La instructora de yoga

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En una ciudad donde el calor se pegaba a la piel como una segunda ropa, Lucía comenzó a asistir a clases de yoga en un estudio pequeño, escondido entre oficinas vacías los fines de semana. Iba por recomendación de una amiga, más que por necesidad. No buscaba paz, ni siquiera flexibilidad. Buscaba algo que rompiera la monotonía de su rutina, algo que le hiciera sentir, por fin, que el cuerpo no era solo un recipiente del pensamiento, sino un territorio por explorar.

La instructora se llamaba Valeria. No era alta, pero su presencia llenaba el salón. Usaba ropa sencilla, negra, ajustada sin exhibición, y hablaba poco. Cuando daba indicaciones, lo hacía con una voz baja, casi susurrante, como si cada palabra tuviera que pasar por un filtro de intención antes de salir. Sus manos no solo corregían posturas; lo hacían con una lentitud que rozaba lo íntimo. Un ajuste en la cadera, una presión suave en el hombro, y Lucía sentía que el aire se espesaba.

Pasaron semanas. Lucía fue la única que asistía regularmente los sábados. Valeria no lo mencionó, pero empezó a esperarla. A veces, al terminar, le pedía que se quedara un rato más. “Hoy vamos a trabajar la respiración profunda”, decía. O: “Quiero que practiques esta postura hasta que sientas que el cuerpo se entrega”. Nada raro, al principio. Pero la forma en que lo decía, como si estuvieran compartiendo un secreto, hacía que Lucía se sonrojara.

Un sábado, Valeria cerró la puerta del estudio con doble llave. No apagó las luces, pero bajó las persianas hasta que solo entró un haz de luz dorada, oblicuo, que cortaba el piso de madera. “Hoy”, dijo, “vamos a hacer algo diferente. Siempre y cuando estés dispuesta”.

Lucía asintió sin pensar. El corazón ya le latía más rápido.

—Si en cualquier momento quieres parar, dices ‘azul’. ¿De acuerdo?

—Sí —respondió Lucía, la voz apenas firme.

Valeria no la tocó al principio. Solo le pidió que se sentara en el suelo, con las piernas cruzadas, espalda recta. Le enseñó a inhalar por la nariz, contener el aire, exhalar por la boca. Repitieron el ciclo. Una, dos, cinco veces. Hasta que Lucía sintió que su cuerpo ya no le pertenecía del todo, que flotaba entre el suelo y el techo.

—Ahora —dijo Valeria—, quiero que te quites la blusa. Despacio.

Lucía obedeció. No hubo miradas de duda, ni risas nerviosas. Solo el sonido de la tela cayendo al suelo y el leve crujido de la madera bajo sus rodillas.

Valeria se acercó. No habló. Solo deslizó una mano por su espalda, desde la nuca hasta la curva de los glúteos, sin presión, como si midiera el calor que despedía su piel. Luego, con dos dedos, le indicó que se inclinara hacia adelante, hasta apoyar la frente en el piso. Lucía obedeció. Sentía el aire frío en los hombros desnudos, el latido en las sienes, el pulso entre las piernas.

—Bien —dijo Valeria—. Ahora no te muevas.

Pasaron minutos. Tal vez diez. Tal vez veinte. Lucía no sabía. Solo sentía la expectativa, el silencio, el peso de la mirada sobre su espalda. Hasta que, de pronto, notó el roce de una tela suave en la planta del pie derecho. Valeria usaba una cinta de seda, larga, delgada, del color del vino tinto. Se la enrolló despacio, desde el tobillo hasta la rodilla, con movimientos circulares, pausados. Luego hizo lo mismo con el otro pie.

—Abre las piernas —dijo, sin alzar la voz.

Lucía separó las rodillas. La cinta de seda se deslizó entre ellas, rozando justo donde el deseo se acumulaba, sin tocarlo directamente. Una, dos veces. Como un juego. Como una promesa.

—¿Sientes cómo late? —preguntó Valeria, ahora muy cerca, su aliento rozando la oreja de Lucía—. No por mí. Por ti. Por lo que estás permitiendo.

Lucía no respondió. No podía. Solo asintió, con los ojos cerrados, las manos temblando contra el piso.

—Hoy no vas a correr —dijo Valeria—. Hoy solo vas a sentir. Y obedecer.

Lucía sintió que algo en su interior cedía. No era humillación. Era entrega. Una rendición voluntaria, lenta, como un río que encuentra su cauce. Y cuando Valeria, por fin, posó la palma sobre su nuca y presionó con suavidad, como si la hundiera en un sueño, Lucía supo que ya no estaba en una clase de yoga.

Estaba en otro lugar. Un lugar sin nombre. Un lugar que solo Valeria conocía. Y que, por primera vez, ella también empezaba a descubrir.

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