La Habitación del Reloj de Arena

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

La primera vez que la vi, estaba sentada en el bar de la esquina de Insurgentes y Tacuba, con esa luz amarillenta de neón que le daba al whisky que tomaba un brillo de miel vieja. No era la típica cliente que se quedaba hasta cerrar buscando un chisme o un tiro fácil. Ella tenía algo silencioso, como un reloj que espera a que el polvo se asiente. Me llamó la atención porque no movía los ojos como las demás: miraba fijo, como si estuviera escuchando algo que nadie más oyera. Llevaba un vestido de seda color café oscuro, ajustado pero no vulgar, y las uñas pintadas de negro mate. A los treinta y tantos, yo ya había aprendido que la belleza verdadera no grita: susurra, pero con autoridad.

Me acerqué. No por instinto, sino por convicción. Le dije: “¿Te importa si me siento? El bar huele a lluvia vieja y a recuerdos que no saben perdonar.” Ella me miró, lento, como si me estuviera midiendo con una balanza interior. Luego sonrió, una sonrisa pequeña, casi invisible, pero con un peso real. “Depende —dijo—. ¿Vas a ser el tipo de hombre que pregunta antes de tocar?”

Me llamó Camila. Me lo dijo tres días después, en su departamento en Roma Norte, mientras el sol se escurría por los cristales de la terraza y el aire olía a café recién hecho y a su perfume: sándalo, vainilla quemada y algo que no logré nombrar, pero que me hizo pensar en cintas de terciopelo corridas por la piel.

No fue un encanto rápido. No hubo besos a las primeras de cambio. Camila no se entrega por impulso: se entrega cuando decide que el momento merece ser guardado. En su casa, todo tenía un orden: libros apilados por altura, tazas con manchas de labios en la repisa, y un reloj de arena en la sala, de esos antiguos, con la madera pulida por manos que ya no están. Me contó que lo heredó de su abuela. “Me dice que todo tiene su tiempo —dijo una tarde mientras me pasaba los dedos por el antebrazo—, incluso el deseo.”

La primera vez que me quitó la camisa, lo hizo con calma, como si estuviera desempolvando un objeto valioso. No tiró, no apresuró. Sus manos, frías al principio, fueron calentándose contra mi piel mientras me desabotonaba lentamente, cada botón un pequeño acto de confianza. “Tú tienes manos de quien escribe —me dijo—. Siento que sabes lo que es esperar.”

En la cama, Camila no es una mujer que se rinde: es una que conquista. No me pidió nada que no estuviera dispuesto a dar, pero tampoco me lo regaló sin que yo lo ganara con mirada, con palabra, con paciente. Una noche, después de que yo la cogiera desde atrás, con sus nalgas apretadas contra mí y su respiración entrecortada, me giró de golpe y me puso las manos en la cara. “¿Sientes eso? —me preguntó, con los ojos cerrados—. Esto no es solo verga y coño. Esto es lento, es intenso, es como cuando te comes un chile habanero y sientes el fuego pero no te arrepientes.”

Tenía una regla que me hizo reír, pero también detenerme: “Nunca me toques donde no te he mirado primero.” No era una orden, era una invitación. Y en eso había algo que me partió el pecho: ella me permitía ver, pero solo cuando ella lo decidía.

Una vez, mientras estábamos en su baño, con el agua tibia corriendo y el vapor subiéndole por las piernas, me senté en el borde de la tina y la ayudé a bañarse. Le lavé el cabello con movimientos suaves, le enjuagué la espalda, y luego, sin romper el silencio, le pasé la esponja por la curva de las nalgas, por la hendidura que se abría como una promesa. Ella no dijo nada, solo cerró los ojos y se dejó llevar. En ese momento, no era una woman que se dejaba hacer: era una mujer que se daba.

Una tarde, lluvia pesada en la ciudad, nos quedamos en su cama, tumbados boca arriba, sin nada entre nosotros más que el aire y la quietud. Me dijo: “A veces, lo más peligroso no es lo que hacemos, sino lo que nos dejamos hacer.” Le pregunté si le tenía miedo a algo. Me miró, y por primera vez, su mirada se quebró: “Sí. A que el reloj de arena se acabe y no me alcance a recordar cómo era tu piel cuando te tocaba por primera vez.”

No le respondí con promesas. Le tomé la mano, la llevé a mi pecho, y le dije: “Aquí está tu cuenta regresiva. Pero no es para que se acabe… es para que se repita.”

Camila no es una mujer que se rinde. Pero cuando me mira, cuando me abre sus puertas, cuando me deja entrar sin pedir permiso porque ya me lo dio antes —con palabras, con gestos, con silencios——, entonces sí, se entrega. No por debilidad, sino por elección. Por deseo清醒, intenso, consciente.

Una noche, después de que yo la cogiera despacio, con la ventana abierta y el viento entrando a acariciarle el cuello, ella se giró, me besó en los párpados y me dijo: “Tú sabes cómo se siente cuando el cuerpo se olvida del tiempo.” Le sonreí. “Sí —le respondí—. Pero contigo, el tiempo no se olvida. Se graba.”

Y así, entre café y whisky, entre besos que duran más de lo que deberían y silencios que hablan más que las palabras, seguimos construyendo algo que no se llama pasión ni amor ni deseo. Se llama encuentro. Se llama presente. Se llama Camila y yo, con el reloj de arena en la sala, esperando a que la arena caiga… pero sin prisa, porque cada grano es un recuerdo que aún no ha terminado de escribirse.

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