La lengua del guambra

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche caía espesa sobre el valle de Río Frio, el aire cargado de humedad y el perfume de las buganvilias que trepaban por los muros de piedra del antiguo caserón. Adentro, el calor no venía solo del fogón que crepitaba en la cocina, sino del cuerpo de Margarita, sentada en el sillón de cuero desgastado, con las piernas abiertas como si fuera lo más natural del mundo, mientras el guambra, el forastero de ojos claros y barba de tres días, se arrodillaba frente a ella con una lentitud que a cada segundo le parecía más puta.

—¿Y ahora qué vas a hacer, eh? —preguntó ella, con esa voz ronca que usaba cuando quería joder con palabras antes que con el cuerpo.

Él no respondió. Solo sonrió, agarró suavemente uno de sus tobillos morenos y le besó la planta del pie, lento, como si estuviera rezando. Pero no rezaba. Estaba calentándose, midiendo el terreno. Margarita soltó una risa corta, se estiró como gata y se mordió el labio inferior. Llevaba un vestido floreado, corto, y no traía bragas. Nunca traía bragas cuando sabía que él iba a llegar.

—Ponte serio, guambra —dijo—. Que no vine pa’ que me huelas los pies como perro en celo.

Él alzó la vista, los ojos brillantes, y sin decir palabra, le subió el vestido hasta la cintura. Ahí estaba, el coño rapado, húmedo ya, con los labios hinchados y abiertos como si estuviera pidiendo a gritos. Olía rico, a sal y sudor dulce, a mujer que se cuida pero que no se hace la santa.

—Este culo es una chimba —murmuró él, pasando los dedos por el borde de sus nalgas, apretándole una con fuerza—. Como para morderlo sin pedir permiso.

Ella se estremeció, pero no se movió. Solo abrió más las piernas, como si le estuviera entregando el altar.

Él se acercó despacio, con la nariz primero, oliendo el sexo de ella como si fuera vino añejo. Luego, la lengua. Una lamida larga, desde el culo hasta el clítoris, lenta, caliente, precisa. Margarita soltó un gemido corto, agudo, como si le hubieran dado un latigazo de placer.

—¡Ay, no! —exclamó, aunque no era de rechazo, sino de sorpresa—. ¡Qué rico me chupas, hijueputa!

Él no se detuvo. Siguió con la punta de la lengua, trazando círculos alrededor del botón hinchado, mientras con una mano le separaba bien los cachetes, para tener mejor acceso. Le metió un dedo por detrás, apenas un poco, solo para sentir cómo se tensaba, cómo se abría como flor al sol.

—¿Quieres más? —preguntó él, sin dejar de lamer.

—Sí, coño —dijo ella, con la voz quebrada—. Sigue, que estás haciendo que me venga.

Y él siguió. Metió dos dedos en su coño, fuertes, sin pedir permiso, y empezó a moverlos como si estuviera amasando arepa. Ella gritó, se arqueó, agarró el respaldo del sillón con fuerza, las uñas clavándose en el cuero.

—¡Sí, así! —gritó—. ¡Métemela con esos dedos, que quiero sentir cómo me abres!

Él no se detuvo. Su lengua no paraba de darle vueltas al clítoris, ahora hinchado como una aceituna madura, mientras los dedos entraban y salían, llenándola, estirándola. El sonido era obsceno: el chupar de su boca, el chapoteo de los dedos, el jadeo de ella, que ya no podía ni hablar, solo gemir, gritar, maldecir.

—¡Ay, hijueputa, me vengo! —gritó, y se corrió con fuerza, con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo, desde los pies hasta la nuca. Sus piernas temblaron, sus tetas se sacudieron, y su coño se contrajo alrededor de los dedos como si quisiera tragárselos.

Él se quedó ahí, sin sacar los dedos, sin dejar de lamer, hasta que el último espasmo pasó. Solo entonces se apartó, con la cara brillante de jugo, la boca hinchada de tanto chupar.

—Coño —dijo, limpiándose con el dorso de la mano—. Qué rico sabe tu coño, Margarita.

Ella se dejó caer en el sillón, respirando agitada, con los ojos cerrados, una sonrisa perezosa en los labios.

—¿Y ahora qué? —preguntó, sin abrir los ojos.

Él se paró despacio, se quitó la camisa, se desabrochó el pantalón. Salió su pito, duro como tabla, grueso, con una vena marcada que latía al ritmo de su corazón. Margarita abrió un ojo, lo miró, y sonrió.

—Ese pito sí es de hombre —dijo—. No de esos palitos de madera que andan por ahí.

Él se acercó, le tomó el cabello con una mano y le metió la verga en la boca sin pedir permiso. Ella no se quejó. Al contrario, la tomó con la mano, la acarició, la chupó como si fuera una paleta de mango. Le pasó la lengua por debajo del glande, le mordió suave el frenillo, le chupó los huevos uno por uno.

—¿Así? —preguntó, mirándolo con ojos brillantes.

—Así, pero más fuerte —dijo él, empujando más adentro.

Ella obedeció. Le metió toda la verga hasta el fondo, hasta que su nariz tocó el vello púbico, hasta que las lágrimas le brotaron de los ojos. Se quedó así, tragando, respirando por la nariz, mientras él le sostenía la cabeza y se movía lento, como si estuviera follando su boca.

—Sí, así —gemía él—. Como puta buena, como si te fuera a dejar seca.

Ella no se quejó. Al contrario, se animó. Empezó a mover la cabeza, a chupar con fuerza, a usar las manos en la base, a morder suave cuando sentía que él iba a correrse. Pero él no quería correrse todavía.

—Para —dijo, sacándose de golpe.

Ella lo miró, con la boca brillante, los labios hinchados.

—¿Y ahora?

—Ahora te voy a mamar otra vez —dijo él—. Hasta que te corras dos veces más.

Ella se echó a reír, pero ya estaba abriendo las piernas otra vez.

—Coño —dijo—. Este guambra sí sabe cómo tratar a una mujer.

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