La llamada de las 2:17 a.m
10 minLa llamada de las 2:17 a.m
Lucía encendió la computadora con la esperanza de que no fuera otro día más de trabajo interminable y videollamadas sin fin. Eran las 2:15 de la madrugada, y aunque ya tenía las sábanas corridas sobre la cama, no lograba dormir. El calor de ese mes de junio, inusualmente intenso para la ciudad, le había robado la paciencia y el aliento. Se levantó, se puso una camiseta de algodón blanco —demasiado transparente para ser cómoda, pero lo suficientemente suelta como para no preocuparse— y se sentó frente a la laptop, con las piernas cruzadas y el cabello recogido en un torcedo apresurado.
Se había registrado en la app de encuentros por video hace dos meses, casi por curiosidad, casi por aburrimiento. Nunca había enviado una foto íntima ni aceptado una llamada privada. Pero esa noche, cuando el icono de *Mateo* parpadeó en la esquina inferior derecha, no la dejó pasar. Él era nuevo: perfil recién creado, fotos de viaje en bicicleta por la Patagonia, una sonrisa amplia y ojos que parecían guardados tras una sonrisa, como si supiera algo que ella aún no descubría.
Lucía pulsó *aceptar*.
—Hola —dijo él, sin saludo previo, sin pausa—. Pensé que no ibas a responder.
—Es la una y diecisiete de la madrugada —replicó Lucía, sin reír, pero con una ceja alzada—. No es exactamente horario de oficina para un *hola*.
—Tampoco es que me esperara una respuesta a las 2:00 a.m. en punto —contestó Mateo, y esta vez sí sonrió, con naturalidad, como si el reloj fuera algo que se puede ignorar cuando el cuerpo lo necesita.
—Entonces, ¿por qué llamaste?
—Porque vi que te gusta el café con canela —dijo él, y en la pantalla apareció una foto: una taza blanca sobre una mesa de madera, con un polvo dorado esparcido en espiral.
Lucía palideció, en serio. No porque le hubiera robado una foto, sino porque en la taza había una nota escrita a mano que decía: *Para cuando te despiertes con frío o con calor*. No sabía que había sido tomada en su propia cocina, de hecho.
—¿Cómo…?
—Te escribí hace una semana. Dejaste una respuesta en mi perfil: *“Café con canela. Siempre.”* —Mateo se inclinó un poco hacia la cámara, como si quisiera acercarse más allá del cristal—. Me pareció una confesión pequeña, pero significativa.
Lucía bajó la mirada. Había dejado esa frase sin pensar, en un momento de pereza, con el dedo tembloroso por el sueño. Pero ahora, allí, escuchándolo decirlo con esa voz grave pero cálida, con esa mirada que no la juzgaba, sintió algo que no sentía desde hacía mucho: curiosidad, sí, pero también una punta de tensión, como si su piel se hubiera despertado sin permiso.
—Entonces… ¿qué querés? —preguntó, jugando—. ¿Que te cuente mi historia de vida?
—No —respondió él, y se detuvo un segundo, como si eligiera las palabras con cuidado—. Quiero saber si tenés ganas de que te toque la mano por la pantalla.
Lucía respiró hondo. No era la primera vez que alguien decía algo así. Pero nunca lo había dicho con tanta calma, sin presión, sin urgencia. Como si fuera una posibilidad más, y no una promesa.
—¿Y si digo que sí?
—Entonces te pregunto: ¿te gusta que te toquen la muñeca?
Ella exhaló una risa suave, casi una burla, pero sus dedos se cerraron contra el borde de la mesa. Porque sí, le gustaba. Le gustaba que le tocaran la muñeca con la palma abierta, con una presión leve, como si la estuviera midiendo. Le gustaba que la piel de otro fuera más cálida que la suya, que la sensación de que el tiempo se detuviera por un instante.
—Sí —respondió—. Me gusta.
—Entonces… ¿te gustaría que lo hiciéramos ahora?
Lucía tardó siete segundos en responder. Siete segundos en los que miró fijamente su propia mano, en la que el anillo de plata que había heredado de su abuela brillaba con la luz tenue de la habitación. Siete segundos en los que su corazón latió más fuerte, no por miedo, sino por anticipación.
—Sí —repitió.
Mateo levantó su mano derecha y la acercó a la cámara. No era una mano de artista, ni perfecta. Tenía una cicatriz pequeña en el dedo índice, uñas cortas, los nudillos marcados. Pero su piel parecía cálida incluso a través de la pantalla.
—Colocá tu mano sobre la pantalla —dijo—. Justo aquí.
Lucía lo hizo. Puso su palma contra el cristal frío, y a continuación, Mateo puso la suya, sobre la suya. El contraste fue instantáneo: su piel, más oscura, más firme; la de ella, más clara, ligeramente sudorosa por el calor de la noche.
—Siento tu pulso —dijo Mateo, y su voz cambió, se volvió más grave, más lenta—. Es rápido.
—Y vos —respondió Lucía—, ¿sentís la humedad?
—Sí —admitió él—. Pero no es sudor. Es otra cosa.
Lucía cerró los ojos. Por un momento, el mundo de su habitación desapareció: el ventilador que giraba en la esquina, el olor a lavanda del gel que había usado antes de acostarse, el sonido del tráfico lejano. Todo se redujo a esa conexión invisible, a ese punto donde dos manos se tocaban sin tocarse.
—¿Y si te digo que me gusta cómo suena tu voz cuando hablas de esto?
—Entonces te digo que me gusta más escuchar lo que decís cuando estás a punto de dejarte llevar.
Lucía abrió los ojos. Mateo la estaba mirando con una intensidad que no esperaba. No era deseo desbocado, ni voracidad. Era atención. Como si cada palabra que ella dijera fuera una pieza de un rompecabezas que él quería armar con cuidado.
—¿Te gusta que te toquen el cuello?
La pregunta lo dejó todo en silencio. Lucía sintió cómo su piel se erizaba. No por sorpresa, sino por reconocimiento. Había sido una de las primeras zonas que le gustaron cuando alguien nuevo entraba en su vida íntima. No por placer directo, sino por la vulnerabilidad que implicaba: dejar que otra persona decidiera si la tocaba allí, dónde el latido era más evidente, dónde la vida parecía más expuesta.
—A veces —respondió, con una voz que ya no intentaba ocultar el temblor—. Solo si confío.
—Entonces confío —dijo Mateo, sin dudar—. Confío en que me decís si algo no te gusta. Confío en que me decís si querés que pare. Confío en que esto es algo que querés probar, aunque sea por curiosidad.
Lucía sintió una punzada en el estómago. No era miedo. Era algo más delicado: la sensación de que alguien la veía, de verdad. No la versión que mostraba en redes, ni la que presentaba en el trabajo, ni la que fingía cuando estaba sola. La versión que tenía miedo de nombrar: la que anhelaba ser vista, incluso por extraños.
—¿Me lo prometés?
—Sí —respondió él, y por primera vez, dejó que su mano descendiera ligeramente en la pantalla, como si estuviera deslizándose por su cuello—. Prometédselo a tu cuerpo. No a mí. A vos.
Lucía se mordió el labio inferior. Se inclinó hacia adelante, acercando su rostro a la cámara, hasta que apenas quedó espacio entre sus labios y el cristal.
—Entonces… empezá.
Mateo exhaló, y por primera vez, su respiración sonó agitada. No era fingida. No era teatral. Era real. Como si el acto de tocarla así, aunque fuera a través de una pantalla, le costara algo.
—¿Te gusta que empiece despacio?
—Sí —susurró ella.
—¿Y si te digo que ya tengo el corazón acelerado?
—Entonces te digo que no soy la única.
Él sonrió. Y entonces, lentamente, con una paciencia que parecía imposible en alguien que apenas la conocía, Mateo comenzó a mover su mano imaginaria sobre la pantalla. Fue como si sus dedos realmente rozaran el cuello de Lucía: una presión leve, casi inexistente al principio, como si estuviera midiendo su pulso con los yemas.
—Está bien —dijo Lucía, y cerró los ojos—. Está bien.
Él siguió. Subió, lentamente, hasta la base de su oreja. Lucía sintió un estremecimiento que le subió por la columna vertebral. No era solo fantasía. Era real. Porque su cuerpo no mentía. Sus latidos, su respiración, el calor que ahora le corría por las axilas, por la entrepierna: todo lo decía.
—¿Me decís si está bien?
—Sí —respondió ella—. Sí, sí, sí…
—¿Querés que baje?
—Sí —dijo ella, esta vez con más fuerza—. Pero… no con la mano.
—¿Con qué, entonces?
—Con la voz —respondió Lucía, abriendo los ojos y mirándolo fijamente—. Con tu voz, decime dónde me tocarías, pero sin mover las manos. Decime cómo lo harías.
Mateo se inclinó hacia atrás un poco, como si necesitara respirar. Luego, volvió a acercarse, y esta vez su voz se volvió más grave, más pausada, casi como un susurro.
—Te tocaría la nuca con la palma abierta —dijo—. Y luego, con los pulgares, haría círculos pequeños, justo arriba de la séptima vértebra. Y mientras lo hago, te preguntaría si querés que siga, o si preferís que baje un poco más.
Lucía cerró los ojos otra vez. Sintió los círculos en su piel, aunque sabía que no los había. Pero su cuerpo los sentía. Y cuando Mateo siguió, más despacio:
—Y luego… si me decís que sí, bajaría los dedos, uno por uno, hasta que llegara al borde de tu camiseta. Y ahí, con la yema del índice, haría un círculo en tu clavícula. Un solo círculo. Y te preguntaría si me dejás seguir.
Lucía sintió que su respiración se volvía entrecortada. La camiseta blanca, ya demasiado transparente, se le pegaba a la piel, y no por el calor. Por la emoción.
—Y si te digo que sí… —dijo ella, con voz quejosa—. ¿Qué hacés después?
—Si me decís que sí —respondió Mateo—, deslizo los dedos bajo el borde de la tela, y los pongo sobre tu piel. Lento. Muy lento. Y te pregunto si sentís el mismo calor que yo. Si sentís que esto es real, aunque estemos separados por pantallas y kilómetros.
Lucía abrió los ojos. Mateo la estaba mirando, con una expresión que no era de posesividad, ni de dominio. Era de entrega. Como si estuviera ofreciéndole una parte de sí mismo que aún no había compartido con nadie.
—Sí —dijo ella—. Lo siento.
—Entonces —dijo Mateo—, ahora te pregunto: ¿te gustaría que te tocase la cara?
—Sí —respondió Lucía—. Con la mano.
—¿Y si te digo que quiero sentir tus pestañas contra mi pulgar?
—Entonces me inclino hacia vos.
Y Lucía lo hizo. Se inclinó, lentamente, hasta que su frente casi rozó la pantalla. Mateo hizo lo mismo. Y entonces, con una pausa que duró tres segundos, Mateo levantó su pulgar —realmente lo levantó, como si estuviera a punto de tocarla— y Lucía cerró los ojos.
En su mente, sintió el roce. Suave. Caliente. Un instante fugaz, pero lo suficiente para que su cuerpo respondiera con un temblor leve, que subió desde los pies hasta el cuello.
Cuando abrió los ojos, Mateo ya no la estaba mirando. Había bajado la cámara un poco, y estaba mirando su propia mano, como si aún sintiera la piel de ella.
—Me encanta cómo te mueves cuando te toco —dijo—. No es solo el cuerpo. Es la mirada. El modo en que te quedás quieta cuando sentís que algo está a punto de cambiar.
Lucía no respondió de inmediato. Se mordió el labio, y luego soltó una risa suave, casi vergonzosa.
—A veces me pasa con cosas pequeñas —confesó—. Con un beso en el cuello. Con una mano en la cintura. Con una mirada que dice: *te quiero así, tal como estás ahora*.
—Entonces —dijo Mateo, y esta vez la miró directamente a los ojos—. ¿Querés que sigamos?
—Sí —respondió Lucía—. Pero… ¿me prometés algo más?
—Dilo.
—Que no me digas que esto es solo fantasía. Que no me digas que es solo por diversión. Que si esto sigue, lo vamos a hacer bien.
Mateo asintió. Y por primera vez, Lucía notó que tenía los ojos un poco húmedos.
—No es fantasía —dijo—. Es una llamada. A las 2:17 de la madrugada. Con una persona que se quedó dormida con el café frío y despertó con las ganas de que alguien la tocara.
Lucía sonrió. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió deseada. No por lo que hacía, sino por lo que era.
—Entonces —dijo—. Seguimos.
Y Mateo asintió otra vez.
Y esta vez, cuando subió la mano y la acercó a la pantalla, Lucía no cerró los ojos.
Los abrió más.
Y lo miró.
Y dejó que él la tocara.
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