La hora del té

La hora del té

@natalia_fuego ·25 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (13) · 188 lecturas · 7 min de lectura

Me llamó a las 5:17 de la tarde, cuando el sol se deslizaba por el vidrio de la ventana como una lengua tibia. No era hora de llamadas, ni de visitas. Eran las horas en que el tiempo se volvía espeso y la casa, silenciosa, guardaba su aliento. Su voz, sin embargo, no respetó ese silencio: vino directa a mi oído, fina y húmeda como una hoja de té recién desplegada.

—¿Tienes limón? —preguntó.

Y yo, que ya sabía que no era por el limón, le dije: —Sí.

Subió las escaleras con pasos lentos, sin apuro, como quien sube al altar sin saber si será bendición o pecado. Llevaba una falda larga, de algodón crudo, y los tobillos descubiertos. El viento movía suavemente la tela, pero no tanto como para revelar —solo insinuar— la curva de sus muslos, esa curva que ya conocía, aunque no nos habíamos visto en dieciocho meses.

—¿Crees que tu marido sospeche algo? —le pregunté mientras cerraba la puerta.

Ella rio, bajo, sin sonrisa, como si la palabra *marido* fuera algo que se masticaba con cuidado para no romperla.

—No. Él cree que vine a visitar a mi hermana. —Se detuvo al centro de la cocina, con las manos en los bolsillos, los ojos fijos en el termo que humeaba sobre la mesa. —Pero no vino por su hermana.

—No —concedí.

El silencio se extendió entonces, pero no era el mismo de antes. Era un silencio cargado, que se curvaba como un arco antes de disparar la flecha. Ella se acercó al termo, tomó la tetera de esmalte azul que yo había dejado sobre la estufa, y vertió el agua con una precisión casi ritual. El vapor subió en espiral, formando un velo entre nosotros.

—¿Por qué hoy? —pregunté.

Ella me miró por primera vez, directo, sin esquivar. Sus ojos tenían ese brillo que solo tienen los que han estado reprimiendo algo demasiado tiempo: no es locura, ni desesperación. Es pureza, sí —una pureza peligrosa, como el fuego que arde sin humo.

—Porque hoy no tenía ganas de ser buena.

Apagué la estufa. Apagué la luz. Solo quedó la luz del atardecer, dorada, cálida, que entraba por la ventana y se deshacía en manchas sobre el piso de madera. Ella se quitó las sandalias y se sentó en el suelo, contra la pared, con las piernas cruzadas. Yo me senté frente a ella, a un metro, con las manos sobre las rodillas, como si estuviéramos en un duelo de miradas.

—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos aquí? —preguntó.

—Sí.

—Fue en invierno. Hacía frío. Te puse una manta en los hombros, y tú dijiste que no sentías el frío porque tu piel ya estaba ardiendo.

—Y tú dijiste que no te importaba quemarte —repliqué.

Ella se levantó entonces. No con prisa, sino con intención. Caminó hasta mí, se arrodilló, y puso sus manos sobre mis muslos. Sus dedos eran largos, con uñas cortas y naturales, sin esmalte. Apretaron suavemente, como para asegurarse de que yo estaba ahí, de que no era un espejismo.

—¿Sabes qué es lo que más echo de menos? —susurró.

—¿Qué?

—El momento en que dejas de pensar. Cuando el mundo se achica hasta ser solo tu respiración, el calor de su pecho, y la certeza de que no hay nada más que hacer, que ser, que sentir.

Sus dedos subieron, despacio, hasta rozar la tela de mi blusa. Desabrochó el primer botón. Luego el segundo. Su respiración cambió apenas, pero yo lo sentí. Era como el primer trazo de un dibujo: delicado, tembloroso, pero firme.

—¿Y si nos descubren? —pregunté, aunque no era una pregunta. Era un reconocimiento. Un permiso.

Ella no respondió. Sólo bajó la cabeza y rozó con los labios el hueco entre mis clavículas. No fue un beso. Fue una advertencia. Una promesa.

Me levanté. Ella me siguió con la mirada mientras me deshacía de la blusa, dejando la camiseta fina, casi transparente. Se acercó detrás de mí, y sus manos se deslizaron por mi cintura, subieron hasta mi pecho. No tocaron mis pechos aún. Solo rodearon mis costillas, con las palmas planas, como si estuvieran midiendo el latido que yo sentía en las sienes.

—Tú siempre fuiste más valiente que yo —dije, sin voltear.

—No —respondió, con la frente apoyada en mi espalda. —Tú solo no te detenías a pensar en las consecuencias.

Finalmente, giré.

Nos miramos cara a cara. Ella me besó entonces, y fue un beso que no empezaba por la boca, sino por el aire que compartíamos. Sus labios estaban secos, pero cálidos. Su lengua entró con cautela, como si temiera despertar algo que ya no podría dormir. Yo la tomé por la cintura, tiré de ella, y ella se pegó contra mí, hasta que sentí el calor de su cuerpo, la suavidad de sus pechos contra mi pecho, la curva de su vientre contra mi muslo.

—Dime qué quieres —susurré.

Ella me miró con los ojos entreabiertos, con ese brillo que ahora sí era deseo, sí —pero no ese deseo que se ve en los anuncios, sino el que nace cuando has estado callando tanto que ya no sabes si estás hablando contigo o con el mundo.

—Quiero que me hables mientras me tocas —dijo. —Quiero que me digas cómo soy cuando estoy tuya.

Y entonces la llevé a la habitación.

No la desvestí. La dejé vestida. Solo le subí la falda hasta las caderas, le bajó la braga con los dedos, y vi su pubis, redondeado, suave, la entrepierna húmeda ya, no por ansiedad, sino por espera. Le separé los labios con la punta de los dedos, y la vi temblar. Luego, bajé la cabeza.

Primero besé su clítoris, apenas. Un beso seco, como si estuviera probando el sabor del aire. Ella gimió, bajo, como una que no quiere despertar a nadie. Luego, con más lentitud, pasé la lengua, de abajo hacia arriba, una y otra vez, hasta que su respiración se volvió irregular. Entonces la toqué con los dedos, dos primero, después tres, con movimientos suaves, como si estuviera escribiendo una carta que no quería terminar nunca.

—Sí —murmuró—. Sí, así.

Y cuando me pidió que la tocase más fuerte, que la empujara, que la hiciera gritar —yo le dije que no—. Le dije que no, porque esa parte, la que ella quería soltar, era solo nuestra. No la entregaría al eco del pasillo, ni al murmullo del tráfico de la calle. La guardé para mí. Para nosotras.

Cuando vino, vino con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, pero sin sonido. Solo un estremecimiento que subió desde sus pies hasta su cuello, como una ola que se deshacía en la arena.

Se levantó entonces, se acomodó la falda, y se sentó frente a mí, sobre la cama. Me quitó la camiseta, me desabrochó el sujetador con una sola mano, y me besó los pechos uno por uno, sin prisa, como si estuviera aprendiendo su forma. Luego me tomó de la mano y me llevó hacia su cuerpo.

—Ahora soy yo —dijo—. Ahora soy yo la que quiere recordarte quién eres.

Y yo me dejé guiar.

Fue lento. Intenso. No hubo ruido, solo el sonido de nuestra respiración entrelazada, el roce de la piel, el calor que se multiplicaba. Ella se movió sobre mí, con las piernas abiertas, con las uñas clavadas en mis hombros, con los ojos abiertos, sin miedo a que la viera.

—Mírame —le dije.

Y ella me miró, y me sonrió, con una sonrisa que no es de placer, sino de reconocimiento. De aceptación.

Después, cuando todo se calmó, cuando el silencio volvió, pero ya no era el mismo de antes —porque ahora estaba lleno de huellas—, ella se puso de pie, se puso las sandalias, se ajustó la falda.

—¿Te acuerdas de la historia de las dos flores que crecieron juntas, pero en macetas distintas? —preguntó mientras se acercaba a la ventana.

—Sí.

—Hoy, por una vez, una de ellas se salió de su maceta.

—Y se arrastró hasta la otra —añadí.

Ella asintió.

—Mañana volveré a ser su hermana. Pero hoy… hoy fui yo.

Se detuvo en la puerta, me miró una última vez, y se fue sin despedirse.

Solo dejó sobre la mesa, junto al termo frío, una hoja de té seco, doblada en cuatro, con su nombre escrito

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@natalia_fuego

Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.

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