicatriz antigua en el costado, casi invisible.
—¿Está inflamado? —pregunté, pasando los dedos por encima con delicadeza—. Parece un esguince leve.
—Sí… pero más que el hombro, me duele la espalda. Y las costillas. Y… —me miró directo a los ojos, y su voz bajó un tono— me duele la verga, Natalia.
Me congelé.
—¿Perdón?
—No es que esté dolido… es que me duele porque no la he tocado en semanas. Y ahora, con este calor y esta postura… —hizo una pausa, tragó saliva— y con tú aquí, así, tan cerca… me está creciendo una paja de camión.
Me reí, nerviosa. Pero no me levanté.
—Eres un desgraciado, Mateo.
—Y tú eres una santa… que se agacha a revisar a un hombre medio atrapado. ¿Cuántas santas tienen el pulso acelerado cuando les tocan la muñeca?
Me puse roja. Porque tenía razón. Sentía el pulso en la muñeca, sí—pero también entre las piernas, una pulsación sorda, como si me hubieran metido un abanico dentro del cuerpo y lo estuvieran moviendo despacio.
—Tienes suerte de que no te deje aquí —murmuré, soltando su mano.
—No —dijo, y me tomó la muñeca otra vez, más fuerte esta vez—. No me dejes.
—¿Y si llega alguien?
—¿Y si no llega nadie?
Nos miramos. El silencio era espeso, pegajoso. El sol del pasillo entraba por la rendija de la puerta abierta, pintando una línea dorada sobre su pecho, sobre mis muslos.
—¿Por qué me miras así? —le pregunté.
—Porque tú también me miras. En el elevador. En el lobby. En la cocina cuando saco la basura. Te veo. Y tú no miras. Pero sí miras.
Tenía razón. Yo lo miraba. Con disimulo, sí—con un café en la mano, con una bolsa de plástico, con los ojos bajos… pero lo miraba. Me gustaba cómo se ajustaban sus jeans en las nalgas, cómo se le marcaba el pene cuando caminaba rápido, cómo se rascaba la nuca cuando pensaba. Me gustaba su olor, un mix de jabón de afeitar, sudor y tabaco ligero. Me gustaba su voz, esa voz que ahora me decía:
—¿Tú también estás casada, Natalia?
Me sorprendió. No sabía que él lo sabía.
—Sí. Hace seis años.
—¿Y te gusta?
—Me gusta que me dé estabilidad. Que no me tenga que mentir. Que me respete.
—¿Y te toca?
—¿Cómo?
—¿Tu marido? ¿Te toca? ¿Te chupa los pechos? ¿Te mete la lengua en el ombligo? ¿Te hace gritar tu nombre como si fuera una oración?
Me paré de golpe. Pero no me fui.
—Oye, yo no soy así… —murmuré.
—Tú tampoco eres así.
—¿Cómo sabes?
—Porque si fueras la típica casada resignada, no estarías aquí ahora, con un vecino medio atrapado, con la camiseta metida en el short y los labios entreabiertos.
Tenía razón. Estaba así. Con el pulso en la garganta, con las tetas un poco más duras de lo normal, con el entrepierna húmeda.
—¿Y qué quieres? —le pregunté, baja, sin mirarlo.
—Yo no quiero nada que tú no quieras dar. Pero si tú quieres algo… yo lo doy.
—¿Incluso si es malo?
—Incluso entonces.
—¿Incluso si es contigo?
—Incluso entonces.
Me acerqué. Tan lento que casi no lo sentí. Me puse de rodillas frente a él, en el suelo de concreto pulido. El calor de su cuerpo me quemaba la cara.
—Tú no sabes lo que haces —susurré.
—Sí lo sé. Sé que tú me quieres. Sé que desde que llegaste al vecindario, has estado buscando una excusa.
—No es así…
—¿Entonces por qué usas shortitos cortitos cuando sabes que paso por tu puerta a las ocho y media? ¿Por qué te pintas los labios de rojo oscuro si no los usas para besar a nadie más que a tu marido?
—Porque me gusta sentirme viva.
—Entonces vívetela.
Me incliné. Su pene ya estaba medio duro en los jeans, marcando una jodida protuberancia que me hacía cosquillas en la imaginación. Deslicé los dedos por el botón, lentamente, sintiendo cómo su respiración se aceleraba.
—¿Tienes miedo? —me preguntó.
—Sí.
—¿De qué?
—De que me guste más contigo que con él.
—Entonces no lo pienses.
Abrí el botón. Bajé la cremallera. Y ahí estaba. Su verga, morena, gruesa, con la punta húmeda y brillante. La olí—sudor, sal, un toque de limón del jabón. Me puso los ojos en blanco.
—Dios mío… —murmuré.
—Sí, dios mío. Pero hoy no es dios quien te toca. Soy yo. Mateo. Tu vecino. El que te mira desde el pasillo. El que te quiere ver gritar.
Me agarró la cabeza con ambas manos, suave, pero firme. Y me empujó hacia abajo.
La primera vez que lo tomé en la boca, sentí como si me hubieran abierto una puerta que no sabía que existía. No era difícil. No era rápido. Era lento. Profundo. Sentí el calor de su cuerpo, el peso de su respiración, el temblor de sus muslos contra mis rodillas.
—Natalia… —gimió—. No te detengas.
Bajé la mano, la puse sobre sus testículos, masajeé con suavidad, y luego bajé un poco más, entre las nalgas, hasta encontrar su ano, apretado, cálido. Lo acaricié, lo rozé con la punta del dedo, y él soltó un quejido.
—Dime qué quieres que te haga —le dije.
—Te quiero dentro. Te quiero chupándome mientras me metes la lengua en el culo. Te quiero así, como una bestia.
—¿Y si te pido permiso?
—Te lo doy. Tóma todo.
Me levanté. Me deslicé los shortitos hasta las rodillas. Me senté frente a él, con la espalda recta, las manos apoyadas en el suelo. Lo miré a los ojos mientras me coloco sobre su verga.
El primer centímetro me hizo cerrar los ojos.
—Joder… —susurré.
—Sí… jódeme, Natalia.
Bajé hasta el fondo, despacio, hasta sentir su corona rozando mi útero. Sentí el vacío que dejé atrás cuando subí, y luego volví a bajar. Y otra vez. Y otra. Cada subida era un suspiro, cada bajada, un gemido contenido.
—Tú no sabes lo que me haces —dije, agitando el cabello.
—Sí lo sé. Lo sé porque te veo. Porque te escucho. Porque siento cómo te agarra mi verga como si fuera lo único que te mantiene en pie.
Me agarró las caderas. Empujó hacia arriba, con fuerza. Yo grité.
—¡Sí! ¡Así! ¡Dime tu nombre!
—¡Natalia! —gritó—. ¡Natalia! ¡Natalia!
Le clavé las uñas en los muslos, y me moví más rápido. El suelo me lastimaba las rodillas, pero no me importaba. Todo era calor, sudor, olor a sexo.
—¿Te gusta ser la puta del vecindario? —me preguntó.
—Sí… —respondí, sin dudar—. Me gusta ser la que te toca cuando nadie mira.
—¿Y si alguien te ve?
—Que me vea.
—¿Y si es tu marido?
—Entonces… —sonreí—. Será porque ya no lo quiero.
Y con eso, me lancé hacia adelante, agarré su rostro, y lo besé. Un beso húmedo, salado, desesperado. Él me devolvió el beso, con lengua, con dientes, con ganas. Y en ese momento, cuando sentí que su verga palpitaba dentro de mí como un corazón loco, supe que no volvería a ser la misma.
—Voy a correr —dije.
—Corre. Pero después vuelve.
—Te espero.
—No. Yo te espero. En la puerta 3A. Con la llave puesta en la cerradura.
Me levanté. Me puse los shortitos. Me limpié la cara con la camiseta. Lo miré una última vez, y me fui.
Caminé hasta mi casa con las piernas temblorosas, con la verga de Mateo aún grabada en la lengua, con el eco de su nombre en la garganta.
Entré. Mi marido me esperaba en la cocina, con una botella de vino y una sonrisa.
—¿Dónde estabas? —me preguntó.
—En el pasillo. Ayudando a un vecino.
—¿Y qué te pasa?
—Nada. Solo… —me acerqué, besé su frente—. Solo que hoy me sentí viva.
—Entonces brindemos.
—No. Hoy no. Hoy quiero irme a dormir temprano.
Me fui al baño. Cerré la puerta. Me senté en el inodoro. Me toqué. Me toqué donde aún sentía el recuerdo de su verga.
Y por primera vez en años, me dejé ir.
No por culpa.
Por deseo.
Por elección.
Porque a veces, la llave del vecindario no abre una puerta.
La abre todo.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.