La huella del jazmín
La noche caía sobre la ciudad como un manto de terciopelo húmedo, deslizándose entre los edificios antiguos del centro. En el tercer piso de una casona colonial reconvertida en galería de arte efímero, Sofía apagó la luz del estudio con un clic suave. El haz de la lámpara de pie aún encendida dibujaba sombras largas sobre sus piernas desnudas, marcadas por la costura de sus medias negras. Había estado trabajando hasta tarde, ajustando la posición de una instalación de espejos rotos y cera derretida, pero ahora solo quería respirar. Y esperar.
Sabía que vendría.
No había necesidad de mirar el reloj. A las once y doce minutos, como todas las noches desde hacía una semana, la puerta del pasillo se abría sin ruido y ella aparecía. Valeria. Alta, piel canela, cabello negro recogido en un moño flojo que dejaba escapar mechones rebeldes. Llevaba un vestido de seda azul oscuro, sin mangas, que se ajustaba a sus caderas como una segunda piel. No dijo nada al entrar. Solo cerró la puerta con el pie y dejó el bolso en el suelo, lento, deliberado.
—Te quedaste otra vez —dijo Valeria, su voz baja, casi un eco.
—No podía irme sin verte —respondió Sofía, sin girarse.
Valeria avanzó con pasos silenciosos. El suelo de madera apenas crujía. Se detuvo detrás de ella, a medio metro, lo suficiente como para que Sofía sintiera el calor de su cuerpo, el leve aroma a jazmín que dejaba en el aire. No la tocó. No aún.
—Estás tensa —dijo Valeria.
—Siempre lo estoy cuando tú estás cerca.
—Entonces deberías acostumbrarte.
Una sonrisa leve cruzó los labios de Sofía. Valeria dio un paso más. Ahora su aliento rozaba la nuca de la otra mujer, justo donde el cabello se volvía más corto. Con dos dedos, Valeria levantó un mechón de pelo y lo apartó con lentitud, dejando al descubierto la línea del cuello. Luego, sin apresurarse, rozó la piel con la yema del dedo índice, trazando una línea desde la base del cráneo hasta el hombro.
Sofía cerró los ojos.
—No enciendas más luces —dijo Valeria—. Quiero verte así, a medias. A oscuras, pero no del todo.
—¿Y si alguien sube?
—Nadie sube a esta hora. Y si lo hacen… que miren. No tengo vergüenza.
Sofía se volvió lentamente. Sus miradas se encontraron. Valeria tenía los ojos más oscuros que el vino tinto, profundos, con una luz interior que parecía moverse. Sofía alzó la mano, temblorosa, y tocó el borde del vestido, justo donde el escote descendía en V. Sus dedos temblaron al rozar la piel.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, casi en un susurro.
—Porque tú me dejas —respondió Valeria—. Porque cuando te miro, tú me miras como si yo fuera la única fuente de luz en el cuarto. Y porque… —se acercó más, hasta que sus labios casi se rozaron—… tú sabes cómo me gusta que te toquen.
El primer beso fue lento, medido. Labios que se reconocen, que se prueban con cautela. Pero no duró mucho. Sofía, impulsada por algo que no quería nombrar, hundió los dedos en el cabello de Valeria y la atrajo hacia sí, profundizando el beso con una urgencia que las sorprendió a ambas. La lengua de Valeria se abrió paso con autoridad, firme, exigente. Sus manos, grandes y firmes, tomaron posesión de la cintura de Sofía, apretándola contra su cuerpo.
El vestido azul cayó al suelo en un suspiro de seda.
Valeria retrocedió un paso, descalzándose con un movimiento elegante. Llevaba un sostén de encaje negro, sin aros, que apenas contenía sus senos. Sofía no pudo evitar mirar. Se mordió el labio inferior mientras se quitaba los zapatos, luego las medias, una por una, enrollándolas con cuidado antes de dejarlas a un lado.
—Quítate todo —dijo Valeria, sin sentarse, sin apresurarse—. Quiero verte entera antes de tocarte otra vez.
Sofía obedeció. Lentamente. Desabrochó el vestido sin mangas que llevaba, dejando al descubierto un sostén de encaje rojo y bragas del mismo tono. Valeria asintió, satisfecha. Sofía se deshizo de la ropa interior con una lentitud que era casi un desafío. Cuando estuvo desnuda, dio media vuelta, mostrando la espalda, la curva de los glúteos, el inicio del muslo. Valeria avanzó. Pasó una mano por la columna vertebral, desde la nuca hasta el inicio del surco, deteniéndose justo donde la piel se hundía.
—Eres hermosa —dijo—. Pero no solo por cómo te ves. Por cómo te mueves. Por cómo te entregas.
Luego la tomó por los hombros y la giró. La miró a los ojos mientras la acercaba a sí. Esta vez el beso fue distinto: más profundo, más húmedo, más largo. Sus lenguas se enredaron, sus dientes chocaron levemente, sus gemidos se mezclaron en el aire caliente del estudio.
Valeria la empujó suavemente hacia el sofá. Sofía cayó sentada, pero no se tumbó. Valeria se arrodilló frente a ella, tomó uno de sus pies y lo llevó a sus labios. Besó la planta con devoción, luego mordió el tobillo con suavidad. Subió por la pantorrilla, besando, lamiendo, deteniéndose en la corva, donde la piel era más sensible. Sofía tembló.
—No pares —pidió.
—No tengo intención.
Valeria llegó al muslo. Rozó con los labios el borde interior, una y otra vez, sin tocar el centro. Sofía separó las piernas, instintivamente, buscando contacto. Valeria sonrió, pero no cedió. En lugar de eso, deslizó una mano por el abdomen de Sofía, subió hasta el pecho izquierdo, lo tomó con firmeza, lo masajeó con lentitud, mientras con la otra mano acariciaba el muslo, sin avanzar más.
—Dime lo que quieres —ordenó.
—Quiero tu boca —gimió Sofía—. Quiero que me lamas. Aquí. Ahora.
—¿Así? —Valeria rozó el clítoris con dos dedos, apenas un roce—. ¿O así?
Sofía arqueó la espalda, suplicando en silencio.
Entonces Valeria bajó. Su lengua tocó por fin el centro palpitante, lenta, circular. Sofía gritó, corto, agudo. Valeria no se detuvo. Lamía con precisión, con dominio, con conocimiento. Sabía cuándo presionar, cuándo retroceder, cuándo morder suavemente el labio mayor. Sus manos se enredaron en los muslos de Sofía, sujetándola mientras la devoraba con avidez.
—Más —suplicó Sofía—. Más fuerte.
Valeria obedeció. Su lengua se hundió más, su boca se cerró sobre el clítoris con un succión profunda. Una, dos, tres veces. Hasta que Sofía se corrió con un grito ahogado, temblando, aferrándose a los cojines del sofá.
Valeria se incorporó sin prisa. Se limpió los labios con el dorso de la mano y se sentó a su lado. Sofía aún temblaba.
—¿Y tú? —preguntó, con voz entrecortada.
—Todavía no —dijo Valeria—. Quiero que me domines.
Sofía la miró, sorprendida. Luego sonrió. Se puso de pie, tomó a Valeria de la muñeca y la llevó al centro de la habitación, donde la luz cenital dibujaba un círculo en el suelo. La hizo arrodillarse. Luego se arrodilló frente a ella.
—Esta noche —dijo— no eres tú quien manda.
Y con eso, Sofía tomó el rostro de Valeria entre sus manos y la besó como si quisiera borrar el mundo. Luego bajó. Con la misma lentitud, el mismo dominio. Besó sus pechos, mordió los pezones con delicadeza, bajó por el vientre, se detuvo en el ombligo, lamió con paciencia. Valeria jadeó.
—Sofía…
—Calla —dijo ella—. Esta vez, yo decido cuándo.
Y entonces hundió la lengua, profunda, húmeda, sin piedad. Valeria gritó. El estudio se llenó de gemidos, de jadeos, de piel sudorosa. El jazmín flotaba aún en el aire, mezclado con el olor del deseo. Y afuera, la ciudad seguía dormida, ajena al fuego que ardía en el tercer piso.
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