La Habitación del Silencio

La Habitación del Silencio

@santiago_vera ·19 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (5) · 103 lecturas · 7 min de lectura

La llave giró suavemente en la cerradura, apenas un chasquido seco que no rompió el silencio de la habitación. Lucía ya estaba de pie, desnuda, con las manos atadas a la espalda con una cinta negra de nailon. No temblaba. Sabía que el temblor era un regalo que no tenía que dar aún. La luz era tenue, apenas un reflector colgado del techo que le caía en el rostro, dejando su cuerpo en penumbra. Sólo sus pechos, redondos y firmes, se marcaban con fuerza bajo el cono de luz. Su ombligo, un hoyito profundo, parecía una boca que esperaba ser tapada. Tenía las piernas ligeramente separadas, los pies descalzos sobre una alfombra gruesa de pelo corto. No se tocaba. No se movía. Sólo respiraba. Lento. Profundo. Como si ya hubiera entrado en el estado que venía a ocupar: el de la entrega forzada.

Santiago entró sin hacer ruido. Se detuvo a dos pasos de ella, con las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro, la chaqueta colgada del hombro. Lo primero que hizo fue mirarle los ojos. Ella lo miró de vuelta. Sin desafío. Sin sumisión. Sólo con la certeza de quien sabe que el juego ya empezó y que ella lo lleva en la sangre, aunque aún no sepa el ritmo.

—Vení acá —dijo él, voz baja, sin presión, pero con un tono que no admitía réplica.

Ella dio un paso adelante. No más. Él la agarró del mentón con dos dedos y le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Le subió la barbilla hasta que sus ojos quedaron clavados en los de él, dos grillos oscuros que no parpadeaban.

—¿Sabés qué es lo primero que hago cuando entrás a una habitación como esta? —preguntó, soltando su barbilla y bajando la mano hasta su cuello, sin apretar, apenas rozando la piel—. Lo que hago es esperar. Espero a que se te acelere el pulso. Espero a que sientas el sudor en la nuca. Espero a que tu concha empiece a latir sola, sola, antes de que toque nada.

Lucía tragó saliva. Su pecho subió, lento. Una gota de sudor rodó por su sien.

—¿Y bien? —dijo Santiago—. ¿La sentís? ¿Te late la concha?

Ella no respondió. Él soltó una risita corta, seca, como un golpe seco de puño contra la pared.

—No te preocupes. Vos no tenés que responder. Yo te lo voy a mostrar.

Fue entonces cuando se agachó, con lentitud teatral, y le desató la cinta de las muñecas. Le dejó las manos libres, pero no le permitió moverlas. Le agarró una de sus manos y se la puso sobre su propio muslo, justo arriba de la raja de su concha, ya húmeda, visiblemente hinchada bajo los pliegues de su piel.

—Agarrá vos misma lo que es mío —dijo, y apretó un poco más la mano de ella contra sí misma—. Sentí la humedad. Sentí cuánto querés que te la meta. Pero no la vas a tener. No hasta que yo decida.

Lucía cerró los ojos. Respiró hondo. Su cuerpo respondió. Un espasmo le recorrió el vientre. Se le erizaron los pezones, dos perlas duras que se marcaban bajo la luz.

—Abrí los ojos —ordenó Santiago.

Ella los abrió. Él la miró fijamente, sin piedad, sin piedad alguna.

—Ahora, sentate en el borde de la cama. Lentito. Con las manos detrás de la cabeza. Y no te toques.

Ella obedeció. Se sentó con cuidado, las piernas extendidas, la concha visiblemente abierta, los labios mayores hinchados, más oscuros que el resto de su piel. Su concha brillaba con el líquido que ya soltaba. Santiago se acercó. Se puso de pie frente a ella, entre sus piernas. Le separó los muslos con las manos, con fuerza, hasta que sintió el calor de su cuerpo contra su pecho. Se inclinó. Hizo un círculo con la lengua sobre su clítoris, ya duro como una piedra, escondido bajo su capucha hinchada. Lucía soltó un gemido bajo, ronco, que él ahogó con un beso en la boca antes de que terminara de salir.

—No —dijo, separándose—. No vas a hacer eso. No hasta que yo te lo permita.

Se levantó, se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Sacó su pene, tieso, grueso, la cabeza ya húmeda de preseminal. Lo sostuvo con una mano, lo pasó por su propia concha, frotando los labios, rozando su clítoris, hasta que ella gimió, esta vez sin contenerse.

—Mirá —le dijo, agarrándole la cabeza y obligándola a bajar la vista—. Mirá lo que te voy a meter. Mirá bien. Es grande. Es mío. Y vos lo vas a sentir en el fondo de la tripa, en el fondo de la concha, hasta que te salga por la boca si me pedís.

Fue entonces cuando se posicionó. Se puso frente a ella. Le separó la concha con los dedos, descubriendo su entrada, ya húmeda, brillante. Apoyó la punta de su pene contra su orificio, lo rozó, lo presionó un poco, sin entrar aún. Lucía lo sintió. Un calor inmenso, una presión que le hacía arquear la espalda. Se le erizó la piel. Su concha pulsó.

—Ahora —dijo Santiago—. Ahora vas a agarrar el borde de la cama con las manos. Y vas a respirar. Profundo. Porque esto no es un juego. Esto es un regalo que te voy a dar.

Y empujó.

No con fuerza. No con brusquedad. Con lentitud. Con precisión. Su pene entró, poco a poco, hasta la raíz. Lucía soltó un grito ahogado, pero no se movió. Lo sintió llenándola, estirándola, abriéndola desde adentro. Sus músculos la apretaron, la apretaron fuerte, como si quisieran devolverlo. Pero Santiago no se movió. Se quedó quieto. Con su pene dentro de su concha, con su cuerpo pegado al de ella, con su aliento en su cuello.

—Sí —susurró—. Ahorá estás mía. Ahorá sentís lo que es mío. Y lo vas a sentir hasta que yo te diga que salga.

Fue entonces cuando empezó a moverse. Lento. Profundo. Con un ritmo que no era de placer, sino de posesión. Cada empuje lo hacía hasta el fondo, rozando su fondo de vientre, su útero. Cada vez que se retiraba lo hacía hasta la mitad, pausando un segundo antes de volver a hundirse. Lucía no podía mantenerse sentada sin apoyarse. Sus manos temblaban en el borde de la cama. Su concha se abría y cerraba alrededor de su pene, tragando cada pulso que él le daba. Sus pechos se movían con cada embestida, sudorosos, brillantes bajo la luz.

—No te toques —le dijo Santiago, cuando ella intentó subir una mano hacia sus pechos—. Si lo hacés, paro. Y vos no querés que pare. No después de esto.

Ella asintió con la cabeza. Le clavó las uñas en la madera de la cama. Sus dedos blancos. Su boca entreabierta. Su respiración entrecortada.

Santiago la tomó de la cintura con ambas manos, la levantó un poco y cambió el ángulo. Se metió más hondo. Le rozó el fondo. Lucía gritó esta vez. Un grito agudo, descontrolado, que no pudo contener. Se le escapó. Le temblaron las piernas. Su concha se contrajo, se apretó, como si quisiera retenerlo.

—Eso —dijo Santiago—. Eso es lo que quería. Eso es lo que te iba a dar.

Y empezó a meterla más fuerte. Más rápido. Con golpes secos, húmedos, que hacían que la cama crujió contra la pared. Su pene se hundía en su concha, la reventaba con cada empuje. Ella se balanceaba, su cabeza iba y venía, sus pechos saltaban, sudados, brillantes. Sus ojos se le desenfocaban. Se le humedeció la boca. Le corrió una lágrima por la sien. No era tristeza. Era entrega.

—Vas a vení —dijo Santiago, agarrándole el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás—. Vení ahora. Sin que te lo diga. Sin que te lo permita. Vení con lo que te meto, con lo que te hago, con lo que te muerdo.

Y fue entonces cuando le mordió el hombro, fuerte, hasta que sintió el sabor de la sangre en su lengua, y la concha de ella se contrajo, se apretó, lo tragó todo.

Lucía gritó. Se le salió el gemido de la garganta, rotundo, desgarrado. Sus piernas se estremecieron. Se le llenó la cara de sudor. Su concha explotó, se le llenó de espas

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