La Habitación del Rezago

La Habitación del Rezago

@el_anonimo ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (8) · 47 lecturas · 6 min de lectura

El reloj marcaba las 22:17 cuando Elena cerró la puerta del apartamento 3B con una llave que no le pertenecía. No era robo ni invasión: era un acuerdo silencioso, firmado con una mirada y un dedo que rozó la manga de su abrigo, tres días atrás, en el ascensor del edificio. Él había salido del mismo piso, con la camisa algo desabotonada y el aliento cargado de café y tabaco. Ella, subiendo con una caja de carpetas, lo había visto detenerse en el tercer piso, esperar, y desaparecer tras la puerta sin voltear. Pero al bajar, cuando ella ya estaba a punto de salir, él había vuelto a aparecer, sosteniendo una taza humeante.

—¿Te apetece un café? —había preguntado, sin sonar como invitación, sino como constatación—. Es el último.

Ella lo había mirado fijamente, sin sonreír, sin negar. Entonces él había puesto la taza sobre el mostrador del lobby, junto a una llave de bronce con el número 3B grabado en un costado.

—Quedó ahí. Por si vuelves.

No volvió esa noche. Pero sí esta.

La habitación olía a madera vieja, cera de abeja y algo más, difícil de nombrar: un recuerdo de calidez, de manos que han tocado cosas duras y suaves por igual. La luz era tenue, apenas una lámpara de escritorio sobre un escritorio de roble, su pantalla verde oscuro iluminando el rostro de un reloj de pared que, curiosamente, marcaba las 22:18. Elena dejó la bolsa en el suelo y cerró la puerta con cuidado, sin pestillo. El clic no fue firme, sino casi interrogativo.

—Te esperaba —dijo él desde la sombra.

No se movió. Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con las manos en los bolsillos de un pantalón de lino gris. El tejido le ceñía las caderas estrechas, pero no de forma incómoda: como si supiera que el cuerpo debajo era sólido, y no necesitara demostrarlo.

—¿Por qué aquí? —preguntó ella, acercándose, sin mirarlo aún.

—Porque no pertenecemos a los espacios comunes. Y porque el tiempo se retrasa un poco en este piso.

Ella dio dos pasos más y se detuvo a un metro. Lo vio por primera vez en toda la luz: piel bronceada, cabello castaño claro, recortado de lado. Una barba de dos días que no lo hacía lucir descuidado, sino pensativo. Los ojos, color miel, no la escudriñaban; la observaban, como si ya la conocieran, como si la hubieran estado esperando en el fondo de una memoria lejana.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó ella.

—Lo que dure hasta que tú digas basta.

Elena se quitó el abrigo, colgó la chaqueta en el respaldo de una silla. Llevaba una blusa de seda color mostaza, abierta por los dos primeros botones, y un pantalón ancho que le marcaba la cintura. No era una apuesta, pero tampoco una casualidad.

—¿Y si no digo basta? —preguntó, y esta vez sí lo miró.

Él dio un paso hacia ella. No fue rápido, ni exigente. Fue un movimiento natural, como si el suelo lo hubiera empujado hacia adelante sin que él lo decidiera.

—Entonces seguimos —dijo—. Hasta que el reloj se detenga.

Elena no retrocedió. En su lugar, levantó la mano y rozó con la yema del índice la manga de su camisa. El tejido era áspero, pero debajo debía estar suave. Él no parpadeó. No se tensó. Solo se permitió exhalar, lento, y bajar la cabeza un par de centímetros, como cediendo, como invitando.

—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó ella.

—Claro que no.

Ella se sentó en el borde del sofá, frente a la chimenea apagada. Se desató una cinta de cuero que sostenía el pelo en una coleta baja y se sacudió los cabellos sobre los hombros. Él siguió de pie, ahora con una mano en el respaldo del sofá, la otra still en el bolsillo.

—¿Me permites ver tu mano derecha? —dijo ella.

Él la miró fijamente. No por desconfianza, sino por certeza: sabía que no era una petición banal. Abrió la mano, palma hacia arriba. Las líneas eran profundas, los nudillos marcados. Una cicatriz pequeña, casi invisible, se curvaba sobre la muñeca.

—¿Te duele? —preguntó ella.

—Sólo cuando hace frío.

Elena tomó su mano. No con ternura, sino con precisión. Pasó el pulgar por la cicatriz, luego giró su mano para mirar la palma. Allí, casi desvanecida, había otra marca: un triángulo invertido, trazado con la punta de un cuchillo. No sangraba. Había cicatrizado hacía años.

—¿Qué es esto? —preguntó, sin soltar su mano.

—Un recordatorio —dijo él—. De que no todo lo que se toca se guarda.

Ella soltó su mano con lentitud, como si temiera que al romper el contacto, el aire se volviera más frío. Se levantó y caminó hacia la chimenea. Había una caja de madera sobre el mantel, con una tapa que se levantaba con un mecanismo de resorte. Dentro, no había leña. Había cartas. Varias, atadas con una cinta negra. Las miró, pero no las tocó.

—¿Las leíste? —preguntó él, acercándose.

—No. No quería.

—Entonces no las toques —dijo él, y esta vez su voz tenía un tono nuevo: no autoridad, sino advertencia suave.

Elena se volvió. Lo miró con los ojos semicerrados, como si lo estuviera midiendo con la mirada.

—¿Por qué hoy? —preguntó.

—Porque ayer no era hoy.

—¿Y mañana?

—Mañana —dijo él—, será otro retraso.

Ella dio un paso hacia él, entonces. No fue un avance audaz, sino un descenso. Como si el suelo la hubiera empujado hacia adelante, igual que antes. Se detuvo a un palmo de él. Podía sentir el calor que emitía su cuerpo, no intenso, sino constante, como el de una hoguera que lleva horas ardiendo.

—¿Me dejaste la taza de café ayer para que viniera hoy? —preguntó.

Él no respondió con palabras. En su lugar, levantó la mano y rozó la mejilla de ella con el dorso de los dedos. No fue un beso. No fue una caricia. Fue una exploración breve, casi científica, como si verificara la textura, la temperatura, el peso de la piel.

—Sí —dijo al fin.

Elena cerró los ojos un instante. Luego, con una sonrisa que no alcanzó a tocar sus ojos, preguntó:

—¿Y si te digo que no me gustan las sorpresas?

—Entonces no serían sorpresas —respondió él, y esta vez fue él quien se acercó, quien posó la frente contra la suya, sin forzar, sin exigir—. Solo seríamos dos personas que deciden no mirar el reloj.

Ella no lo empujó. No se separó. Permaneció allí, con la frente contra la de él, respirando el mismo aire, escuchando su propio latido crecer lento, firme, como el tic-tac de ese reloj que, en el fondo, ya no les pertenecía.

Fuera, la ciudad seguía funcionando. Pero en ese piso, el tiempo se había desviado. Y por primera vez, Elena no sintió miedo. Sintió algo peor: expectación.

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Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.

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