La instructora de yoga

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El sol de la tarde colaba entre las persianas del estudio, dibujando líneas de luz dorada sobre el suelo de madera. El aire olía a incienso de sándalo y sudor ligero, ese aroma dulzón y cálido que se queda en la piel después de una sesión intensa. Camila, la instructora, estaba sola. Se había quedado más tiempo del habitual, estirando los músculos, repitiendo posturas con una lentitud casi ritual. Su cuerpo, esbelto y fibroso, brillaba con una fina capa de humedad. Llevaba solo una malla deportiva negra y un top ajustado que marcaba cada curva. Los pezones se le endurecían bajo la tela con el aire acondicionado encendido.

La puerta chirrió.

—¿Camila? ¿Todavía aquí?

Era Lucas. Alto, barba recortada, ojos oscuros y una mirada que siempre parecía querer decir más de lo que permitía. Había ido unas cuantas veces al taller, pero nunca terminaba la clase. Siempre se iba antes, como si algo en su cuerpo no pudiera soportar el ritmo lento, la tensión contenida de los estiramientos, el silencio cargado de respiraciones.

—Sí. Me quedé repasando la secuencia de mañana —dijo ella, sin girarse.

Lucas cerró la puerta tras de sí. Caminó despacio, descalzo sobre la madera. El estudio estaba en penumbra, solo iluminado por el último rayo de sol.

—Te vi desde la ventana. Hacías ese movimiento… con las piernas abiertas, el torso hacia adelante. Se te marcó todo.

Camila se detuvo. No se sorprendió. Sabía que él la miraba. Lo había notado desde la primera clase, ese interés que no se disimulaba del todo.

—¿Y? —preguntó, girándose lentamente.

—Y me puse duro.

No hubo vergüenza en su voz. Solo una declaración seca, honesta. Ella lo miró fijo, con una sonrisa apenas insinuada.

—¿Quieres que te enseñe algo más íntimo?

Lucas dio un paso. Luego otro. Estaba frente a ella. A un palmo. Podía sentir su calor.

—Quiero tocarte. Quiero meter la boca donde nadie ha metido. Quiero que te corras gritando mi nombre.

Camila no respondió con palabras. Se agachó despacio, frente a él, y le desabrochó el cinturón con los dientes. Le bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón. Su pene saltó libre, grueso, con una vena marcada que latía bajo la piel. Lo tomó con la mano derecha, lo acarició desde la base hasta la punta, luego se lo llevó a la boca.

Lucas gruñó.

—Joder… así, Camila, así…

Ella lo chupó con lentitud, como si estuviera saboreando cada centímetro. Con la lengua rodeó la cabeza, trazó círculos bajo el frenillo, luego lo tomó más adentro, hasta que la garganta se cerró y las lágrimas le asomaron en los ojos. Lo sacó, lo miró.

—Quiero que me folles —dijo—. Aquí. Ahora.

Lucas no necesitó más. La levantó del suelo, la cargó como si no pesara, y la llevó a la alfombra. Le arrancó la malla con un movimiento brusco, dejando al descubierto su sexo depilado, húmedo, con los labios hinchados. Se arrodilló y metió la boca.

Camila gritó.

—¡Sí! ¡Así, con los dedos!

Lucas le separó los labios con dos dedos y empezó a chuparle el clítoris con fuerza, con voracidad. Su lengua se movía en círculos, rápida, luego lenta, luego otra vez rápida. Uno de sus dedos entró en su vagina, luego otro. Ella se retorcía, levantaba las caderas, buscaba más profundidad.

—No pares… no pares… voy a correrme…

Y cuando el orgasmo llegó, fue violento. Gritó, se agarró de sus hombros, clavó las uñas en su espalda. Su cuerpo se arqueó como un arco, las piernas le temblaron, y un chorro leve de líquido cálido salió de su interior, mojando los dedos de Lucas.

Él no se detuvo. Siguió lamiendo, chupando, hasta que ella lo apartó con suavidad.

—Ahora quiero verte dentro —dijo, aún temblando—. Quiero sentirte hasta el fondo.

Se puso de rodillas, con el culo en alto, la espalda arqueada. Lucas se colocó detrás, tomó su pene con la mano y lo frotó contra su sexo, mojado, caliente.

—¿Así? —preguntó.

—Sí… entra… entra ya.

Empujó. La cabeza del pene se abrió paso entre sus labios, se hundió en su interior con una lentitud que ambos alargaron a propósito. Camila gimió, profundo, como si le doliera y lo deseara al mismo tiempo.

—Joder… estás tan apretada…

—Más… más…

Lucas empujó hasta el fondo. Su pelvis chocó contra sus nalgas. Quedó enterrado hasta las pelotas. Ambos quedaron quietos un segundo, como si el tiempo se detuviera.

Luego empezó a moverse.

Primero lento. Luego más fuerte. Cada embestida hacía que Camila gritara, que el sudor les resbalara por la espalda, que el aire se volviera espeso. Lucas le sujetaba las caderas con fuerza, marcando sus dedos en la piel.

—Dime que te gusta —dijo entre jadeos.

—Me gusta… me gusta… me gusta…

—¿Quién te la mete así?

—Nadie… nadie como tú…

—Dilo.

—¡Tú! ¡Tú me la metes así! ¡Tú me follas así!

Lucas aceleró. Las nalgas de Camila rebotaban contra él. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el estudio. El olor a sexo, a sudor, a mujer excitada, era intenso.

—Voy a correrme… —dijo él.

—No… no te corras dentro…

Pero Lucas no salió. Siguió follando, más rápido, más profundo. Y cuando el orgasmo lo golpeó, gruñó como un animal, se tensó entero, y descargó dentro de ella, llenándola con chorros calientes que ella sintió brotar una y otra vez.

Se dejó caer sobre ella, aún dentro, el pecho subiendo y bajando con violencia.

—No me digas que no debimos hacer esto —susurró.

Camila sonrió, aún con los ojos cerrados.

—No digas estupideces. Dime que quieres repetir.

—Mañana. A la misma hora.

—Entonces trae condones.

Lucas rio, se retiró despacio. Su pene, aún semierecto, brillaba con su humedad mezclada.

Camila se dio vuelta, se sentó, y lo miró.

—Y si vuelves a mirarme como lo hiciste hoy… te follo antes de la clase.

Lucas se puso de pie, se vistió en silencio.

—Hasta mañana, instructora.

Ella se quedó sola otra vez. Pero esta vez, con el cuerpo satisfecho, los labios hinchados, el sexo aún palpitando. Fuera, el sol se había ido. Pero dentro, el calor seguía. Y el recuerdo de cada embestida. Y la promesa de lo que vendría.

También en: HeteroOralAnal

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