La instructora de yoga
El sol de media tarde entraba sesgado por las ventanas altas del estudio, dibujando rectángulos de luz sobre el piso de madera. El aire olía a eucalipto y a piel limpia. Lucas llegó cinco minutos tarde, como siempre, con el cabello aún húmedo de la ducha y una camiseta demasiado ajustada que marcaba el contorno de sus pectorales. Adriana, la instructora, lo miró con una sonrisa apenas insinuada, los labios entreabiertos, mientras desenrollaba su esterilla en la esquina de siempre.
—Pensé que hoy no venías —dijo ella, bajito, mientras se agachaba a atarse la trenza.
—No me lo perdería —respondió él, quitándose los zapatos con los talones.
Era la quinta clase que tomaba con ella. Cinco veces viéndola moverse con esa lentitud precisa, esos músculos delgados que se tensaban bajo la ropa ligera, esos dedos largos que guiaban posturas con una voz que bajaba hasta casi un susurro. No era solo yoga. Era un ritual. Una danza lenta de sudor, estiramientos y miradas que se cruzaban un segundo más de lo normal.
Hoy, sin embargo, algo era distinto. El grupo era más pequeño. Solo tres personas más, dispersas al fondo. La música, una melodía ambiental sin letra, parecía envolverlos como un velo. Adriana encendió el difusor de aromas, ajustó la temperatura, y comenzó con la respiración.
—Cierra los ojos —dijo—. Siente cómo el aire entra… y cómo sale.
Lucas obedeció, pero no cerró del todo. Entre sus pestañas, la observaba. El cuello largo, la clavícula saliente, el leve movimiento de su vientre al respirar. Llevaba un top negro de deporte y pantalones ajustados de tela elástica, que se ceñían a sus nalgas redondas como si fueran pintados.
Pasaron por las posturas básicas: montaña, perro boca abajo, torsión sentada. Nada fuera de lo común. Pero cuando llegó el momento del ajuste físico, Adriana se acercó a él.
—Estás muy rígido aquí —dijo, poniendo las manos en su espalda baja mientras él estaba en flexión hacia adelante.
Lucas sintió el contacto como una descarga. Calor. Presión suave. Los dedos de ella se deslizaron un poco más abajo, justo sobre la cintura del pantalón.
—Relájate —susurró—. Deja que el cuerpo se abra.
Él asintió, sin hablar. Sentía el pulso en el cuello, en las sienes. Cuando ella retiró las manos, el vacío fue casi doloroso.
Llegó la postura del puente. Todos acostados, levantando la pelvis, brazos bajo la espalda. Adriana pasó entre las esterillas, corrigiendo aquí, apoyando allá. Cuando llegó a Lucas, se arrodilló a su lado.
—Deja que los omóplatos se junten —dijo, colocando una mano entre sus escápulas—. Sí… así.
Él sintió el calor de su palma a través de la camiseta. El roce de sus dedos al retirarse. Y cuando abrió un poco los ojos, vio que ella lo miraba. No con frialdad profesional, sino con algo más lento, más profundo. Una mirada que no se retira a tiempo.
La clase terminó con savasana. Todos acostados boca arriba, en silencio, envueltos en mantas. Lucas fingió dormir. Pero estaba despierto, atento a cada sonido, a cada respiración. Y cuando escuchó que los otros se iban, supo que estaban solos.
No se movió. Tampoco ella. El silencio se espesó.
Hasta que Adriana se acercó.
—Lucas —dijo, muy bajo.
Él abrió los ojos lentamente. Ella estaba arrodillada a su lado, la cara a diez centímetros de la suya.
—No te vayas —pidió.
Él se incorporó sobre un codo. No dijo nada. Solo la miró.
Ella le puso una mano en el pecho. Lenta. Como si midiera el latido.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No —respondió él—. Pero debería.
Ella sonrió. Una sonrisa verdadera, sin máscaras.
—Yo tampoco debería hacer esto —dijo—. Pero llevo cinco clases deseando tocarte y ya no puedo más.
Lucas no dudó. Le tomó la nuca y la acercó. El beso fue profundo desde el primer instante. Boca abierta, lengua, aliento compartido. Ella emitió un sonido bajo, casi un gemido, y se dejó caer sobre él. Sus cuerpos se encajaron como si hubieran esperado años por ese momento.
Él le desabrochó el top con manos torpes, ansiosas. Cuando sintió sus pechos en las palmas, suaves y firmes, gimió. Ella le mordió el cuello, bajó con los dientes por su clavícula. Le quitó la camiseta, le besó el torso, el ombligo.
—Quiero verte —dijo él.
Ella se puso de pie, despacio. Se quitó el top, los pantalones, la ropa interior. Quedó desnuda bajo la luz tenue. Lucas se levantó también. Se desvistió sin prisa, dejando que ella lo mirara.
Era alto, fibroso, con un vello oscuro que bajaba desde el abdomen. Ella se acercó, le puso la mejilla sobre el pecho, escuchó su corazón.
—No quiero hacerlo en el suelo —dijo.
Él asintió. Juntos caminaron hasta el rincón donde guardaban las almohadas y mantas. Se dejaron caer. Él le besó los muslos, el vientre, el pecho. Ella arqueó la espalda, suspiró.
—Más —pidió.
Él bajó con la lengua, trazó un camino húmedo entre sus piernas. Ella abrió las rodillas, lo invitó. Cuando la lamió, ella gritó, bajo, contenido.
—Lucas… —jadeó—. Por favor…
Él se incorporó, buscó en su mochila. Sacó un preservativo. Ella le ayudó a ponérselo.
—Entrégate —dijo ella.
Él asintió. Se colocó entre sus piernas, la miró a los ojos. Y entró.
Fue lento. Profundo. Ella cerró los ojos, apretó las sábanas. Él se movió con cuidado, con devoción, como si estuviera rezando.
—Mírame —pidió ella.
Él obedeció. Sus miradas se encontraron. Y no se soltaron.
El ritmo fue creciendo. Sudor, jadeos, piel contra piel. Ella le clavó las uñas en la espalda, levantó las caderas para recibirlo más adentro.
—No pares —suplicó.
Él no paró. Fue hasta que ella gritó, temblando, los músculos contraídos, y él se dejó ir, con un gruñido ahogado, hundiéndose en ella hasta el fondo.
Se quedaron abrazados. Sin hablar. Sudorosos, agitados, enredados en mantas y respiraciones.
—No fue solo yoga —dijo él, mucho después.
—No —respondió ella—. Fue todo lo que no dijimos.
Fuera, el sol se había escondido. El estudio estaba en penumbras. Pero ellos no se movieron. No aún.
Porque sabían que esto no había terminado. Solo había comenzado.
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