La hermana que volvió
5 minLa hermana que volvió
Había pasado cinco años desde la última vez que vi a Valeria. Se fue a estudiar a España apenas cumplió dieciocho, y yo me quedé aquí, entre los recuerdos de una infancia compartida que poco a poco se fue desdibujando. No éramos hermanos de sangre, pero crecimos como tal. Mi madre se casó con su padre cuando yo tenía doce y ella once. Éramos niños entonces, con la inocencia intacta, con la piel sin historias. Pero yo siempre supe, desde el primer día en que la vi quitarse los zapatos en la sala, que algo en mí se encendía cuando ella estaba cerca.
No lo decía, claro. Era imposible. Éramos hermanos, al menos ante los ojos del mundo. Y con el tiempo, ella se fue, y yo enterré esos sentimientos bajo capas de razón y moral. Me casé, tuve una vida normal. Ella también, al menos eso decía en las raras llamadas que nos hacíamos. Pero cuando me llamó una tarde de junio para avisarme que regresaba por unos meses, algo en mi pecho se descontroló.
—Voy a quedarme en la casa —me dijo—. Papá no tiene espacio, y la habitación de huéspedes está libre, ¿no?
—Claro —respondí, con la voz más neutra que pude—. La cama es cómoda. Y tienes tu baño privado.
No fue hasta que la vi cruzar la puerta que entendí lo que significaba realmente tenerla otra vez cerca. Ya no era la niña desgarbada que recordaba. Valeria era ahora una mujer de veintitrés años, con una presencia que no podía ignorarse. Llevaba un vestido corto de algodón, los brazos descubiertos, morena por el sol europeo. Sus ojos, grandes y oscuros, me miraron con una sonrisa que me llegó al estómago.
—Hola, Diego —dijo, dejando la maleta en el suelo y abrazándome.
Sentí su cuerpo contra el mío, delgado pero firme, y el perfume que usaba, algo dulce y cálido, me envolvió. Fue un abrazo corto, pero suficiente para que algo se moviera en mí. Asentí, tratando de mantener la compostura.
—Bienvenida a casa —dije, y me odié por lo formal que sonó.
Pasaron los días. Ella se instaló, retomó viejas costumbres, salía con amigas, me contaba historias de Madrid, de sus estudios de arte, de sus relaciones pasadas. Yo escuchaba, sonreía, cocinaba para ella como antes lo hacía mi madre, y cada vez que la veía caminar por la casa en ropa ligera, sentía que el aire se espesaba.
Una noche, después de cenar, nos sentamos en el sofá con una botella de vino tinto. Hablamos de todo: de la infancia, de los padres, de los sueños. Pero luego, sin que ninguno de los dos lo propusiera, la conversación derivó en lo que nunca habíamos dicho.
—¿Te acuerdas cuando íbamos al lago y yo me bañaba en ropa interior? —me preguntó, riendo—. Tú te ponías rojo cada vez que me veías salir del agua.
—¿Y cómo no? —dije, con una risa nerviosa—. Erais una niña, pero… ya se notaba que ibas a ser hermosa.
—¿Y si te digo que me daba cuenta de que me mirabas? —dijo, bajando la voz.
Me quedé quieto. El vino, la penumbra, el calor de la habitación… todo conspiraba.
—¿Qué estás diciendo, Valeria?
—Estoy diciendo que yo también te miraba —dijo, acercándose un poco más en el sofá—. Que sentía cosas que no entendía. Que una vez, cuando me ayudaste a ponerte el bloqueador en la espalda, casi me desmayo por cómo me tocabas.
No pude responder. El corazón me latía con fuerza. Ella me miraba fijo, sin miedo, sin vergüenza.
—No soy tu hermana de sangre, Diego —susurró—. Y ya no soy una niña.
Extendió la mano y tocó mi mejilla. Fue un contacto suave, pero me encendió por completo. No pude resistirme. Tomé su rostro entre mis manos y la besé.
Fue un beso lento al principio, casi dudoso, pero luego se volvió profundo, hambriento. Sus labios eran suaves, su lengua tibia, y el sabor del vino entre nosotros hizo que todo pareciera natural, inevitable. Sus manos subieron por mi pecho, se enredaron en mi cabello. Me separé un instante para mirarla.
—Esto está mal —dije, pero no me alejé.
—No se siente mal —respondió—. Se siente como volver a casa.
Me levantó la camisa con urgencia, desabrochó los botones con dedos hábiles. Sentí sus uñas rozando mi piel, y un gemido se me escapó cuando sus labios encontraron mi cuello, luego mi pecho. Me dejé caer sobre ella, el sofá crujió bajo nuestro peso. Su falda subió, sus piernas rodearon mi cintura.
—Quiero sentirte —dijo—. Todo.
Fue entonces cuando supe que no había vuelta atrás. La tomé en brazos, la llevé a mi habitación. La recosté sobre la cama, encendí una lámpara tenue. Me miró con los ojos brillantes, las mejillas encendidas, el cabello desparramado como un halo oscuro.
Me desnudé frente a ella, sin prisa, dejando que me viera. No había vergüenza, solo deseo. Luego me acerqué, le quité el vestido con cuidado, como si deshiciera un regalo. Su cuerpo era esbelto, con curvas que no recordaba, con pechos pequeños y firmes, con una piel que olía a sal y sol.
—Eres hermosa —dije, y lo sentí.
Ella sonrió, y me jaló hacia abajo. Nuestras pieles se encontraron por primera vez, y fue como si el tiempo se detuviera. Besos, caricias, manos que exploran, labios que recorren. Le mordí un hombro, ella gimió. Le separé las piernas con suavidad, acaricié su sexo con los dedos, lento al principio, luego con más presión. Estaba húmeda, caliente, temblaba bajo mis toques.
—Por favor… —susurró.
Entré en ella con cuidado, despacio, como si temiera romper algo. Pero ella me apretó las nalgas, me atrajo más adentro, y empecé a moverme. Era estrecha, cálida, perfecta. Cada embestida era un gemido, cada jadeo una confesión. Sus uñas en mi espalda, sus muslos apretándome, su boca buscando la mía.
—Te amo —dijo, sin mirarme, como si no pudiera soportar decirlo—. Desde siempre.
No respondí con palabras. Solo la besé, más profundo, más fuerte, y dejé que el placer nos llevara al límite. Cuando llegamos, fue juntos, con un grito ahogado, con espasmos que recorrieron nuestros cuerpos como corrientes.
Nos quedamos abrazados, sudorosos, enredados. No hablamos. No hacía falta. El silencio decía todo.
A la mañana, me desperté con su cabello en la cara, su pierna sobre la mía. La miré, dormida, y supe que nada volvería a ser igual.
Y no me importó.
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