La hora del cerro
El aire del atardecer en Tepoztlán olía a tierra mojada y eucalipto, aunque no había llovido en días. Subiendo el cerro por el sendero de piedra suelta, Lucía se ajustó la mochila en el hombro y sintió el sudor resbalándole entre los senos. El camisón ligero que llevaba se pegaba a su espalda, marcando cada curva como si fuera un segundo pellejo. No era la primera vez que iba a ese mirador, pero sí la primera que lo hacía con él.
Jorge caminaba delante, con el pantalón de mezclilla pegado al trasero prieto, las botas gastadas levantando polvo en cada paso. No hablaban mucho. Solo se miraban de reojo, con esa tensión que se cuece lento, como el mole en olla de barro. Ella sabía que él la quería. Lo había sabido desde que le puso la mano en la cintura al salir del antro, dos noches antes, y le dijo al oído, ronco: “Vámonos a ver las estrellas, chula.” Y ella, sin chistar, lo siguió.
Ahora, arriba, el cielo se desgarraba en colores de fuego. El sol se hundía tras el valle como un nopal sangrando. Se sentaron en una roca plana, sin cobijas, sin botellas. Solo ellos, el viento y el latido del mundo.
—¿Y si nos cogemos aquí? —dijo Jorge de pronto, sin mirarla.
Lucía no se sorprendió. Solo sonrió, lento, mientras se desabotonaba el camisón. Dejó al descubierto los pechos morenos, con los pezones tiesos como clavos de lluvia.
—¿Aquí? ¿Con todo y el mundo viéndonos?
—El mundo está abajo —dijo él—. Y arriba, solo están las estrellas. Y ellas ya han visto de todo.
Se acercó. Le puso la mano en la rodilla y empezó a subir, lento, como si deshojara una flor. Lucía separó las piernas sin pedir permiso. Él le metió dos dedos por debajo del short, directo al coño, que ya estaba húmedo, caliente, como una boca hambrienta.
—Chinga, qué mojada estás —murmuró, y ella se rio, bajito, antes de morderle el cuello.
Jorge se paró, se quitó la camisa, luego el pantalón. Su verga asomó tiesa, gruesa, con esa venita azul que late como un corazón aparte. Lucía la tomó en la mano, la acarició de arriba abajo, lento, mientras lo miraba a los ojos.
—No me hagas rogar —dijo él, con la voz quebrada.
—No estoy rogando —respondió ella—. Solo estoy disfrutando.
Se paró frente a él, se quitó el short y las bragas de un jalón. Luego, con las manos en las nalgas, se sentó encima, despacio, dejando que la punta de su verga se metiera poco a poco. Gimió cuando llegó al fondo, cuando todo su cuerpo se llenó de él.
—Ay, Dios… qué cabrón tan grande —jadeó.
Jorge le agarró las nalgas con fuerza, las separó con los dedos, y empezó a moverla arriba y abajo. Lucía se dejaba, con los ojos cerrados, el pelo ondeando con el viento. Cada embestida la hacía gritar, pero no importaba. Nadie los escuchaba. Solo el cricri de los grillos y el viento entre los árboles.
—Métemela toda —le rogó, echando la cabeza atrás—. No me ahorres, cabrón.
Él obedeció. La levantaba y la bajaba con fuerza, como si estuviera chingando una muñeca de trapo. El sonido de sus cuerpos al chocar era obsceno, húmedo, como el chapoteo de un río en crecida. Lucía sentía que se le iba el aire, que el clítoris le latía como un tambor, que algo dentro de ella se retorcía, se hinchaba, se preparaba para estallar.
—Voy a venirme —dijo, mordiéndose el labio—. Cabrón… me voy a venir…
—Pues vénete —le dijo él, sin parar—. Chinga, Lucía, vénete en mi verga.
Y así fue. Un espasmo la recorrió desde los pies hasta la nuca. Gritó con la boca abierta, sin miedo, sin vergüenza. Se corrió con fuerza, con rabia, con ganas, mientras su coño se apretaba alrededor de la verga de Jorge, como si quisiera tragársela.
Él no paró. La bajó de encima, la puso de cuatro sobre la roca, y le metió la verga por detrás. Esta vez fue más fuerte, más bruto. Le agarró el pelo y tiró, le mordió el hombro, le azotó las nalgas con la palma abierta.
—Ahora te voy a chingar como se chinga a una puta —le dijo al oído—. Como si fueras mía.
Y Lucía, con el culo en alto, las tetas colgando, el coño chorreando, solo alcanzó a decir:
—Sí… como si fuera tuya.
La cogió así un buen rato, sin piedad. Le metía la verga hasta el fondo, hasta que ella sentía que se le iba a salir por la boca. Le dio nalgadas que sonaron como tiros, le puso la mano en la espalda y la empujó hacia abajo, obligándola a arquearse, a abrirse más, a recibirlo todo.
—Más fuerte —pidió ella—. Cabrón, más fuerte.
Y él le dio lo que pedía. La verga entraba y salía con un sonido obsceno, como si estuviera desgarrando algo. El sudor les corría por la espalda, por las piernas, por los muslos. El olor del sexo, de la carne caliente, del coño excitado, flotaba en el aire como un incienso prohibido.
Cuando Jorge sintió que ya no podía más, la hizo pararse, la puso de espaldas a él, y le metió la verga por detrás otra vez, pero esta vez con las manos en sus senos, apretándolos, pellizcándole los pezones.
—Lucía… voy a correrme —dijo, con la voz ronca—. Te voy a llenar el coño.
—Hazlo —dijo ella—. Llénamelo todo. No te guardes nada.
Y así fue. Con un gruñido profundo, como de animal herido, Jorge se corrió dentro de ella. La verga latía, se hinchaba, y la llenó con tres, cuatro, cinco chorros calientes que le recorrieron el interior como lava. Lucía sintió cada gota, cada espasmo, cada segundo del orgasmo de él, y eso la hizo venirse otra vez, sin verga, solo con el pensamiento de estar llena.
Se dejaron caer sobre la roca, jadeando, sudorosos, con el cuerpo pegajoso y el alma liviana. El cielo ya estaba negro, lleno de estrellas. Ninguno dijo nada. No hacía falta.
—¿Y si nos quedamos aquí? —preguntó ella al rato, con la cabeza sobre su pecho.
—¿Aquí? ¿Sin ropa, sin agua, sin nada?
—Sí. Aquí. Como si el mundo no existiera.
Jorge la abrazó, le besó la frente, le acarició las nalgas con una ternura que contrastaba con la brusquedad de antes.
—Mejor nos vamos —dijo—. Pero antes, déjame chingarte otra vez.
Lucía rio, se dio vuelta, y le tomó la verga, que ya volvía a endurecerse.
—Eres un cabrón insaciable.
—Tú me haces así —respondió él, mientras la penetraba de nuevo, despacio, esta vez con calma, con cariño.
La segunda vez fue distinta. Menos bruta, más profunda. Era como si el cuerpo ya no fuera solo carne, sino un puente entre dos almas que se reconocían. Jorge le hablaba al oído, le decía cosas que no habían dicho antes, como “te quiero” y “nunca te dejaría” y “eres lo más bonito que he visto”.
Lucía lloró. No de tristeza, sino de plenitud. Cada embestida era una promesa, cada jadeo una confesión. Cuando se vino, lo hizo en silencio, con los ojos cerrados, con el corazón latiendo como si fuera a explotar.
Y cuando él se corrió, esta vez fue dentro de su boca, mientras ella lo chupaba con devoción, con hambre, con amor. Le lamió toda la verga, le chupó los huevos, le metió la lengua donde antes estuvo su pene. Quería saborearlo, recordarlo, guardarlo.
Después, se vistieron en silencio. Bajaron el cerro tomados de la mano, sin hablar. Solo el cricri de los grillos y el latido del mundo.
A la mañana siguiente, Lucía despertó en la cama de Jorge, con el olor de su piel en las sábanas, con el recuerdo de su verga en el coño, con el eco de sus jadeos en los oídos.
—¿Te vas a ir? —preguntó él, sin abrir los ojos.
—No —dijo ella—. Hoy no.
Y se acurrucó contra su espalda, con las piernas entrelazadas, con el culo pegado a su entrepierna.
Sabía que no era para siempre. Que la vida los empujaría a otros caminos, a otras gentes, a otros cuerpos. Pero también sabía que, en algún punto del cerro, bajo las estrellas, se habían pertenecido. Y eso, aunque fuera un instante, valía más que todos los días vacíos.
Jorge se dio vuelta, le puso la mano en la cintura, le besó el cuello.
—¿Y si nos cogemos otra vez?
Lucía sonrió, se dio vuelta, y le abrió las piernas.
—Claro, cabrón. Pero esta vez, empieza tú.
¿Te ha gustado? Valóralo