La huella del alba

@el_forastero ·11 de enero de 2026 · ★ 4.4 (40) · 625 lecturas

Había llovido toda la noche. No una tormenta violenta, sino una llovizna tenaz que empapó los adoquines del pueblo y dejó el aire espeso, perfumado con tierra mojada y jazmín. Yo no había dormido. Me senté en el borde de la cama, desnudo, con el cuerpo aún vibrando por un sueño que no lograba recordar del todo, solo fragmentos: una mano en mi nuca, un aliento en el cuello, el roce de una pierna entre las mías. Todo confuso, como si el cuerpo ya hubiera vivido algo que la mente se negaba a aceptar.

Salí al patio trasero. El frío me golpeó suave, como una caricia inesperada. Encendí un cigarro, dejé que el humo se mezclara con la bruma. Fue entonces cuando la vi. Estaba de pie junto al viejo pozo, con un vestido ligero que el viento agitaba como si respirara. No me miró enseguida. Se quedó allí, quieta, como si supiera que yo vendría. Su nombre era Elisa, aunque nadie en el pueblo la llamaba así. Para todos era la mujer del médico, la que regresó después de diez años en la capital, con un aire distinto, más lento, más profundo.

—No esperaba verte aquí tan temprano —dijo, sin voltear.

—Tampoco yo —respondí—. Pero el insomnio es un compañero fiel.

Entonces se giró. Llevaba el cabello suelto, oscuro, con mechones que el aire enredaba. Tenía los ojos claros, casi amarillos, como si el sol se hubiera quedado atrapado en ellos. Me miró con una calma que no era indiferencia, sino conocimiento. Como si ya supiera lo que iba a pasar.

—¿Tienes frío? —pregunté, aunque sabía que no era por el clima.

—No —dijo—. Solo estoy despierta. Como tú.

Nos quedamos así, frente a frente, sin tocarnos, pero tan cerca que sentía el calor que despedía su piel. El vestido se le pegaba en las caderas, dibujando una curva que me hizo tragar saliva. No era una belleza ostentosa, sino una que se revelaba poco a poco: la línea de la mandíbula, los hombros redondeados, el modo en que bajaba los párpados cuando algo la conmovía. Y en ese momento, bajó los párpados.

—¿Puedo tocarte? —pregunté, sin pedir permiso, pero con la voz baja, casi temblorosa.

—No me toques —dijo—. Aún no.

Y entonces fue ella quien dio el primer paso. Se acercó, despacio, hasta que su pecho rozó el mío. No se detuvo. Siguió avanzando, obligándome a retroceder hasta que sentí la pared fría en la espalda. Levantó una mano, solo el índice, y lo pasó por mi clavícula, trazando un camino lento, como si leyera un mapa antiguo. No dijo nada. Solo miraba. Y yo, inmóvil, sentía que cada poro de mi piel se abría, que algo en mí se deshacía.

—Tienes el corazón rápido —dijo.

—Tú también —respondí.

Sonrió. Fue una sonrisa mínima, apenas un leve levantamiento en las comisuras, pero me desarmó. Luego, con una lentitud que dolía, se quitó el vestido. Lo dejó caer al suelo, como si fuera algo que ya no necesitaba. Estaba desnuda, pero no con urgencia, sino con intención. Como si el cuerpo fuera un lenguaje que solo ella dominaba.

—Mírame —dijo.

Y la miré. No como se mira a una mujer, sino como se mira algo que se ha estado buscando sin saberlo. Sus pechos no eran grandes, pero firmes, con aureolas oscuras y pezones erguidos por el frío o por el deseo. La cintura se hundía en una curva que se abría en caderas anchas, naturales. El vello entre sus piernas era oscuro, cuidado, como un jardín escondido. No era perfección, era verdad. Y eso me excitó más que cualquier imagen idealizada.

—¿Todavía quieres tocarme? —preguntó.

—Más que nunca —dije.

Esta vez no esperé permiso. Llevé las manos a sus caderas, las sentí tibias, reales. La atraje hacia mí. Nuestros sexos se encontraron sin prisa, como si ya supieran el camino. Ella gimió, un sonido bajo, casi animal, que me hizo apretarla más. Besé su cuello, mordí su hombro, mientras mis dedos exploraban el interior de sus muslos, acercándose al centro. Cuando por fin la toqué allí, estaba húmeda, caliente, lista.

—No pares —dijo.

Y no paré. Moví los dedos con ritmo, con presión, aprendiendo sus respuestas: cómo se tensaba al principio, cómo temblaba cuando encontraba el punto justo. Ella se aferró a mis hombros, clavó las uñas, jadeó. Su respiración se volvió irregular, profunda. Y entonces, de pronto, me detuvo.

—No ahora —dijo—. Quiero sentirte dentro.

Me miró con una intensidad que me asustó. No era lujuria, era necesidad. Como si llevara años esperando ese momento. Me tomó de la mano y me guió al interior de la casa. Subimos las escaleras en silencio, pisando con cuidado, como si el ruido pudiera romper el hechizo. En su habitación, la luz del alba ya empezaba a colarse por las cortinas, dibujando líneas tenues sobre la cama deshecha.

Se acostó boca arriba, abrió las piernas. No dijo nada. Solo me miró. Y yo, desnudo, temblando, me coloqué encima. Sentí su calor, su humedad, su respiración entrecortada. Entré despacio, centímetro a centímetro, como si estuviera descubriendo un territorio nuevo. Ella cerró los ojos, susurró mi nombre. No fue un grito, fue un reconocimiento.

Moví mis caderas con lentitud, con cuidado, pero con firmeza. Ella respondía con levísimos movimientos, con contracciones que me apretaban, me arrancaban gemidos. El ritmo fue creciendo, no por prisa, sino por necesidad. Sus piernas rodearon mi cintura, sus manos se clavaron en mi espalda. Y entonces, en un momento que no supe cuándo llegó, ambos caímos. No fue un orgasmo violento, sino una rendición, un derrumbe suave, como una ola que se retira y se lleva consigo todo lo que había en la orilla.

Nos quedamos quietos, pegados, sudorosos, con el corazón desbocado. Ella abrió los ojos y me miró como si acabara de verme por primera vez.

—No fue solo sexo —dijo.

—No —dije—. Fue algo que no tengo nombre.

Y no lo tenía. No era amor, no era casualidad. Era algo anterior, más profundo, como si nuestros cuerpos se hubieran reconocido de otra vida. Fuera, el sol empezaba a subir. El pueblo despertaría pronto. Pero allí, en esa habitación, el tiempo no existía. Solo quedaba la huella del alba, y el eco de un encuentro que no se repetiría, pero que nunca se borraría.

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