La línea de la medianoche

@sombra ·29 de mayo de 2026 · ★ 4.3 (40) · 1808 lecturas

En una ciudad donde las luces se apagan tarde y el calor no se rinde ni con el aire acondicionado, una pantalla brillaba en la penumbra de un departamento en la colonia Roma. No era una pantalla cualquiera: era el portal, el espejo, el ojo que no parpadeaba. A través de ella, una mujer con el pelo azabache recogido en un moño deshecho y los labios pintados de vino miraba fijo a cámara, sin sonreír, sin hablar. Solo respiraba. El reloj marcaba doce con diecisiete minutos. Él aún no llegaba.

Se llamaba Lucía, aunque en ese mundo no tenía nombre. Solo era “la que espera”. Y él, “el que llega siempre tarde”. No por falta de interés, sino por puro juego. Por hacer subir la temperatura con cada minuto de retraso. Sabía que ella estaba ahí, con los dedos cruzados sobre el regazo, las piernas apretadas como si ya sintiera algo adentro, con el vestido corto que marcaba más de lo que tapaba. Él lo sabía todo. Y por eso se demoraba.

Cuando por fin el icono de conexión saltó en la pantalla, ella no dijo nada. Solo levantó una ceja. Él apareció con el rostro a medias en sombras, el cuello de una camisa desabrochada dejando entrever el inicio del pecho, la voz grave, como si la hubiera pasado por ceniza antes de hablar.

—¿Todavía despierta, chula?

—No me digas chula —respondió ella, bajando apenas los párpados—. No soy tu vecina del quinto.

Él sonrió, apenas un leve levantamiento en la comisura. No se veía bien, pero se sentía. Ese gesto se sentía como un dedo recorriendo la espalda desnuda.

—Tienes razón. Tú no vives en un edificio. Vives en mi cabeza. Y no pagas renta.

Lucía se recostó un poco más en el sillón, estirando una pierna. El vestido subió, apenas lo suficiente para que él viera el inicio de las nalgas redondas, la piel morena iluminada por el resplandor azul del monitor.

—Si vivo en tu cabeza, entonces ya me has cogido mil veces. ¿Por qué seguimos con esto?

—Porque —dijo él, acercándose más a la cámara— no es lo mismo imaginar que ver. Y ver… no es lo mismo que ordenar.

Ella entrecerró los ojos. Sabía lo que venía. No era la primera vez que jugaban así. Él no la tocaba, pero mandaba. Y ella obedecía. Por gusto. Por jodido que sonara.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó, sin fingir inocencia.

—Quítate el vestido. Despacio. Como si no me vieras. Como si estuvieras sola.

Lucía suspiró, teatral. Pero obedeció. Se puso de pie, frente a la cámara, y deslizó los tirantes por los hombros. El vestido cayó al suelo en un susurro de seda. Quedó en ropa interior: un brasier negro con encaje y una tanga delgada que no ocultaba nada. Él no dijo nada. Solo respiró más hondo. Ella lo sabía. Lo conocía más allá del cuerpo.

—Ahora siéntate. Otra vez. Pero con las piernas abiertas. No mucho. Solo lo suficiente para que se vea.

Lucía obedeció. Se acomodó en el sillón, separó las rodillas con lentitud, lo justo para que la sombra entre sus muslos se volviera más oscura, más húmeda en la imaginación de él.

—¿Y ahora? —preguntó, con la voz más ronca.

—Ahora te vas a tocar. Pero no donde quieras. Donde yo diga.

—¿Y si no quiero?

—No mientas. Tú sí quieres. Y yo lo sé. Eres mía desde que aceptaste entrar en esta maldita pantalla.

Ella sonrió. No lo negó.

—Dime —pidió.

—Pásate un dedo por el cuello. Lento. Hasta el escote. Y no pares ahí.

Lucía obedeció. Su dedo índice recorrió la piel morena, bajó entre los senos, se detuvo en el encaje del brasier. El pulgar se coló debajo, rozó el pezón ya endurecido. Él gruñó al otro lado.

—Sigue. Baja. Por el vientre. Por el ombligo. No te detengas.

Su mano descendió. Pasó por el borde de la tanga. Se detuvo un instante en el hueso de la cadera. Él casi podía olerla. Casi.

—¿Te mojas? —preguntó.

—Toda —respondió ella, sin mentir.

—Dame un segundo. Tengo que acomodar esta verga que se me clava en el pantalón.

Lucía sonrió. No se ruborizó. Estaba en su terreno.

—¿Y ahora? —repitió.

—Ahora mete un dedo. Solo uno. Adentro. Y dime cómo te sientes.

Lucía cerró los ojos un instante, separó más las piernas, y deslizó el dedo índice bajo la tela. Se hundió despacio, con cuidado, como si lo estuviera preparando para algo más grande. Gimió bajito. Él apretó los dientes.

—¿Qué sientes? —insistió.

—Calor. Como si me estuvieras entrando.

—No. Yo no te estoy entrando. Aún. Pero lo haré. Con la voz. Con la orden. Con el pensamiento.

Lucía se movió un poco, se meció con el dedo adentro, el pulgar rozando el clítoris. Él la miraba fijo, con los ojos entrecerrados, la respiración más pesada.

—Saca el dedo —dijo de pronto.

Ella obedeció. Lo sacó despacio, con un leve jadeo.

—Enséñamelo. El dedo. Quiero verlo mojado.

Lucía acercó la mano a la cámara. El dedo brillaba bajo la luz tenue. Él tragó saliva.

—Ahora pásatelo por los labios. Los de arriba. Los de abajo. Como si fuera mi lengua.

Lucía obedeció. Se llevó el dedo a la boca, lo lamió con lentitud, sin quitarle la vista. Él se acomodó otra vez el pantalón, como si la escena lo estuviera matando.

—¿Tienes un vibrador? —preguntó.

—Sí.

—Tráelo. Pero no lo enciendas. Aún no.

Lucía se levantó, fue al cuarto, volvió con un juguete negro, delgado, elegante. Lo puso sobre la mesa, frente a la cámara.

—¿Lo has usado pensando en mí?

—Cada vez.

—Mentira. No tantas veces.

—Sí. Desde que empezamos. Desde que me dijiste: “córrete cuando yo te diga”.

Él sonrió. Orgulloso. Dueño.

—Enciéndelo. Pero no te lo metas. No todavía. Pásalo por fuera. Por las nalgas. Por el culo. Por donde quieras. Pero no lo metas.

Lucía obedeció. Encendió el vibrador, lo acercó a la piel. Lo pasó por la raja del culo, despacio, con presión. Un gemido se le escapó. Él apretó los puños.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—¿Quieres que te diga cuándo puedes metértelo?

—Sí.

—No todavía. Primero quiero que me digas algo.

—Dime.

—Dime que si estuviera ahí, ahora, te cogería sin hablar. Que te tomaría del pelo, te bajaría al suelo y te chingaría hasta que no pudieras gritar más.

Lucía se mordió el labio. Asintió.

—Lo diré —susurró—. Si estuvieras aquí, me cogerías sin hablar. Me tomarías del pelo, me bajarías al suelo y me chingarías hasta que no pudiera gritar más.

Él cerró los ojos un instante. Como si necesitara grabarlo.

—Ahora —dijo—, métetelo. Y córrete. Pero no cierres los ojos. Quiero verte.

Lucía obedeció. Se llevó el vibrador al sexo, lo hundió con un gemido. Sus manos se aferraron al sillón. Sus piernas temblaron. Él no apartó la vista. La miró temblar, jadear, gemir su nombre en silencio. Hasta que el cuerpo se le quebró en espasmos.

Cuando terminó, se dejó caer, sudada, con el pecho agitado. Él aún estaba ahí. En la pantalla. Con la respiración pesada.

—Mañana —dijo—, quiero que uses un collar. Uno negro. Y nada más.

Lucía sonrió, con los ojos cerrados.

—¿Y si no tengo?

—Lo tendrás. Te lo enviaré. Y quiero que lo lleves toda la noche. Mientras me esperas.

—¿Y si llegas tarde otra vez?

—Peor para ti. Porque yo me corro cuando quiero. Pero tú… tú te quedas esperando. Como ahora.

La pantalla se apagó. Ella se quedó sola. Con el vibrador en el suelo, el collar imaginario en el cuello, y la piel aún caliente. Sabía que al día siguiente, a medianoche, la pantalla volvería a encenderse. Y él estaría ahí. Con su voz de ceniza. Con su orden. Con su poder.

Y ella, como siempre, obedecería.

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